Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 24

"...En el amor y en la guerra todo se vale..."

Proverbio Antiguo (John Lyly)

Apenas arribaron a Nevada y los condujeron a todos al majestuoso Wynn Las Vegas, el resort más ostentoso y exclusivo de la ciudad, todo parecía sacado del rodaje de una película de Hollywood. Las fuentes danzaban con majestuosidad al ritmo de la música, los pasillos infinitos brillaban bajo el mármol pulido y las vitrinas de las boutiques de alta costura hacían suspirar hasta al más indiferente de los mortales. El equipo entero caminaba deslumbrado observando la opulencia del lugar, pero para Alondra, el verdadero espectáculo y la pesadilla comenzó en el mostrador de la recepción.

La recepcionista, lucía una sonrisa Impecable y un tono de voz tan ensayado que parecía sacado de un comercial de televisión. Con suma cortesía, le entregó la elegante tarjeta dorada que servía de llave para su habitación. Alondra la tomó con total calma, esbozando un gesto de agradecimiento... hasta que sus ojos bajaron a la funda de cartón y leyeron con claridad meridiana el texto impreso en la tarjeta:

Suite imperial matrimonial dúplex compartida — Bastian Cooper / Alondra Fuenmayor.

En ese preciso instante, el aire se le congeló en los pulmones.

En su mente, el comité de crisis activó las alarmas de incendio. Bel soltó un ¡Ah, chihuahua! ¡Nos cayó el chahuiztle, comadre!, mientras Isa comenzaba a redactar mentalmente una demanda laboral por invasión a la privacidad y Diosa se echaba las manos a la cabeza gritando ¡Coño 'e la madre, mami, nos encerraron con el lobo en la misma guarida que rico vale!.

Alondra apretó la tarjeta entre sus dedos con tal fuerza que estuvo a punto de doblar el plástico, sintiendo cómo la sangre le subía a las mejillas. Levantó la vista despacio, buscando al culpable de aquella provocación, solo para encontrarse a pocos metros con Bastian. El rubio la observaba apoyado con elegancia sobre sus equipajes, las cuatro maletas de ella y la única de él montadas en el carrito que sostenía el botones, luciendo esa sonrisa de medio lado tan suya, esa que dejaba claro que él no tenía absolutamente nada que ver con la logística del hotel... o al menos eso era lo que quería hacerle creer.

El mundo se le vino abajo en un segundo. ¿Compartir habitación con su jefe? ¿Con el rubio de sus tormentos? ¿Con el hombre que debía evitar a toda costa si quería que su corazón no colapsara nuevamente? Aquello no era una simple imprudencia; era el equivalente a pedirle a un gato salvaje que compartiera cama con un perro de presa y esperar que no se sacaran las tripas.

—Debe haber un error —dijo Alondra, apretando la mandíbula e intentando mantener la compostura diplomática ante el mostrador.

—No, señorita, está todo perfectamente confirmado desde la oficina central —respondió la recepcionista, con esa sonrisa ensayada y un entusiasmo desbordante, como si estuviera anunciando el premio mayor de la lotería—. Suite imperial matrimonial dúplex premium platino, con vista panorámica al Strip, jacuzzi, piscina privada y servicio de mayordomo las veinticuatro horas…

En la mente de Alondra, la junta directiva colapsó por compleo:

Bel se llevó las manos a la cabeza mientras daba un respingo

—¡Ándale, pues! ¡Suite matrimonial con jacuzzi! ¡No me amueles, ese güey ya tenía todo bien armado! Nos van a dar hasta para llevar, comadre.

Isa, ajustándose los lentes con frialdad ejecutiva, intentó buscar un vacío legal en el contrato del resort

—Esto es una violación descarada a los límites del marco laboral. Procederemos a solicitar un cambio de habitación de inmediato o amenazaremos con presentar una queja formal ante Recursos Humanos por conspiración romántica no solicitada.

Diosa, por su parte, se abanicaba dramáticamente el rostro, al borde del colapso emocional

—¡Ay, mami, mi corazón! ¡Suite dúplex con piscina privada! ¡Parranda, bochinche y noche de bodas sin pasar por la iglesia! Que Dios nos agarre confesadas, porque con ese jacuzzi el mismísimo demonio va a ponerse a hacer buches.

Alondra cerró los ojos un segundo para ahogar las voces de su cabeza y tragó saliva. Luego, giró la cabeza despacio hacia Bastian, quien la observaba a pocos metros con las manos en los bolsillos de su pantalón, luciendo una serenidad tan perfecta que resultaba exasperante.

Bastian caminó despacio hasta colocarse justo detrás de ella, reduciendo la distancia hasta que Alondra pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el inconfundible aroma de su loción. Apoyando un brazo con soltura sobre el borde del mostrador, sonrió con un descaro absoluto.

—Perfecto, así puedo asegurarme de que no te falte nada —murmuró cerca de su oído, con esa voz grave que mezclaba arrogancia y ternura en dosis sumamente peligrosas para la cordura de cualquier mujer.

Alondra giró el rostro y lo fulminó con una mirada que habría reducido a cenizas a cualquier otro hombre.

—Lo único que me falta es privacidad —replicó entre dientes, apretando la tarjeta dorada entre sus dedos con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, como si pudiera romper el plástico con la sola intensidad de su indignación.




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