"…Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer,
no has amado…."
William Shakespeare.
La noche en Las Vegas parecía interminable, extendiéndose sobre el desierto como un manto cargado de una tensión que ninguno de los dos podía esquivar. Ahora el escenario cambiaba de forma drástica. El Excalibur Hotel and Casino, con su imponente fachada inspirada en un majestuoso castillo medieval, brillaba bajo las luces candentes del Strip como un reino encantado plantado en medio de la nada. Su nombre no era una casualidad evocaba la legendaria espada del Rey Arturo, el acero destinado únicamente a quien tuviera el valor de reclamarlo. Y en ese escenario de pura fantasía y misticismo, Bastian y Alondra terminaron coincidiendo de nuevo sin haberlo planeado, arrastrados por uno de esos giros inevitables del destino que se empeñan en juntar a dos almas para que se cumpla, tarde o temprano, lo que ya está escrito en las estrellas.
Alondra había salido a caminar para escapar del sofocante aire del taller y de la voz de su conciencia, mientras que Bastian buscaba despejar la mente por la pérdida de la primera competencia y antes de la gran prueba final sobre el asfalto. Al cruzarse cerca de los arcos iluminados del recinto, los ojos azul profundo del piloto chocaron con los de ella, deteniendo el tiempo por completo entre la multitud de turistas.
Dentro de la cabeza de Alondra, se produjo el colapso en un caos absoluto
Bel, ajustándose la boina y mirando al cielo con cara de susto, soltó un murmullo entre dientes:
—¡Ándale, no me amueles! Si esto no es obra del destino, que venga la Llorona y me lleve. ¿En un castillo medieval, comadre? Este güey ya ni necesita mandarnos flores, ¡el mismísimo universo le está haciendo la chamba de arrimárnoslo! ¡No te me aflojes, por lo que más quieras!
Isa, con los brazos cruzados y una carpeta digital en la mano, ajustó sus lentes con absoluto desconcierto matemático
—La probabilidad estadística de coincidir en este cuadrante específico del Strip, sin coordinación logística previa y en un área de alta densidad peatonal, es de un cero punto cero dos por ciento. Las variables sugieren una sincronía inevitable. Recomiendo mantener la guardia alta y no ceder ante la atmósfera romántica de la arquitectura temática.
Diosa, echándose las manos a la cabeza con puro dramatismo tropical, soltó un alarido de emoción que le retumbó en la médula
—¡Ayyyy, mami, qué molleja de novela! ¡El Rey Arturo con su caballero rubio de armadura dorada viniendo a rescatar a la reina! ¡Que le den un premio al destino, carajo! Míralo cómo te ve con esos ojos de novio enamorado... ¡Si no le das un beso debajo de esa torre dorada, yo misma me meto en tu cuerpo y se lo doy por ti!
Alondra tragó saliva con dificultad, tratando de ignorar los gritos ensordecedores de su comité interno. Frente a la imponente fachada iluminada, la distancia entre Bastian y ella volvió a reducirse a nada, demostrando que no importaba cuántas excusas pusiera ni qué tan lejos intentara huir: Las Vegas, el azar y la espada del destino ya habían tomado una decisión por ellos.
Él la invitó a sentarse en la barra. Ella, que ya llevaba varios tragos encima tras haber vagado sin rumbo por tres casinos y bares distintos antes de terminar atrapada en el Excalibur, traía además el bolso pesado por la cantidad de fichas ganadas en las mesas de juego, que ni siquiera se había molestado en cambiar por efectivo. Ambos habían bebido mucho más de lo debido. Entre cócteles extravagantes y mezclas impensables con colores fosforescentes que solo la noche sin reglas de Las Vegas podía ofrecer, buscaban desesperadamente ahogar en alcohol el cúmulo de tensiones y secretos de los últimos días.
Bastian, con el cuerpo pesado sobre la banqueta alta junto a la barra, giraba el hielo de su vaso mientras fijaba la vista en el fondo del cristal, con la mente perdida en el trago amargo de la derrota en esa primera competencia y los amargos reproches que le martillaban la cabeza. Alondra, con paso tambaleante e inseguro, regresaba del baño atravesando el bar. Y entonces, el destino jugó su carta más descarada y cliché el tacón de Alondra tropezó de lleno con la pata de la banqueta donde él estaba apoyado.
El impacto la hizo perder el equilibrio de golpe, lanzándola directo hacia el vacío. Pero Bastian, conservando milagrosamente los instintos que la adrenalina y las pistas le habían grabado a fuego a pesar del alcohol, reaccionó al instante y la sujetó por la cintura con firmeza implacable, trayéndola contra su pecho antes de que tocara el suelo.
El choque de sus cuerpos detuvo el tiempo. Cuando el piloto levantó la mirada y descubrió que los brazos que sostenía pertenecían a la misma mujer por la que esperaba que regresara del baño, la sombra de amargura de su rostro se disipó al instante, y su mirada se iluminó con una calidez tan intensa como si la noche entera hubiera cambiado drásticamente de rumbo.
—Alondra… —susurró cerca de sus labios, con la voz desgarrada y quebrada por una emoción pura que el tequila no había logrado adormecer.
En la oficina de control de la mente de Alondra, la junta directiva tambaleaba al ritmo de los tragos acumulados
Bel, agarrándose con fuerza de un barandal mientras se le trababa un poco la lengua, soltó un alarido ebrio
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Editado: 22.08.2026