Ahora Seré Tú Tormento

CAPÍTULO 31. FINAL

"…Solo las personas capaces de amar intensamente pueden sufrir un gran dolor, pero esta misma necesidad de amar sirve para contrarrestar sus duelos y las cura..."

Leo Tolstoy.

Alondra se abrazaba a sí misma, temblando en medio del silencio de aquel apartamento prestado. Anhelaba los brazos de sus padres, el calor de sus hermanos, la voz serena de esa amiga incondicional que siempre encontraba las palabras adecuadas. Pero esa noche, ni siquiera las tres voces locas que solían habitar su cabeza aparecieron para consolarla.

El vacío era absoluto. Quería desaparecer. Que la tierra se abriera bajo sus pies y la tragara, para luego escupirla en alguno de los lugares donde aún podía sentirse segura, en su apartamento de Londres, rodeada de recuerdos; en la casa materna de España, con el olor a café recién hecho y las risas familiares; o en aquel apartamento en Atenas, donde la esperaba una habitación decorada solo para ella, un refugio íntimo que parecía haber sido creado para sanar heridas invisibles.

Pero no estaba en ninguno de esos lugares. Estaba allí, sola, con el corazón roto y la certeza de que el amor que había defendido con uñas y dientes volvía a desgarrarla.

Las lágrimas corrían sin freno, y en cada sollozo se mezclaba la frustración de meses de lucha, el peso de las decisiones tomadas y la amarga ironía de haber entregado todo por un hombre que, una vez más, la hacía sentir como si no valiera nada.

Sin pensarlo dos veces, Alondra se levantó del suelo y caminó rápidamente hacia su habitación. El reflejo en el espejo mostraba un rostro cansado, con los ojos hinchados por el llanto. Se lavó la cara con agua fría, intentando recomponer la dignidad que aún le quedaba.

El teléfono sonó en la línea internacional. Al otro lado, en Londres, la llamada fue contestada con voz áspera y somnolienta.

Elijah molesto, con tono grave habló —¿Te das cuenta de la hora que es, Alondra Isabel?

Alondra apretó el auricular contra su oído, conteniendo un nuevo sollozo. con voz quebrada le respondió —Lo sé, hermano… pero necesitaba escucharte. No podía más.

Elijah suspiró, aún irritado por la interrupción, pero al escuchar la fragilidad en la voz de su hermana, su tono cambió a uno más suave —¿Qué pasó ahora? ¿Es por Bastián?

Alondra cerró los ojos, dejando que las lágrimas volvieran a escapar. El silencio en la línea fue largo, pesado. Elijah, aunque cansado, sabía que su hermana necesitaba más que reproches. Alondra respiró hondo, aferrándose a esas palabras como si fueran un salvavidas en medio de la tormenta

Finalmente, Alondra se decidió a hablar. No podía seguir ocultando su estado emocional, y con la voz quebrada le dijo entre sollozos, intentando sonar ligera

—No te enojes conmigo, hermanito… sabes que si llamaba a Eddy no me iba a responder. Parece oso invernado cuando duerme, ni un terremoto lo despierta.

Elijah, alarmado por el tono de su hermana, se enderezó en la cama y, ahora con más seriedad, preguntó sin vacilación y con firmeza —¿Qué sucedió, Alondra Isabel?

Ella no pudo contener el sollozo. Las palabras salieron como un desahogo inevitable—Me voy a divorciar… pero ahora necesito con urgencia el jet. Envíalo por mí, por favor.

Elijah guardó silencio unos segundos, procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar. Luego respondió —Haré algo mejor. Para no perder tiempo, mientras tú vas camino al aeropuerto, yo tramitaré un vuelo privado directo a Londres o a España.

Alondra, aún con lágrimas en los ojos, negó con la cabeza. —No… prefiero ir a las Islas Mauricio. No necesito en estos momentos reproches familiares con la frase “te lo dije”.

Elijah suspiró, comprendiendo la decisión de su hermana. No insistió, ni cuestionó. Simplemente aceptó. —Está bien, Mauricio será. Te esperaran allá.

Alondra cerró los ojos, sintiendo por primera vez en mucho tiempo un pequeño alivio. No era la solución definitiva, pero era un escape, un respiro, un lugar donde podía recomponerse lejos de las miradas y los juicios.

Alondra, sin perder un segundo, tomó lo esencial, entre estos estaban sus documentos, la agenda, la laptop. Todo lo demás, quedaron atrás, como si fueran recuerdos que ya no merecían acompañarla. Al cerrar la puerta tras ella, el sonido metálico del cerrojo fue como un eco definitivo, un corte limpio entre lo que había sido y lo que estaba a punto de comenzar.

Sabía que no solo dejaba atrás sus pertenencias personales, esas que fácilmente llenarían más de diez maletas. Lo que realmente abandonaba era su corazón, nuevamente fracturado, como un cristal que se rompe en mil pedazos y nunca vuelve a ser el mismo.

El pasillo se le hizo eterno, cada paso era un recordatorio de que había amado, luchado y perdido. Y, aun así, caminaba con la frente en alto, porque, aunque el dolor la desgarraba, la decisión estaba tomada, no mendigaría amor ni perdón.

En ese instante, Alondra comprendió que a veces la mayor valentía no está en quedarse, sino en saber cuándo marcharse.

Sin mirar atrás, Alondra continuó su camino hasta el taxi que la esperaba en la acera. Elijah ya había coordinado todo con su asistente, quien preparaba con esmero el kit de recibimiento para su hermana en las Islas, como si con eso pudiera suavizar el golpe de su corazón roto.




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