Ahora Seré Tú Tormento

EPÍLOGO

"…El amor no mira con los ojos, sino con el alma, y si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado…".

William Shakespeare

Momentos antes, Alondra permanecía en la sala de embarque, con el corazón dividido. Dudaba si realmente debía marcharse, si aún había esperanza de que Bastián la buscara, de que sus palabras fueran distintas. Pero el recuerdo de su duda, de su mirada fría y de la traición que sentía, la empujó hacia adelante. Un paso tras otro, hasta que finalmente abordó el jet.

Varias horas después, que el piloto le dieran la autorización del cambio de ruta, la ciudad de los dioses la recibió con su aire mitológico, antiguo y eterno. Atenas, con sus luces doradas y su historia milenaria, parecía ofrecerle un abrazo silencioso.

En el aeropuerto, Selene la esperaba. Apenas la vio, corrió hacia ella y la envolvió en un enorme abrazo, de esos que no necesitan palabras porque ya lo dicen todo. Alondra se dejó sostener, como si por fin pudiera soltar el peso que llevaba encima.

Selene la condujo al apartamento, directo al sofá, donde había preparado su ritual de despecho y depuración, velas encendidas, música suave, varias botellas de vino y una bandeja con dulces griegos y variada charcutería. Todo estaba dispuesto para que su amiga pudiera llorar, reír, gritar y sanar.

Selene había pensado en todo. Le pidió a su madre, Luna, y a su tía Gianna que cuidaran de su hija, Ambas mujeres se encontraban en Santorini, pero no dudaron en ir hasta Atenas a buscar a esa encantadora princesa, Maoly. La pequeña estaba feliz, disfrutando del tiempo con sus abuelitas y su tía, que la consentían y mimaban en todo.

Alondra, por primera vez en semanas, sintió que estaba en un lugar seguro. Atenas no era solo una ciudad; era un refugio. Y en los brazos de Selene, entre vino y confidencias, comenzaba un proceso de depuración que quizá la llevaría a reconstruirse desde las cenizas.

Alondra se dejó caer en el sofá, aún con los ojos hinchados por el llanto del viaje. Selene, con una sonrisa cómplice, le entregó una copa de vino y se sentó a su lado.

La pelinegra, con tono firme pero cariñoso le dijo —Bueno, amiga… llegó la hora de soltar todo. Aquí no hay juicios, no hay reproches. Solo tú, yo y este ritual que nunca falla.

Alondra tomó un sorbo de vino, y las lágrimas volvieron a brotar. con voz quebrada —Lo defendí, Selene… lo amé con todo lo que tenía. Y aun así me mira como si fuera su enemiga. Me duele tanto… siento que me rompí por dentro.

Selene la abrazó fuerte, acariciándole el cabello. —Llora mi loca amiga, suéltalo todo. No te guardes nada. Este es el momento de vaciar el corazón.

Alondra apoyó la cabeza en el hombro de su amiga y sollozó sin contenerse. —¿Por qué siempre termino cayendo en lo mismo? ¿Por qué me enamoro de quien no sabe cuidarme?

Selene la miró a los ojos, con esa firmeza que solo una amiga del alma puede tener.

—Porque amas de verdad, Alondra. Y eso no es un defecto, es tu mayor virtud… No eres la única que ha amado así, yo también pasé por lo que estás viviendo, y si flaqueó no dudo que termine nuevamente como tú ahora… Pero en este momento toca amarte a ti misma.

La música cambió a un ritmo más alegre, rancheras de esa tierra mexicana que Alondra había aprendido a amar. Selene se levantó y sirvió más vino. Riendo suavemente —Y ahora, la segunda parte del ritual hablar mal del ex. Vamos, suelta todo lo que quieras decir de ese cucaracho.

Alondra soltó una carcajada entre lágrimas. —¡Cucaracho! Sí, eso es lo que es. Un hombre que no sabe lo que quiere, que no sabe lo que tiene. Selene levantó la copa en señal de brindis. —Por los cucarachos que no supieron valorarnos… y por nosotras, que siempre renacemos más fuertes.

Ambas chocaron las copas y bebieron. El ambiente se llenó de risas, lágrimas y confesiones. Era un ritual de despecho, sí, pero también de depuración, de reconstrucción.

En ese sofá, entre vino y confidencias, con las semanas, Alondra comenzó a sanar, o eso mostró. Atenas se convirtió en su refugio, pocos sabían que ella estaba ahí, y Selene, en el recordatorio de que incluso en medio del dolor, la amistad puede ser el bálsamo más poderoso.

En Santorini uno de los tantos apartamentos del Grupo Adamanthys, estaba sumido en penumbras. Bastián, devastado, se encontraba rodeado de botellas vacías y recuerdos que lo perseguían sin descanso. Cada rincón en su mente le hablaba de Alondra, de lo que habían compartido, de lo que había perdido. El silencio era insoportable, hasta que el teléfono sonó.

Era Luca. Su voz, cargada de cansancio y complicidad, rompió la monotonía. Con tono grave el griego le dijo —Hermano… nuestras vidas son un caos. Dolor tras dolor, siempre por las mujeres que amamos.

Bastián suspiró, con la mirada perdida en el ventanal que daba al puerto. —Sí… y yo ya no sé si tengo fuerzas para seguir.

Luca, intentando darle un respiro, le recordó algo que aún podía ser esperanza. —Por lo menos tú tienes una ventaja. Alondra sigue siendo tu esposa, el divorcio aún no ha sido emitido, sigue estando sola. En semanas no la he visto con nadie. Yo, en cambio… estoy a punto de perder a mi amor bonito, mi pelinegra de ojos verdes. Se va a casar.




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