Al final del camino

El primer paso sin saber a dónde voy

Llevaba tres días caminando sin rumbo fijo, con la única mochila que tenía en el hombro y el corazón hecho pedazos. Había dejado atrás mi ciudad, mi casa y todo lo que creía conocer, porque el dolor de quedarme era mucho más fuerte que el miedo a perderme. Me llamaba Elara, y en ese momento no sabía qué era lo que buscaba, solo sabía que no podía quedarme donde cada rincón me recordaba a todo lo que había perdido.
El camino era una senda de tierra que subía y bajaba entre colinas verdes, bordeando un río que nunca dejaba de correr. El sol caía suave sobre mi espalda, pero no lograba calentar el frío que sentía por dentro. De vez en cuando me cruzaba con algún viajero, pero ninguno se detenía; todos parecían tener un destino claro, mientras yo solo avanzaba por inercia.
Al atardecer, llegué a un pequeño refugio de madera junto al camino. Pensé que estaría vacío, pero al empujar la puerta, vi a un chico sentado junto a la ventana, mirando la lluvia que empezaba a caer. Tenía el cabello castaño revuelto por el viento, los ojos oscuros como la noche que se acercaba, y una expresión de tristeza tan profunda que sentí que nos parecíamos más de lo que imaginaba. Se llamaba Noah.
—Puedes entrar —dijo sin girarse del todo—. El techo aguanta para los dos.
Me senté en el rincón más lejano, sin decir nada, mientras el sonido de la lluvia llenaba el silencio. Pasaron las horas y la oscuridad fue creciendo fuera. Cuando por fin se giró para mirarme, abrió la boca para hablar… pero en ese momento, un ruido fuerte y desgarrador vino del camino, como si algo o alguien estuviera pidiendo ayuda desesperada en la oscuridad.




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