Al final del camino

El extraño qué caminaba solo

Noah se levantó de un salto y salió corriendo hacia la lluvia. Dudé un segundo, pero luego lo seguí: no podía quedarme allí sentada mientras alguien necesitaba auxilio. Al llegar al borde del camino, vimos a un anciano en el suelo, con el pie atrapado entre dos raíces enormes y la cara pálida como la nieve. Nos ayudamos los dos para liberarlo y lo llevamos hasta el refugio, donde logramos calmarlo y darle de beber.
Cuando recuperó el aliento, nos miró a los dos muy fijamente, como si estuviera viendo algo que nosotros no podíamos ver.
—Ustedes dos caminan por el mismo camino —dijo con voz temblorosa—. Pero no saben lo que les espera al final. Tengan cuidado: lo que une a veces duele más que lo que separa.
Antes de que pudiéramos preguntarle qué quería decir, de dónde venía o cómo sabía eso, se puso de pie con una fuerza que no parecía tener y salió del refugio. Corrimos tras él, pero la lluvia era tan espesa que perdimos su rastro en cuestión de segundos. No había huellas, ni rastro de su paso… como si se hubiera desvanecido entre la niebla.




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