Al día siguiente, la lluvia se había ido y el cielo estaba despejado, pero las palabras del anciano no se me iban de la cabeza. Noah se preparaba para seguir caminando, y cuando lo vi cerrar su mochila, sentí que si se iba ahora, nunca más lo volvería a ver. No sabía nada de él: ni de dónde venía, ni adónde iba, ni qué secretos guardaba en su mirada. Pero sabía que sentirme cerca suyo me hacía olvidar, aunque fuera por un momento, todo el dolor que llevaba dentro.
—¿Adónde vas? —le pregunté con voz tímida.
—Hacia el norte —respondió él, sin mirarme directamente—. Tengo que llegar a un lugar antes de que termine la semana. Es algo que no puedo dejar para después.
Me armé de valor y dije:
—¿Puedo ir contigo? No te estorbaré, solo… no quiero seguir caminando sola.
Se quedó callado un buen rato, mirando el camino, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo. Al final suspiró y asintió.
—Está bien —dijo—. Pero debes saber que no es un camino fácil. Y hay cosas que no puedo contarte todavía.
Empezamos a caminar juntos. Durante las primeras horas apenas hablamos, pero el silencio ya no se sentía vacío. Sin embargo, al llegar a una curva del camino, nos detuvimos en seco: delante de nosotros, el sendero se había desprendido, y lo único que quedaba era un abismo profundo que cortaba el paso por completo. Y lo peor: no había ninguna señal de que hubiera pasado algo así antes.