Tuvimos que retroceder varios kilómetros para buscar una ruta alternativa, y el cansancio empezaba a pesar en los dos. Noah se adelantaba a veces, caminando rápido, como si quisiera alejarse de sus propios pensamientos. Cuando por fin encontramos un paso estrecho entre las rocas, decidimos descansar un rato allí.
Fue entonces cuando empecé a ver pequeños detalles que no entendía: se tocaba el pecho de vez en cuando, como si le doliera algo; evitaba hablar de su familia o de su pasado; y cuando cerraba los ojos, sus cejas se fruncían en una mueca de angustia.
—¿Te pasa algo? —le pregunté suavemente—. Puedes confiar en mí, si quieres.
Me miró a los ojos, y por un instante vi en ellos el deseo de contármelo todo… pero entonces apartó la mirada y negó con la cabeza.
—No es nada que te importe —dijo con voz cortante—. Sigue caminando, por favor.
Me dolió su respuesta, pero no insistí. Seguimos avanzando en silencio, hasta que al atardecer llegamos a un pueblo pequeño y solitario. Al preguntar por un lugar donde dormir, la dueña de la única posada nos miró con sorpresa y le dijo a Noah, bajito:
—Pensábamos que nunca más volverías por aquí… y menos acompañado.