Noah se puso pálido de golpe y no dijo nada más. Entramos en la habitación, pero la tensión entre nosotros era casi insoportable. Esa noche, mientras dormía, escuché que hablaba entre sueños, con voz entrecortada: “No debí dejarla… fue mi culpa… nunca debí prometerle que volvería”.
Me acerqué despacio, queriendo entender, pero de repente se despertó de golpe, muy asustado, como si hubiera visto algo terrible.
—¿Quién era ella? —le pregunté sin pensarlo—. ¿A quién dejaste atrás?
Se levantó de un salto, se vistió sin mirarme y se puso la mochila al hombro.
—No te metas en lo que no te corresponde —dijo con dureza—. Si supieras la verdad, no querrías caminar ni un paso más conmigo.
Antes de que pudiera pedirle perdón o explicarme, salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras. Corrí tras él, pero al llegar a la puerta de la posada, vi que el camino estaba completamente bloqueado por una densa niebla gris que no dejaba ver ni a un metro de distancia… y en medio de esa niebla, escuché una voz que llamaba su nombre con mucha claridad.