Al final del camino

La verdad a medias

La niebla se disipó tan rápido como había llegado, pero Noah se había detenido en seco, con la mirada fija en el vacío, como si la voz le hubiera helado la sangre. Cuando por fin se giró hacia mí, su expresión ya no era de enfado, sino de una tristeza infinita. Se sentó en el escalón de la entrada y, por fin, empezó a hablar.
Me contó que años atrás había estado enamorado de una chica llamada Clara, que vivía en este mismo pueblo. Habían prometido casarse y recorrer el mundo juntos, pero él tuvo que irse urgentemente para cuidar de su padre enfermo en otra ciudad, y prometió volver en unos meses. Pero cuando regresó, Clara había desaparecido sin dejar rastro: nadie sabía dónde estaba, ni si había decidido irse, ni qué le había pasado. Desde entonces, él llevaba años buscándola, sin dejar rastro, sin decirle nada a nadie por miedo a que le pasara algo peor.
—Y ahora tengo miedo —confesó con lágrimas en los ojos—. Tengo miedo de encontrarla… y de no encontrarla nunca.
Me acerqué y le tomé la mano, sin decir nada, dejando que se desahogara. En ese momento, una mujer mayor salió de una casa cercana, se acercó a nosotros y le entregó un sobre viejo, manchado por la lluvia y el tiempo.
—Esto llegó para ti hace tres años —dijo—. Lo guardé por si volvías. Pero te advierto: leerlo cambiará todo lo que crees saber.




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