Corrimos a escondernos detrás de unos arbustos mientras los jinetes pasaban cerca. Llevaban ropa oscura y no tenían ningún escudo o señal que los identificara. Cuando se alejaron lo suficiente, salimos de nuestro escondite, pero ya no podíamos seguir el camino principal: nos buscarían allí. Decidimos tomar una senda estrecha que subía por la montaña, mucho más difícil y peligrosa, pero la única que nos daría ventaja.
Subimos durante horas, casi sin descanso, con las piernas ardiendo y el aliento entrecortado. Noah me ayudaba en los tramos más duros, y en esos momentos de cercanía, sentía que mi corazón latía de una forma que nunca antes había sentido: no era solo gratitud, era algo mucho más profundo y fuerte, algo que intentaba ocultar por miedo a que él solo pensara en Clara.
Al llegar a una meseta rocosa, nos detuvimos a mirar hacia abajo. Desde allí veíamos todo el valle… y vimos que los jinetes no iban solos: iban guiados por el anciano que habíamos encontrado en el refugio, el que nos había dicho que caminábamos por el mismo camino. Y lo peor de todo: señalaba exactamente hacia donde estábamos nosotros.