—¿Por qué nos persigue? —pregunté temblando—. ¿Qué quiere de nosotros?
Noah negó con la cabeza, pero entonces se dio cuenta de que yo lo miraba con desesperación, y tomó una decisión.
—No es solo a mí a quien buscan —dijo despacio—. Ayer, mientras dormías, vi el medallón que llevas en el cuello, el que nunca te quitas. Es igual al que llevaba Clara. Y es el mismo símbolo que llevan esos hombres en sus capas.
Me llevé la mano al pecho, donde estaba el pequeño medallón que mi madre me había dado antes de morir, diciéndome que era un recuerdo de mi verdadera familia, que nunca había conocido. Nunca supe qué significaba su dibujo.
—¿Qué quieres decir? —susurré.
—Creo que Clara no desapareció —dijo él con voz grave—. Creo que se la llevaron… y que tú eres la única que puede encontrarla. Pero para eso, tendrás que enfrentarte a lo que eres.
Antes de que pudiera asimilarlo, escuchamos pasos detrás de nosotros. Al girarnos, vimos al anciano parado en el borde de la meseta, bloqueando nuestra única salida. Y esta vez no tenía cara de necesitar ayuda: tenía una expresión fría y decidida.