—Han llegado más lejos de lo que esperaba —dijo el anciano—. Pero el camino termina aquí. No pueden cambiar lo que está escrito.
—¿Quién eres tú? —gritó Noah, poniéndose delante de mí.
—Soy quien cuida que los destinos se cumplan —respondió él—. Y el destino de ella es ayudar a Clara a cumplir su misión, mientras que el tuyo es ver cómo lo hace sin poder intervenir. Ustedes no pueden estar juntos: el amor que sienten es un error que el tiempo no puede permitir.
Sentí como si el mundo se me viniera encima. Todo este tiempo, pensé que caminábamos hacia una respuesta, pero ahora me decían que lo que sentíamos era imposible. Noah intentó acercarse al anciano, pero este levantó la mano y una barrera invisible lo detuvo en seco, haciéndole caer al suelo con un gemido de dolor.
—Si das un paso más —dijo el anciano mirándome a mí—, él pagará el precio por ti.
Me quedé helada, sin saber qué hacer: si seguía adelante, Noah sufriría; si me quedaba, nunca sabría la verdad sobre mi familia, ni sobre Clara. Y en medio de esa duda, vi que Noah intentaba levantarse, pero la sangre le corría por la frente y sus ojos se cerraban poco a poco.