Al final del camino

Una elección que duele

—¡Basta! —grité con todas mis fuerzas—. Deja que se vaya. Yo iré contigo.
El anciano bajó la mano y la barrera desapareció. Noah abrió los ojos con desesperación y quiso hablar, pero le hice una seña para que guardara silencio: sabía que si intentaba quedarse, le harían más daño. Me acerqué a él despacio, le acaricié la cara y le dije bajito, solo para que él me oyera:
—No te rindas. Te encontraré. Y terminaremos este camino juntos.
Me separé de él y me fui con el anciano, sin mirar atrás, porque sabía que si lo hacía, no tendría fuerzas para seguir. Caminamos en silencio durante horas, hasta llegar a una puerta de piedra oculta entre las montañas. El anciano la abrió y me hizo pasar. Al entrar, la puerta se cerró de golpe detrás de mí… y lo primero que vi fue a Clara, sentada en una silla, mirándome con una expresión que no pude descifrar.
—Por fin llegaste —dijo ella—. Te estaba esperando. Pero lamento decirte que llegaste demasiado tarde para salvar lo que más quieres.




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