Corrí hacia él y lo tomé en mis brazos. Tenía los ojos cerrados y respiraba muy débilmente. Clara nos ayudó a llevarlo a un lugar seguro, y me dijo que su herida era más profunda de lo que parecía: el golpe había tocado algo vital, y solo el tiempo diría si sobreviviría. Pasaron los días, y yo no me separé de su lado ni un instante. Le hablaba de todo lo que sentía, de cómo había cambiado mi vida desde que lo conocí, de que no quería imaginar un camino que no fuera a su lado.
Una noche, mientras velaba su sueño, su mano apretó la mía con fuerza. Abrió los ojos despacio y me miró.
—Te escuché todo —susurró—. Y yo tampoco quiero caminar sin ti.
Lloré de alegría, pero esa alegría duró poco: al día siguiente, cuando salí a buscar agua, encontré una nota en la puerta. Decía: “El tiempo se acaba. Si quieres que viva, ven sola al final del camino antes de que salga la luna”.