Me quedé en silencio mucho tiempo. Pensé en todo lo que habíamos pasado, en cómo él me había devuelto las ganas de vivir, en cómo juntos habíamos roto mentiras y superado miedos. Y entonces entendí: el destino no era algo que nos impusieran, sino algo que construíamos juntos.
—No voy a elegir —dije con firmeza—. Porque mi destino está con él. Y si tengo que cumplir algo, lo haré a su lado.
El anciano sonrió con tristeza.
—Eso es lo que esperaba que dijeras —dijo—. Porque el verdadero final del camino no es una elección… es aceptar que ya no caminas sola.
En ese momento, apareció Noah detrás de mí, sano y fuerte, junto a Clara.
—Todo esto era una prueba —dijo él—. Para ver si entendíamos lo que realmente importaba.
Pero justo cuando nos abrazábamos felices, el suelo bajo nuestros pies empezó a desmoronarse: la prueba había terminado, pero la montaña no estaba hecha para sostenernos mucho más tiempo. Teníamos que bajar rápido, pero el único camino de regreso se había desprendido.