—¿Quién eres? —preguntó con voz fría.
Sentí que se me rompía el corazón en mil pedazos. La mujer a su lado me miró con calma y dijo:
—No se acuerda de ti. Para él, solo han pasado unos días desde que se separo de ti… pero en realidad han pasado cinco años.
No entendía nada. ¿Cómo podían pasar años para mí y días para él? Ella me explicó que el camino tiene sus propias reglas, que el tiempo no corre igual para todos, y que él había estado esperando mi regreso en un lugar donde el tiempo se detiene. Pero al volver, había perdido parte de sus recuerdos, y solo sabía que tenía que esperar a alguien.
—Pero cuando te ve —dijo ella—, su corazón te reconoce, aunque su mente no lo haga. Solo tienes que recordarle todo lo que vivieron juntos.
Me acerqué despacio, le tomé la mano y empecé a hablarle: del refugio, de la lluvia, del anciano, de las cartas, del miedo y de la esperanza. Mientras hablaba, sus ojos cambiaron, volviendo a brillar como antes. Abrió la boca para decir algo… pero entonces se escuchó un ruido muy fuerte afuera, y la puerta del refugio se cerró con llave desde fuera.
—No te preocupes —dijo una voz desde el exterior—. Solo deben terminar el camino ustedes dos, solos.