Estábamos encerrados, pero esta vez no teníamos miedo. Noah me abrazó con fuerza, y por fin recordó todo: cada paso, cada palabra, cada mirada que los había unido.
—No importa cuánto tiempo pase —dijo—, ni cuántos caminos tengamos que recorrer. Siempre te encontraré.
Cuando abrieron la puerta al amanecer, salimos de la mano. Ya no había pruebas, ni secretos, ni separaciones. Caminamos despacio, sabiendo que el verdadero final del camino no era un punto en el mapa, sino el momento en que dejas de buscar porque ya has encontrado lo que necesitas: estar junto a la persona que hace que todo tenga sentido.
Pasaron los años, y nunca dejamos de caminar, pero ya no caminábamos perdidos. Sabíamos que dondequiera que fuéramos, mientras estuviéramos juntos, estaríamos al final del camino. Pero una noche, mientras mirábamos las estrellas, Noah me entregó una carta que había guardado todo este tiempo.
—Esto es para cuando seamos viejos —dijo—. Para recordar que nuestro amor no tuvo final… solo tuvo un comienzo, el día que nos encontramos.
Y al abrirla, vi que estaba escrita con su letra, pero fechada muchos años atrás… el mismo día en que nos conocimos.