Raelynn
Sábado, 30 de diciembre de 2028
Nunca pensé que una madre pudiera hacer tanto daño a una hija.
El dolor en Kyla era palpable, como si aún estuviera estancada en ese momento.
Abrí lentamente los párpados. Estaba recostada sobre la isla de la cocina, con la mejilla apoyada en la madera, sintiendo el frío. Miraba en silencio la nevera. Coloqué la mano sobre la mesa, a un par de centímetros de la cara.
— ¿Por qué la abracé...? —murmuré, mirando la palma.
En realidad, ya lo sabía.
No abracé a la Kyla que tenía delante; abracé a la pequeña niña que necesitaba apoyo.
— Hola, leona.
Aún sentía su calidez en mi mano.
— ¿Leona?
Una mano pasó por mi pelo antes de dirigirse a uno de los muebles para sacar un vaso.
— Hola, mamá —dije en voz baja.
— ¿Te pasa algo? —preguntó, dejando el vaso en la encimera.
— ¿Sois conscientes de cuando exigís demasiado? —me incorporé para mirarla.
Se quedó quieta, mirándome con las cejas alzadas.
— ¿Te sientes así? —apoyó las manos en la isla—. Sabes que puedes contarnos las cosas que te preocupan —añadió, preocupada.
— No, no —negué con la cabeza—. Es que ayer vi un documental...
— ¿Ya está de vuelta la Raelynn obsesionada con los documentales? —sonrió, caminando hacia la nevera—. ¿Era de un asesino en serie? —preguntó.
— No —apoyé los codos en la mesa—. Era sobre los padres.
Necesitaba inventarme algo para que respondiera a mi pregunta.
— Decía que había muchos tipos de padres, pero hubo uno que me dejó pensativa.
— ¿Los padres exigentes? —me miró.
— Sí, muchos dejaban de apoyar a sus hijos para exigirles cosas —me rasqué la nuca.
— Puede que haya padres que no se den cuenta de lo que hacen —se encogió de hombros—. Mmm... —se echó zumo en el vaso—. Algunos también lo hacen para que no les pase como a ellos. Ya sabes, si tuvieron una infancia dura, hacen lo posible para que no sufran igual que ellos.
— ¿También puede pasar en los deportes?
Paró de beber para mirarme con los ojos entrecerrados.
— Qué específico —dejó el vaso en el mueble y se inclinó sobre la isla—. ¿Los padres de Thijs le exigen mucho? —preguntó, frunciendo el ceño.
— ¡Qué va! —alcé la voz—. Solo preguntaba —me encogí de hombros.
— En ese caso, puede ser por un sueño frustrado de los padres —hizo una mueca—. A lo mejor, a la madre o al padre, de pequeños, les hubiera encantado hacer ese deporte y no pudieron. Y terminan inculcándole a su hijo que tiene que hacerlo.
Bajé la mirada hacia mis manos mientras asentía.
— Es que los padres pueden ser muy diferentes —añadió—. Y esa mentalidad puede que no coincida con la mía.
— Me alegra muchísimo que tú hayas sido mi madre —la miré con una sonrisa.
Alzó las cejas con una expresión de sorpresa.
— Qué sentimental estás hoy —dijo, rodeando el mueble para poder abrazarme—. Yo sí que me alegro de haberte tenido —finalizó, dándome un beso en la cabeza—. ¿Preparada para la fiesta de hoy con tus amigos? —preguntó, apartándose ligeramente—. He comprado todo lo que me pediste: bolsas de patatas, refrescos...
— Creo que al final iremos a donde trabaja Kyla.
— ¿Kyla? —frunció el ceño, pensativa—. ¿Es la chica que se presentó aquí? —señaló el suelo.
— Sí —asentí—. Este año no pasará Nochevieja con su familia.
— ¿Trabaja? —preguntó, sorprendida—. Parece muy joven —se apoyó en la isla—. Al menos es patinadora, ¿no?
— Expatinadora —respondí, apretando los dientes—. Por una lesión de rodilla se tuvo que retirar.
— Pobrecita... —hizo una mueca de pena.
— Así que queremos celebrarlo con ella.
— Vale —asintió con la cabeza—. Entonces os haré unos buñuelos holandeses para que te los lleves —acercó las puntas de los dedos a la boca—. Me van a quedar... —dio un beso al aire.
Lo tenía todo pensado en mi cabeza; ni siquiera se lo había contado a nadie del grupo.
En Ámsterdam suelen hacer grandes fiestas, normalmente con fuegos artificiales y mucha música.
Por lo que me dijo Kyla hace un par de días, su jefe le había dado fiesta los dos últimos días del año, porque quería que los pasara con sus seres queridos. Su respuesta fue rápida:
Mi ser querido será la televisión.
Dejé que mi madre se entretuviera haciendo los buñuelos. Suele prohibirme ayudarla en la cocina porque cree que soy un desastre.
Me tumbé en mi cama, esperando a que el tiempo pasara rápido. Sujeté el móvil y lo alcé hacia el techo, a varios centímetros de la cara. Las últimas publicaciones de mi perfil, sorprendentemente, llegaron a mucha gente.
— ¿Tendrá perfil? —murmuré.
Empecé a buscar a Kyla. Casi todas las que me salían eran estadounidenses, aunque una en particular me llamó la atención. En la descripción tenía la bandera de Canadá y la de Países Bajos.
— Te encontré... —moví los pies sin que llegaran a tocar el suelo.
El perfil estaba en privado; solo podía ver la pequeña foto. Salía de espaldas.
Solté un breve suspiro mientras dejaba el móvil sobre la sábana, a mi lado.
«¿Qué fotos tendrá?», pensé.
Tal y como es, tendrá fotos oscuras y alguna en un pub.
Sonreí, tapándome los ojos con el antebrazo.
Después de estar un rato tumbada, decidí entretenerme haciendo ejercicios de patinaje sin hielo. La música hacía que el tiempo pasara más rápido.
Moví los brazos siguiendo la melodía de la versión orquestal de Young And Beautiful, de Lana Del Rey. Aunque había mejorado mucho la fluidez y los movimientos, aún estaba lejos de mi mejor nivel.
En ese momento llegó unanotificación al móvil. Caminé hacia él con la respiración acelerada. Era unmensaje de Thijs.
Thijs:
Ya vamos hacia allá.
«Mierda»
Lo dejé de nuevo en la cama para colocarme frente al armario. Eché un rápido vistazo a la ropa que tenía. Por la temperatura en la que estábamos, era mejor ir abrigada; saqué un pantalón vaquero ancho y un jersey grisáceo. Con esa combinación, el abrigo marrón y la bufanda azulada quedarían perfectos.