Ala quebrada – Volumen I

Capítulo 4 - Espejos de humo

Al principio, todo se mostraba amable. Las palabras parecían decir una cosa mientras los gestos sugerían otra, y esa diferencia resultaba difícil de precisar. Alina comenzó a notar que ciertas conversaciones la dejaban confundida, como si hubiera entendido algo mal, como si el sentido real se deslizara apenas fuera de su alcance. No había contradicciones evidentes, solo una sensación extraña: lo que veía no siempre coincidía con lo que sentía.

Había momentos en los que se observaba reaccionar distinto a lo esperado. Dudaba de recuerdos recientes, revisaba escenas una y otra vez, preguntándose si había exagerado, si había leído de más, si su percepción estaba fallando. Esa duda no llegaba de golpe; se instalaba con suavidad, disfrazada de razonabilidad. Tal vez fue un mal día, quizás entendí mal el tono, seguro no fue así. Pensamientos pequeños, repetidos, que comenzaban a erosionar la confianza en su propio criterio.

En ese juego de reflejos, Alina empezó a adaptarse sin darse cuenta. Ajustaba respuestas, moderaba emociones, corregía intuiciones antes de escucharlas del todo. No lo hacía por miedo, sino por armonía. O al menos así lo llamaba. Buscaba claridad en superficies que devolvían imágenes distorsionadas, convencida de que el problema estaba en el ángulo desde el que miraba, no en el espejo.

Lo que aún no veía era que algunos reflejos no están hechos para mostrar la verdad, sino para confundirla. Y mientras intentaba ordenar lo que percibía, el humo seguía espesándose, lento, elegante, casi invisible.

Con el paso de los días, Alina empezó a notar que la calma ya no era un estado natural, sino algo que debía construirse. No llegaba sola. Requería atención, paciencia, cierta dosis de silencio propio. Había aprendido a leer el ambiente antes de hablar, a anticipar reacciones, a elegir palabras que no despertaran incomodidades invisibles. Esa habilidad nueva le parecía, en un principio, una forma de madurez. No sospechaba aún cuánto esfuerzo implicaba sostenerla.

Las escenas se repetían con variaciones mínimas. Un comentario que parecía casual, una corrección envuelta en humor, una observación que se deslizaba como consejo. Nada era frontal. Todo estaba dicho a medias, como si la intención real se escondiera detrás de una capa de normalidad. Alina se descubría revisando esos momentos en soledad, intentando reconstruirlos con precisión, preguntándose qué parte había sido real y cuál había imaginado. Esa confusión no la alarmaba; al contrario, la llevaba a dudar de sí antes que del entorno.

Comenzó a mirar su reflejo con otros ojos. No solo en superficies pulidas, sino en la reacción de los demás, en las respuestas que recibía, en los silencios prolongados. Buscaba confirmación externa para sostener certezas internas que ya no se sentían firmes. Si algo no encajaba, asumía que debía ajustarse ella. Era más simple corregirse que confrontar una sensación difícil de explicar.

En ese proceso, ciertas partes de su carácter quedaron en pausa. No desaparecieron, pero dejaron de ocupar el centro. La risa espontánea se volvió medida, las opiniones se suavizaron, los gestos se hicieron más cautos. Alina no sentía que estuviera perdiendo algo, solo adaptándose. Sin embargo, en lo profundo, comenzaba a surgir una nostalgia leve por una versión de sí misma que ya no aparecía con la misma facilidad.

Los espejos seguían devolviendo imágenes reconocibles, aunque algo alteradas. No eran falsos del todo, pero tampoco fieles. Y mientras Alina intentaba descifrar cuál de todas esas versiones era la correcta, el humo continuaba flotando, espeso y silencioso, cubriendo los bordes de la realidad sin que ella pudiera señalar exactamente cuándo había empezado.

Lo más inquietante no era lo que cambiaba afuera, sino la sensación interna de inestabilidad. Como si el piso se hubiera vuelto blando, apenas perceptible, obligándola a caminar con cuidado incluso sobre lo conocido. Había días en los que se sentía clara, presente, segura de lo que pensaba y sentía. Y otros en los que esa certeza se deshacía sin explicación, dejando una inquietud difusa, difícil de nombrar.

Estar frente a esos espejos no implicaba verse distinta, sino dudar de la propia mirada. Alina comenzó a preguntarse si sus emociones eran exageradas, si su intuición estaba equivocada, si aquello que la incomodaba tenía realmente sentido. Esa duda no llegaba como una acusación, sino como una sugerencia constante, suave, persistente. Tal vez no es para tanto, quizás lo entendiste mal, no deberías sentirte así. Frases sin voz que se instalaban en el pensamiento y lo iban erosionando.

El humo no cegaba; confundía. Permitía ver, pero no del todo. Todo parecía cercano y, al mismo tiempo, inalcanzable. Las certezas se volvían resbaladizas, las emociones perdían contorno, y el cansancio aparecía sin una causa evidente. Alina sentía que algo en su interior estaba siendo desplazado, no arrancado de golpe, sino corrido lentamente hacia un costado.

Habitar ese estado resultaba agotador. No por lo que sucedía afuera, sino por la atención constante que exigía estar consigo misma. Cada pensamiento parecía necesitar revisión, cada emoción pasaba por un tamiz invisible antes de poder sentirse del todo. La naturalidad había sido reemplazada por una cautela persistente, silenciosa, que no dejaba espacio para el descanso.

La fatiga se acumulaba en los gestos pequeños. En la forma de responder, en la manera de escuchar, en el esfuerzo por mantener una calma que ya no nacía sola. Lo espontáneo comenzaba a parecer imprudente, y el silencio, una zona más segura. No había una orden explícita que impusiera ese comportamiento; era una adaptación progresiva, casi imperceptible, como si el cuerpo hubiera aprendido a protegerse antes de que la mente pudiera entender por qué.




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