Ala quebrada – Volumen I

Capítulo 5 - Senderos enredados

Después del humo, apareció la confusión organizada. No era un caos evidente, sino una trama compleja de decisiones pequeñas que se entrecruzaban sin pedir permiso. Cada paso parecía conducir a varios otros, ninguno del todo claro. Avanzar implicaba elegir, y elegir empezaba a sentirse como una carga. Lo que antes fluía ahora requería cálculo.

Al mirar con atención, comenzaron a aparecer patrones. Reacciones que se repetían, emociones que surgían siempre en los mismos contextos, silencios que se activaban ante determinadas palabras o gestos.

Al mirar con atención, comenzaron a aparecer patrones. Reacciones que se repetían, emociones que surgían siempre en los mismos contextos, silencios que se activaban ante determinadas palabras o gestos. Nada ocurría al azar. Los desvíos seguían una lógica interna, aunque en el momento resultara difícil reconocerla. El enredo no estaba afuera: se había ido formando por acumulación, por adaptación constante.

Una de las observaciones más persistentes fue la fragmentación. Las partes de sí ya no caminaban juntas. Pensar iba por un lado, sentir por otro, actuar por inercia. Esa división no era consciente, pero se manifestaba en el cansancio, en la dificultad para sostener una idea propia sin revisarla, en la necesidad de validar cada percepción. El sendero ya no era uno solo; se bifurcaba a cada instante.

También apareció la comparación. Situaciones actuales se medían con experiencias pasadas, buscando referencias, intentando entender si lo que ocurría era normal, esperable, tolerable. Las similitudes tranquilizaban por momentos; las diferencias inquietaban. Esa comparación no traía respuestas claras, pero dejaba en evidencia algo importante: lo que estaba viviendo no era aislado, ni inexplicable, ni producto exclusivo de una falla personal.

Sin embargo, no todo podía interpretarse con nitidez. Había límites en esa lectura. Algunas emociones permanecían confusas, algunos recuerdos parecían incompletos, como escenas recortadas. La cercanía con los hechos dificultaba una visión total.Reconocer esa limitación fue parte del proceso: aceptar que no todo debía entenderse de inmediato, que algunas respuestas llegarían más adelante.

De esa aceptación surgió una intuición nueva. No una decisión, no una conclusión definitiva, sino una advertencia suave: perderse en los senderos no era lo mismo que no saber dónde se estaba. Había conciencia, aunque todavía no hubiera salida. Observar el enredo ya era un acto distinto al de caminar a ciegas.

Este tramo no ofrecía resoluciones. Solo mostraba con claridad que el recorrido se había vuelto complejo, que avanzar sin mirar tenía consecuencias, y que seguir ignorando las señales implicaba alejarse cada vez más del centro propio. Senderos enredados no era un final, sino la constatación de que el trayecto exigía otra forma de estar: más atenta, más honesta, más despierta.

A medida que el enredo se hacía más evidente, también lo hacía la dificultad para elegir una dirección sin sentir culpa. Cada decisión parecía implicar una pérdida, aunque no estuviera claro de qué. Permanecer traía cansancio; moverse, inquietud. Esa tensión constante desgastaba, no por su intensidad, sino por su persistencia. No había descanso real, solo pausas breves entre una evaluación y la siguiente.

Comenzó a registrar cómo ciertas situaciones activaban respuestas previsibles. El cuerpo reaccionaba antes que el pensamiento: una rigidez leve, una respiración contenida, una atención exagerada a detalles mínimos. Esos indicios no eran casuales. Aparecían siempre en los mismos contextos, como señales repetidas que pedían ser leídas. Observarlas sin negarlas fue un ejercicio nuevo, incómodo, pero revelador.

También se hizo visible una contradicción difícil de sostener. Por un lado, el deseo de mantener la armonía; por otro, una sensación creciente de estar cediendo más de lo que podía permitirse. Esa diferencia no se expresaba en palabras, sino en agotamiento, en la pérdida de entusiasmo por cosas que antes resultaban simples, en una apatía que no coincidía con su manera de ser. El enredo no solo confundía; inmovilizaba.

En ese proceso de observación, surgió una pregunta distinta a las anteriores. Ya no era ¿qué está pasando?, sino ¿qué me está pasando a mí dentro de esto?. La respuesta no llegó de inmediato, pero la pregunta marcó un giro. Por primera vez, el foco dejaba de estar exclusivamente en sostener el equilibrio externo y comenzaba a dirigirse hacia el impacto interno de ese esfuerzo constante.

No había aún una salida clara, ni una decisión tomada. Pero algo se estaba acomodando de otra manera. Reconocer el enredo no lo deshacía, aunque sí impedía seguir llamándolo camino recto. Y esa distinción,pequeña pero firme, empezó a modificar la forma de avanzar.

El desgaste empezó a hacerse visible en lo cotidiano. No como un quiebre abrupto, sino como una pérdida gradual de energía. Las tareas simples requerían más esfuerzo, las conversaciones dejaban una sensación de vacío, y el descanso ya no cumplía su función. Había una diferencia marcada entre estar quieta y sentirse realmente en calma.

Las señales internas, antes fáciles de ignorar, comenzaron a insistir. No pedían atención con urgencia, pero tampoco desaparecían.

Aparecían en momentos inesperados, interrumpiendo la rutina con una incomodidad leve que no encontraba explicación lógica. Esa insistencia obligaba a detenerse, aunque fuera por instantes, y a reconocer que algo no estaba funcionando como antes.




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