Ala quebrada – Volumen I

Capítulo 6 - Cristales caídos

Nada se rompió de golpe. El quiebre llegó en fragmentos pequeños, casi imperceptibles, como superficies finas que ceden sin ruido. La imagen de solidez se mantuvo, pero ya no resistía el contacto cercano. Lo que antes reflejaba con claridad ahora devolvía destellos irregulares, bordes filosos, una sensación de peligro sutil al intentar sostenerlo.

El primer indicio fue interno. Una emoción que ya no lograba ocultarse bajo la adaptación. Una incomodidad que dejó de ser pasajera y empezó a instalarse. No había un evento puntual que explicara ese cambio, sino una suma de escenas que, vistas en conjunto, revelaban una fractura. No todo lo que parecía entero lo estaba.

En el desarrollo de ese quiebre aparecieron nuevas reacciones. El cuerpo respondía antes que la mente: tensión, sobresalto, cansancio profundo. La atención se volvía errática, la concentración se fragmentaba. Cada intento por recomponer la imagen completa terminaba resaltando las fisuras. Ya no era posible ignorarlas sin lastimarse. También se hizo evidente una transformación en la percepción. Lo que antes se justificaba comenzó a doler. No de manera dramática, sino con una punzada breve y persistente. La comprensión sin límites dejó de sentirse noble; empezó a parecer injusta. Esa toma de conciencia no fue inmediata, pero avanzó con firmeza, como una verdad que se abre paso aun cuando incomoda.

Los cristales no cayeron todos a la vez. Algunos seguían en su lugar, sosteniendo la ilusión de estabilidad. Pero bastaba un movimiento mínimo para que otros se desprendieran. Y en ese desprendimiento, algo quedó claro: no se puede reconstruir lo que ya no tiene una forma segura de sostenerse.

Moverse dentro de esa nueva realidad requería un cuidado distinto. Ya no bastaba con sostener la apariencia de estabilidad; cualquier contacto cercano dejaba una sensación áspera, incómoda. Lo que antes parecía firme ahora ofrecía resistencia, como si conservarlo implicara aceptar pequeñas heridas que se acumulaban sin aviso.

Algunas certezas comenzaron a desmoronarse en silencio. No se quebraban de manera evidente, simplemente dejaban de sostener. Argumentos que antes funcionaban perdían eficacia, y explicaciones repetidas ya no alcanzaban para calmar la inquietud interna. Había una diferencia clara entre comprender y soportar, y esa diferencia empezaba a hacerse evidente. Las emociones en Alina también cambiaron de forma. No se volvieron más intensas, pero sí más definidas.

La incomodidad ya no se diluía con el paso del tiempo; permanecía, instalada. No pedía atención ni respuestas, solo ser reconocida. Ignorarla se volvía cada vez más difícil, como si insistiera en advertirle que algo importante estaba siendo dejado de lado. En ese escenario, comenzó a percibir algo nuevo: no todo podía repararse sin consecuencias. Intentar recomponer lo dañado implicaba ceder partes propias que ya no estaban dispuestas a sacrificarse. Esa comprensión no le trajo alivio, pero sí una forma distinta de honestidad. Por primera vez, sostener lo insostenible dejó de parecer una opción razonable frente a la posibilidad —aún incierta— de dejarlo caer.

Los fragmentos seguían ahí, visibles y dispersos ante ella. No le impedían avanzar, pero la obligaban a hacerlo de otra manera. Con mayor atención, con menos negación. Y aunque el terreno continuaba siendo incierto, Alina ya no podía fingir que nada se había roto. Ese reconocimiento no llegó con claridad, sino envuelto en una emoción difícil de ordenar. A veces se manifestaba en un nudo en el pecho, otras en el cansancio que aparecía sin motivo aparente. Había llantos que surgían en soledad, breves y contenidos, como si no se permitieran existir demasiado tiempo. No eran explosiones, sino derrames silenciosos, cargados de preguntas que no encontraban respuesta.

La desesperación no gritaba; se infiltraba. Se parecía más a la sensación de no saber bien qué hacer con lo que se sentía, a la inseguridad de cada paso dado sin certeza. Dudar de las propias percepciones comenzó a volverse habitual. ¿Era exageración? ¿Sensibilidad excesiva? Esa incertidumbre erosionaba la confianza interna y volvía frágil incluso aquello que antes parecía firme.

La tristeza, en cambio, se instaló con constancia. No paralizaba, pero acompañaba. Estaba presente en los silencios largos, en las pausas innecesarias, en la dificultad para reconocerse en el reflejo cotidiano. Y aunque nada parecía haberse derrumbado por completo, algo profundo ya no encajaba. Alina comprendía, sin poder evitarlo, que sostener esa forma de estar implicaba perder partes propias que ya dolían demasiado como para seguir cediéndolas.

Nada se acomodó de golpe. No aparecieron certezas ni gestos que ordenaran lo vivido. Lo que emergió fue un cansancio distinto, profundo, nacido de comprender que sostener lo mismo ya no era posible. La pena dejó de bordear los pensamientos y se instaló con suavidad persistente, no para inmovilizar, sino para señalar lo que había sido ignorado durante demasiado tiempo.

El desborde no buscó consuelo inmediato. El llanto surgió sin aviso, como una forma honesta de decir aquello que no había encontrado palabras. La inseguridad se volvió constante, acompañada por una tristeza silenciosa, de esas que no reclaman atención, solo presencia. Habitar ese estado implicó detenerse. No para retroceder, sino para observar con más claridad. Las emociones ya no podían ser desplazadas ni minimizadas; pedían ser escuchadas sin atajos. Cada intento de seguir como antes terminaba en un agotamiento mayor, como si el cuerpo y la mente se resistieran a repetir un movimiento aprendido que ya no ofrecía sostén.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.