No fue una caída abrupta. Fue un desprendimiento lento, casi delicado. Las cosas no se rompieron de una vez: comenzaron a soltarse. Como pétalos que ya habían cumplido su tiempo en la flor, fueron cayendo sin ruido, marcando el trayecto sin intención de hacerlo. Cada uno llevaba consigo una historia mínima, un gesto sostenido más de lo necesario, una espera que no encontró respuesta.
En ese paisaje disperso apareció una imagen insistente: mariposas detenidas en el suelo, con las alas abiertas pero inmóviles. No estaban destruidas, solo dañadas en su capacidad de elevarse. Conservaban el dibujo, el color, la forma. Lo que faltaba no era belleza, sino impulso. Esa visión no provocaba espanto, sino una tristeza serena, difícil de explicar.
El suelo comenzó a poblarse de restos que no dolían al primer vistazo. No eran ruinas ni pérdidas evidentes, sino fragmentos de algo que alguna vez tuvo forma. Reconocerlos exigía detenerse, bajar la mirada, aceptar que avanzar había tenido un costo. Como esas alas quebradas, nada parecía perdido del todo, pero tampoco listo para volver a volar.
Había días en los que la tristeza se presentaba como una bruma leve. No detenía el movimiento, pero volvía cada gesto más pesado. En otros momentos, la desesperación surgía sin aviso, como una sacudida interna. La inseguridad se filtraba en decisiones pequeñas, en dudas nuevas. No era un quiebre visible, sino un desgaste constante, silencioso, como el de un ala que se abre una y otra vez sin lograr sostener el aire.
Las mariposas no pedían ser rescatadas. Tampoco reclamaban explicaciones. Estaban ahí, mostrando que incluso lo más liviano puede quedar en tierra cuando el entorno deja de ser seguro. Y esa imagen, sin palabras, decía más que cualquier argumento: no todo lo que cae lo hace por debilidad; a veces, el daño es consecuencia de haber resistido demasiado. El recorrido se volvió más silencioso, como si cada fragmento . de pétalo caído parecía susurrar secretos de resistencia y abandono.
No había juicio, ni culpa, solo constatación: que el desgaste, aunque invisible para otros, había dejado una marca profunda. Y, al igual que las mariposas detenidas, algo dentro permanecía expectante, a la espera de encontrar impulso de nuevo. Los días se alternaban entre momentos de quietud y sacudidas repentinas de emoción. La tristeza no pedía atención, solo compañía silenciosa; la desesperación aparecía fugaz, inesperada, dejando una sensación de vértigo interno.
Las figuras permanecían inmóviles, pero su sola presencia ofrecía un espejo silencioso. Recordaban que incluso lo más delicado puede mantener su forma aunque haya perdido fuerza. Que sobrevivir no siempre significa estar intacto, sino reconocer los propios límites, aceptar la fragilidad y continuar avanzando pese a ello. Había una lección callada: nada que se desprende es totalmente inútil, nada que se quiebra desaparece por completo. Solo deja evidencia de su existencia y de lo que soportó.
Al observar los restos dispersos, la mente se llenaba de preguntas que antes no se había permitido formular: ¿qué partes de mí he dejado atrás sin darme cuenta? ¿qué fuerzas internas siguen presentes pese al peso acumulado? ¿cómo se aprende a sostener lo que queda sin forzar lo que ya no puede elevarse? No había respuestas inmediatas, solo un proceso lento de conciencia, un reconocimiento de que reconstruirse no podía ser apresurado ni superficial.
El cansancio, persistente, comenzó a mezclarse con una atención diferente. Cada movimiento exigía cuidado, pero también abría espacio para notar pequeñas señales de fortaleza. Como la textura que aún conserva color, como la vibración mínima que todavía respira. Había signos de vitalidad escondidos entre los fragmentos, recordatorios de que nada era completamente vano. Percibirlos era un modo de empezar a reorganizarse desde dentro, sin prisas, sin expectativas externas.
Esa transformación silenciosa traía consigo otra percepción: la resistencia no siempre se manifiesta en lucha visible.
La atención comenzó a trasladarse de lo perdido a lo que aún podía sostenerse. Lo que antes parecía irrelevante —una textura, un gesto, un recuerdo— adquiría importancia. Cada elemento se volvía referencia, guía silenciosa para los pasos siguientes. No había certezas, pero sí una comprensión diferente de los propios límites y capacidades. La introspección, antes incómoda, empezaba a ofrecer claridad.
En ese espacio surgió un leve atisbo de esperanza, distinto de cualquier promesa vana. No era luz brillante ni seguridad total, sino la conciencia pausada de que aún existían recursos internos. Que, aunque lo que alguna vez voló ya no pudiera sostenerse de la misma manera, todavía había maneras de orientarse, de sostenerse y continuar. Cada fragmento, cada trazo de color, cada gesto inmóvil se convertía en recordatorio de resistencia y posibilidad: que incluso en la fragilidad, la vida sigue.
El cansancio persistente parecía haberse convertido en compañía silenciosa. Cada gesto, cada movimiento, requería cuidado, como si la atención pudiera evitar que más fragmentos se perdieran. Y, sin embargo, una parte de ella se preguntaba: ¿cuánto de lo que sostenía era realmente suyo? ¿Qué partes ya pertenecían a lo que había sido dejado atrás? Los restos dispersos ofrecían señales contradictorias. Algunos conservaban color, otros solo la forma, otros parecía que guardaban un ritmo interno que aún no comprendía. Alina se preguntó si esos vestigios podían enseñarle algo que no podía aprender observando el mundo tal como era. ¿Acaso cada fragmento llevaba una lección invisible, un código que solo su percepción podía descifrar?
Editado: 31.12.2025