Ala quebrada – Volumen I

Capítulo 9 - Alas de polvo

Sentí que el aire tenía un peso distinto, como si cada movimiento exigiera cuidado y cada respiración recordara lo que había quedado atrás. Los restos del pasado seguían allí, dispersos, silenciosos, y yo no podía ignorarlos. Cada fragmento parecía contener su propia historia, un susurro de lo que había sido sostenido demasiado tiempo. Observaba y registraba, consciente de que avanzar no significaba olvidar, sino reorganizarme desde adentro. El polvo cubría las alas que aún se movían mínimamente, recordándome que la fuerza no siempre se muestra en actos grandes y visibles. Mis propios límites se hacían presentes con claridad, y comprendí que el cuidado hacia mí misma era el primer paso para poder sostener lo que aún podía mantenerse. La vulnerabilidad ya no era debilidad: era reconocimiento de lo que había sobrevivido y de lo que podía reconstruirse.

Mientras revisaba viejas conversaciones, apareció un mensaje que no traía respuestas, pero sí un indicio de patrones que antes no había notado. No era consuelo ni advertencia; era un fragmento que pedía atención. Y al leerlo, sentí la misma sensación que al tocar las alas cubiertas de polvo: algo frágil, golpeado, pero con intención de mantenerse.

Me detuve un momento, observando todo a mi alrededor. La incertidumbre seguía allí, como un hilo que me ataba a lo que había vivido y a lo que estaba por venir. Sentí que el capullo sellado que había evitado abrir durante tanto tiempo ahora vibraba desde dentro, prometiendo que lo que estaba por revelarse cambiaría la manera en que entendía lo que aún podía sostener.

Las partículas que cubrían las alas parecían moverse con el silencio, recordándome que incluso en la fragilidad, la vida continuaba. Y mientras respiraba, consciente de mi propio desgaste, una pregunta permaneció flotando, silenciosa y urgente: ¿qué encontraré al abrir lo que hasta ahora estuvo oculto, y qué fuerzas nuevas surgirán para sostenerme cuando lo haga? . La luz entraba tenue, dejando motas flotando en el aire, como pequeños recuerdos de lo que había quedado atrás y de lo que todavía podía sostenerse. Sentí un estremecimiento al reconocer la propia vulnerabilidad, la desesperación acumulada y los límites que había intentado ignorar. Avanzar no era una línea recta; era moverse entre sombras y destellos de fuerza que aún no comprendía del todo.

Revisé mensajes antiguos, como buscando pistas que dieran sentido a lo inexplicable. Cada palabra que encontraba era un espejo silencioso: devolvía mis miedos, mis dudas y también la determinación que había pensado perdida.

El contacto distante de una amiga ofrecía un hilo que podía sostenerme, aunque la verdadera fuerza debía surgir de mí misma. Los restos de lo que una vez se elevó ahora permanecían quietos, pero su sola presencia recordaba que incluso aquello que parece frágil puede mantener su forma, aunque haya perdido impulso. Pequeñas señales, casi imperceptibles, indicaban que sobrevivir no significaba estar intacta, sino reconocer los propios límites y continuar pese a ellos. Cada fragmento era evidencia de resistencia, una memoria de lo soportado y un recordatorio de que todavía había camino por delante.

Y entonces, apareció el pensamiento inquietante: el capullo sellado. Ese espacio de espera y silencio, que había evitado enfrentar, parecía palpitar con vida propia. No sabía qué encontraría al abrirlo, pero algo dentro de mí intuía que sería decisivo. La pregunta flotaba en el aire: ¿podría sostener la verdad que había permanecido encerrada tanto tiempo? El corazón latía con fuerza contenida. Cada fragmento del pasado que reconocía, cada rastro de aquello que había perdido capacidad de elevarse, presagiaba que lo que estaba por venir no sería solo un descubrimiento, sino un punto de inflexión. Y mientras cerraba los ojos un instante para reunir valor, el silencio respondió con su propia presión: abrir lo sellado cambiaría todo, y no habría vuelta atrás.

Sentada frente al silencio, sentí nuevamente el peso de lo que había quedado atrás. Las alas que alguna vez creí fuertes ahora estaban marcadas, dañadas, incapaces de sostener el vuelo como antes. No eran solo fragmentos físicos; eran la evidencia de las pruebas que había soportado, de la fragilidad que había aprendido a aceptar y de la fuerza que aún latía bajo la superficie.

Cada movimiento recordaba que avanzar requería delicadeza, paciencia y coraje, y que incluso lo roto podía convertirse en guía.Miré las sombras que se extendían sobre los restos, y en ellas encontré la paradoja de la resistencia: algo que parecía perdido del todo podía, de algún modo, sostenerse. Cada ala quebrada, cada fragmento, llevaba consigo historias de lucha silenciosa, de días de llanto y noches de insomnio, de decisiones que me habían empujado a sobrevivir. No era solo dolor lo que persistía; era memoria y advertencia, recordándome que nada que se quiebra desaparece por completo.

Y entonces, un pensamiento surgió con fuerza inesperada: el capullo sellado. Aquello que había permanecido cerrado, protegido, oculto en su propio misterio, parecía palpitar con una vida que esperaba ser descubierta. ¿Qué secretos contenía? ¿Serían la clave para comprender lo que ya había vivido, o un desafío que pondría a prueba todo lo que había logrado sostener? Mi respiración se detuvo por un instante, consciente de que, al abrirlo, no habría regreso.

El calor interno que había sentido antes parecía intensificarse. No era miedo ni ansiedad, sino la mezcla de expectación y tensión, la sensación de estar en el umbral de algo que cambiaría todo.

Mientras mis dedos rozaban la superficie del capullo, las alas dañadas en mi memoria parecían vibrar con una advertencia silenciosa: no todo lo que ha caído puede levantarse fácilmente, pero lo que queda puede ser suficiente para enfrentar lo que viene.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.