Alemania 1, Argentina 0

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I

-¿No serán ratas? preguntó ella, con asco en la voz.

Y sus palabras le dieron forma a eso que crecía en la penumbra de la habitación: una cola larga, dura como un cable quemado, el lomo peludo y sucio, las orejas en punta, atentas, los ojos chiquitos, colorados y brillantes. Por un momento sentí que algo trepaba a la cama. Enseguida mi mano buscó a tientas la perilla del velador que no encontraba por ningún lado; ni siquiera sabía bien cómo se encendía. Se hizo un cono de luz, débil y amarillo, contra el respaldar y el ángulo del techo. Me fijé con la mirada: por suerte sólo encontré la cordillera blanca que armaban nuestras piernas extendidas bajo las sábanas.

De pronto, volvimos a escuchar ese ruido oscuro, gutural, desde el interior del armario.

-Llamemos a alguien, dijo ella.

Su voz me llegaba distinta ahora, al menos eso me pareció.

Claro, pensé, llamemos a alguien más porque yo soy un inútil. Giré para verla, como si ella lograra escuchar mis pensamientos. Una sonrisa lastimosa me arrugó los labios, contra mi voluntad, y dejé que ella la viera. Ah, sí, continué en mi mente, ya sé… llamemos a ese alemán que seguro puede matar a una rata con sus propias manos.

La luz le recortaba el perfil; tenía los hombros desnudos. No recordaba qué se había puesto para ir a dormir. Si me quedaba mirándola, algún deseo iba a empezar a tironearme por dentro, inútilmente.

-Esperemos un poco, respondí. Capaz que no es lo que pensamos.

-Ahí está otra vez, dijo ella.

Como si yo no lo hubiera escuchado. Miré las puertas del armario, lo único que faltaba era que se movieran solas. Cerré los ojos: un ratón de dibujo animado se paró en dos patas y me miró fijo; en sus ojos brillaba la pregunta que desde hacía mucho tiempo yo evitaba hacerme. Por unos segundos logré no estar ahí, acostado junto a ella en esa habitación de hotel, sino en aquel sitio a oscuras que había construido para refugiarme, al que iba cada vez con más frecuencia. El ratón me sostuvo la mirada. Quise hacerle frente, pero la amenaza de aquel dolor conocido me detuvo. Lo vi cruzar sus bracitos delante del cuerpo. Luego movió la boca –y sus bigotes se agitaron— cuando dijo:

-Qué triste resulta inventar un peligro nuevo con tal de no ver el verdadero infortunio que te rodea...

En algún lado había leído esa frase. Me pareció bastante pretenciosa para un ratón de dibujo animado.

Un nuevo ruido pulverizó la fantasía, y el ratón de mi mente desapareció. En todo momento evitaba mirar hacia el armario, desde donde se oía como si alguien arrastrara algo pesado en el fondo de una cueva. A estas alturas me conformaba con que fuera una rata pequeña, blanca, aséptica, como las que torturan con pinchazos de jeringas en los laboratorios. Pero ella había dicho ratas, y eso me hizo pensar en miles de ellas enojadas y enloquecidas.

Estarán dispuestas a comerse cualquier cosa, me dije.

Cuando ella me tocó el brazo, estuve a punto de gritar. Me contuve. Eso me hubiera arrancado la poca dignidad que me quedaba. La miré, y aunque no me lo pidió, supe que pretendía que me fijara.

-Las ratas no hacen ese ruido, dije para convencerme de que no eran ratas.

-Por las dudas, tené cuidado. A ver si todavía te saltan encima, dijo ella.

Gracias por el consejo, pensé.

Me levanté de la cama. Di tres pasos hacia el armario. Me di vuelta; ella me observaba. El suelo estaba frío, el aire también. Entonces alguien habló por mí: un hombre vencido, a quien ya no le quedaba mucho más por perder. Sé que no fui yo, porque yo no hubiera sido capaz de decir algo así:

-Puede ser el alemán de la habitación de al lado.

Hablé con malicia, pero sin atreverme a mirarla.

Con una fingida inocencia, agregué:

-Tal vez está golpeando la pared para llamarte.

Ella plegó las piernas, se acomodó en la cama, y la cordillera se hizo una montaña pronunciada. Me miró. Supe que repasaba en su mente cada una de las palabras que estaba por decir, en caso de que la incriminaran.

-Su habitación está en el piso de abajo.

Que supiera eso terminó por derrumbarme.

-Además, ¿no sé por qué Johannn te cayó tan mal?

Ya no tuve dudas, no hablaba con la voz que le conocía. Había cambiado su tono, sin darnos cuenta habíamos comenzado los dos a transformarnos en personas extrañas.

Apoyé la mano en el herraje del armario para abrirlo.

Que sean ratas, pensé. Que sean muchas y que salten todas a la cama.

Luego retrocedí unos segundos en el tiempo, y al pensar en esto me herí a mí mismo: así que el alemán se llamaba Johann.




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