Alemania 1, Argentina 0

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II

Regresábamos al hotel después de esta excursión aburridísima a la catedral de Saint Patrick, cuando lo vi cambiar de asiento en el micro para poder hablar con ella. Nuestras miradas se cruzaron, el tipo me sonrió –ya venía sonriendo incluso antes, con la mueca preparada desde que se levantó de su lugar—. Hice como si no me diera cuenta de sus intenciones; ella estaba sentada del lado del pasillo y yo preferí mirar por la ventanilla las fachadas de los edificios de Park Avenue.

Dos cuadras más adelante la escuché decir unas palabras en inglés. El tal Johann contestó algo, y ella le pidió que repitiera eso que había dicho porque no lo había entendido bien. Después se rió, con ese modo que tiene a veces de reírse cuando se pone un poco nerviosa. Nos detuvimos en un semáforo. Desde que subimos al micro hasta ese momento habían pasado diecinueve cuadras. Las conté. Quise abrir la ventanilla, necesitaba aire; estaba sellada. Volvimos a andar. Veinte cuadras. Lo observé por el reflejo del vidrio: el tipo se inclinaba a través del pasillo para arrimarse un poco más a ella.

Ahora estaba a punto de abrir las puertas del armario, pero preferí no hacerlo. Regresé a la cama y apagué otra vez la luz. Sentí que sus ojos me dibujaban en la penumbra. Por un segundo disfruté de este pequeño terror que le ocasionaba pensar que en aquel armario se escondía una criatura terrorífica. Pero luego volvimos a escucharlo, y esta vez fue ella quien encendió la luz.

-No voy a poder dormir hasta que sepa qué son esos ruidos.

Lo dijo a modo de advertencia. Comprendí de inmediato la amenaza: lo peligroso no era que no pudiera dormir, sino quedarnos despiertos y hablar de eso que nos pasaba a nosotros.

Estábamos de vacaciones –o al menos ese había sido el plan—, y todavía nos quedaba pagada una noche más en ese cuarto barato de un hotel del Bronx. La miré, sólo llevaba puesta una remera mía sin mangas que le quedaba un poco grande. Muchas veces, cuando se quitaba una prenda mía que había usado durante la noche, en secreto respiraba de ese olor suyo que quedaba. Me gustaba su olor. Me gusta. Mi mano se deslizó por debajo de las sábanas, se apoyó en su pierna. Ella se movió hacia su lado, separándose de mí –¿desde cuándo unos pocos centímetros se volvían miles de kilómetros? —. Aquel gesto de rechazo alcanzó para que mi mano se retirara de ahí. No insistí con acercarme, la cama se había vuelto un territorio hostil desde hacía mucho tiempo. Entonces sentí una quemazón en el estómago. El enojo se mezclaba con tantas otras sensaciones que ya no sabía si estaba ofuscado, herido, o sólo muy cansado. Esto me condujo, sin preámbulos, del gesto de amor al reproche:

-¿Qué te dijo el alemán?

Mi voz sonó áspera, distante. Me refería al momento preciso en el que yo veía en el reflejo de mi ventanilla al alemán inclinarse hacia ella y decirle algo. Después de eso se habían mirado a los ojos, por unos breves segundos. Se miraron y se rieron. Muy posiblemente de mí.

-No sé qué me dijo. No me acuerdo. La verdad que no le entendía mucho lo que hablaba.

No le creí. Y justo entonces un ruido se elevó hacia el techo, y se apagó entre nosotros. Luego hubo un silencio amarillo, en parte por la pobre luz del velador encendido.

-¡Fíjate de una vez! dijo ella.

Estaba a punto de hacerle caso cuando llamaron a la puerta. Me levanté. Esperé a que ella se tapara con las sábanas hasta el cuello, y abrí. Era el alemán.

Llevaba puesta la misma campera verde que le había visto en la excursión, como si otra vez estuviera por salir al frío de la calle. El tipo dijo algo que no entendí. Me miraba, pero en realidad no hablaba conmigo.

-Dice si queremos ir a tomar unas cervezas.

Desde la cama ella me hizo el gran favor de traducir.

-Ya es tarde, dije, y señalé un reloj imaginario en mi muñeca.

Pensé que contestaba por los dos, pero el alemán desvió la mirada hacia ella.

Tras una pausa de lo más incómoda –un silencio que Johann agregaba a nuestro propio silencio—, ella dijo algo en inglés que no comprendí. El tipo sonrió. No a mí, a ella. Entonces cerré la puerta, lo dejé del otro lado, parado en el pasillo, con ella fuera de su alcance. Fui a sentarme en la cama, y los resortes del colchón crujieron con mi peso, cómplices también a esto que ocurría. La vi quitarse la remera –con qué poco lograba ilusionarme—, aunque en ese momento hubiera preferido mirar hacia otro lado, darme vuelta y hacer como si buscara algo en la mesa de noche; su cuerpo desnudo me generó la misma angustia que cuando algo preciado se desvanece lentamente y sin remedio, hasta desaparecer. Luego se levantó, tomó la ropa que colgaba del respaldo de una silla, y entró al baño. Me incorporé de la cama y sin hacer ruido caminé hasta la puerta de la habitación. Apoyé la cabeza para intentar escuchar algo: Johann se había ido ya, o todavía estaba ahí, en completo silencio. Al acecho, pensé. Como las ratas dentro del armario.

Minutos después la vi salir del baño ya vestida y arreglada. Me pareció que se había pintado los labios.

-No es rouge, dijo ella, como si me leyera la mente.

A estas alturas creo que tenía el poder de hacerlo.

-Es crema de cacao. Por el frío, aclaró.

Entonces se detuvo frente a la puerta de la habitación, de espaldas a mí.

Era rouge, pero no quise pelear por eso.

-Abrígate bien, dije.

Las palabras boyaron en mi mente. Y me sentí muy, muy estúpido.

-No vuelvo tarde, dijo ella con un hilo de voz.

Se demoró unos segundos más, siempre de espaldas, como si esperase una respuesta –pero no un permiso— de mi parte. Me quedé en silencio. La puerta se abrió, la luz de la habitación trazó en la oscuridad del pasillo un triángulo brillante. Dos botas negras la esperaban. Y la puerta volvió a cerrarse.




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