Las paredes del St. Jude Academy estaban diseñadas para aislar a sus estudiantes del mundo real. Entre columnas de mármol blanco importado, vitrales restaurados del siglo XIX y casilleros de caoba pulida a mano, los hijos de la élite global caminaban creyéndose dueños del universo. Para ellos, los mayores problemas de la existencia consistían en elegir el destino del viaje de graduación o decidir qué marca de auto deportivo pedir para su próximo cumpleaños.
Pero Victoria Vance sabía la verdad. Esa fachada de perfección y paz no era más que una tregua de cristal sostenida con hilos muy finos.
Detrás de su casillero, con los dedos perfectamente manicurados ajustando la carpeta de cuero negro, Victoria repasaba mentalmente los datos de su última evaluación de economía. Podía sentir el murmullo a su alrededor, las miradas furtivas de sus compañeros que mezclaban una profunda admiración con un temor reverente. Ella era la reina indiscutible del instituto. Impecable, fría, calculadora y dueña de un promedio de diez absoluto que no pensaba ceder ante nadie.
Menos aún ante el chico que en ese exacto momento venía caminando por el pasillo con la corbata desatada y una actitud de insolencia absoluta.
Liam Campbell.
El aire a su alrededor pareció volverse más pesado cuando él se detuvo a un par de metros, apoyando un hombro contra la pared con esa despreocupación que tanto lograba irritar a Victoria. Liam era alto, con el cabello revuelto de una forma que desafiaba el estricto código de vestimenta de la academia, y una sonrisa de suficiencia dibujada en los labios. Era la estrella indiscutible del equipo de básquet, el chico al que todos querían imitar y al que los profesores perdonaban todo a cambio de trofeos deportivos.
Pero ninguna de esas etiquetas escolares importaba realmente. Lo que de verdad hacía insoportable la presencia de Liam era lo que corría por sus venas. Y, sobre todo, lo que ambas familias llevaban heredando durante quince generaciones de guerra silenciosa y sangre fría en el inframundo.
La rivalidad entre los Vance y los Campbell no era un simple chisme de pasillo; era una maldición histórica.
Todo se remontaba a quince generaciones atrás, en los muelles clandestinos del viejo continente, cuando un pacto de honor entre los fundadores de ambos clanes se quebró por una traición imperdonable. Desde entonces, la historia de sus linajes se habíatrazado con una línea gruesa de crímenes, silencios y venganzas calculadas a lo largo de los siglos. Quince generaciones de padres enseñando a sus hijos a desconfiar, a disparar primero y a nunca, bajo ninguna circunstancia, mostrar debilidad ante un Campbell.
La enemistad se había transmitido como un virus familiar, pasando de tiranos a herederos, convirtiendo cada territorio, cada ruta de contrabando y cada negocio en un campo de batalla invisible que ahora recaía sobre los hombros de dos adolescentes obligados a sonreír para la alta sociedad mientras planeaban la destrucción del otro.
—Te ves tensa, Vance —dijo Liam rompiendo el silencio, su voz baja y cargada de una burla sutil que solo ella alcanzaba a escuchar por encima del bullicio del pasillo—. ¿Te preocupa que el profesor de cálculo descubra que esta vez sí te voy a ganar el primer puesto?
Victoria levantó lentamente la vista. Sus ojos oscuros se clavaron en él con una intensidad helada, capaces de congelar el fuego. No parpadeó.
—Puedes pasar los próximos cien años intentándolo, Campbell, y lo único que conseguirás es seguir siendo la sombra de alguien que realmente tiene un cerebro —respondió ella con voz suave, venenosa, cada sílaba perfectamente medida—. La mediocridad se lleva en la sangre. Supongo que es genética pura en tu familia. No se le puede pedir más a un Campbell.
La sonrisa de Liam vaciló por una fracción de segundo, y sus ojos oscuros destellaron con un brillo peligroso. Dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos de una manera que hizo que el aire a su alrededor se tensara al límite. Odiaba que ella siempre supiera exactamente dónde golpear para sacarlo de sus casillas.
—Cuidado con lo que hablas de la sangre, reina de cristal —susurró él, inclinándose apenas lo suficiente para que su perfume varonil y fresco chocara contra el abrigo de ella—. No vaya a ser que te rompas antes de que termine el semestre.
Antes de que Victoria pudiera replicar con otro comentario lapidario, el timbre del colegio resonó por todo el edificio, anunciando el inicio de las clases. Liam se apartó con una lentitud exasperante, le dedicó una última sonrisa cínica y se echó la mochila al hombro antes de perderse entre la marea de estudiantes.
Victoria se quedó allí un instante, respirando hondo para calmar el fuego que ese chico siempre lograba encender en su interior. Apretó el lomo de su carpeta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
No sabía cuánto tiempo más aguantarían manteniendo la fachada en ese colegio de millonarios. Porque lo que ninguno de los dos sospechaba todavía, era que el peso de esas quince generaciones de odio estaba a punto de convertirse en un contrato firmado del que jamás podrían escapar.