Para el resto del mundo, la vida de Victoria Vance era un cuento de hadas moderno: una mansión de estilo clásico europeo en las colinas más exclusivas de la ciudad, desfiles de alta costura privados, autos blindados con chóferes uniformados y una cuenta ilimitada en el banco más prestigioso del país. Sin embargo, detrás de las enormes puertas de hierro forjado y los ventanales de cristal tintado, el hogar de los Vance se asemejaba más a una base de operaciones militares o a una corte monárquica del siglo pasado.
Desde que era una niña pequeña, Victoria no había conocido los juegos tradicionales ni las tardes de ocio. Mientras otras niñas de su edad aprendían ballet o pasatiempos escolares, su padre, un hombre de mirada impenetrable y pocas palabras, le había trazado un destino inquebrantable: ella no sería una heredera decorativa; sería el cerebro financiero y la estratega implacable del clan.
Sus recuerdos de infancia estaban marcados por lecciones que congelarían el corazón de cualquiera. A los ocho años, en lugar de cuentos de hadas, le leían tratados de estrategia militar, fusiones bancarias offshore y manuales de contabilidad forense. A los doce, ya sabía identificar los movimientos bursátiles que ocultaban el lavado de dinero de las rutas del inframundo y dominaba tres idiomas a la perfección. Cada error se pagaba con silencio absoluto y una nueva ronda de exigencias académicas.
—Un Vance no comete errores, Victoria —le solía decir su padre con voz fría, colocándola frente a un tablero de ajedrez donde cada pieza representaba una familia rival o un activo criminal—. Un error en nuestro mundo no cuesta dinero; cuesta la vida. Si parpadeas, te devoran.
Por eso, su actitud en el St. Jude Academy no era una fachada superficial elegida al azar; era el reflejo directo de su crianza. Había sido entrenada para reprimir cualquier rastro de emoción, para calcular cada palabra antes de pronunciarla y para leer las debilidades ajenas en cuestión de segundos. Su mente funcionaba como una caja fuerte hermética donde la compasión era un lujo que no se podía permitir.
Esa misma tarde, tras el cruce tenso con Liam en los pasillos del colegio, Victoria se encontraba en su despacho privado dentro de la mansión familiar. Frente a ella, la pantalla de su ordenador portátil mostraba complejos diagramas financieros, flujos de capital internacional y los informes de las propiedades que su facción controlaba en los muelles y el distrito financiero.
Con los dedos deslizándose ágilmente sobre el teclado, revisaba los balances trimestrales con una precisión quirúrgica. Ningún centavo se movía sin su autorización; ningún negocio secundario operaba sin que ella auditara los riesgos. Administrar la inmensa fortuna de los Vance requería una frialdad absoluta, y ella lo hacía con la destreza de una veterana de las altas finanzas, a pesar de tener apenas dieciséis años.
Sin embargo, mientras cruzaba datos de exportación con cuentas en paraísos fiscales, su mente, por una fracción de segundo, traicionó su propia disciplina. Una imagen de Liam Campbell apareció fugazmente en su cabeza: la forma en que la miraba con esa desfachatez insolente, desafiando el orden milimétrico que ella tardó toda su vida en construir.
Victoria detuvo el tecleo de golpe. Frunció el ceño, molesta consigo misma por haberle dedicado un solo segundo de su valioso tiempo a ese idiota caótico. Cerró la pestaña del navegador con un movimiento seco del ratón, obligándose a retomar el control absoluto de sus pensamientos.
En su mundo, los sentimientos eran una debilidad imperdonable. Y ella había sido educada para reinar, no para caer.