Alianza de Cristal

Capítulo 3: La sombra detrás del caos

Para cualquiera en el St. Jude Academy, Liam Campbell era la definición misma del descontrol. Su reputación en el instituto se sostenía sobre la base de una amnesia voluntaria hacia las reglas: llegaba tarde a los entrenamientos de básquet, respondía con una sonrisa cínica a los amonestaciones de los profesores y gastaba las horas de clase haciendo girar un bolígrafo entre los dedos con una displicencia que sacaba de quicio a cualquiera.

Especialmente a Victoria Vance.

Pero lo que sus compañeros de clase —y los propios directores de la academia— jamás sospecharían ni en sus peores pesadillas, era que ese aire de eterno vago no era más que una fachada cuidadosamente ensayada. Una máscara perfecta para ocultar al depredador más letal que había pisado el inframundo en décadas.

Fuera de los muros de mármol del colegio, en los rincones más oscuros y sangrientos de la ciudad, Liam no respondía a las bromas ni al caos superficial. Allí era conocido por un solo nombre, uno que bastaba para helar la sangre de los capos más poderosos con solo mencionarlo: Ghost.

Su fama no era gratuita. A diferencia de los matones comunes que dejaban caos y rastro a su paso, el entrenamiento de Liam había corrido a cuenta de los asesinos de élite más implacables del mundo clandestino. Era una máquina de precisión quirúrgica. Cada uno de sus contratos se ejecutaba con una limpieza absoluta, sin dejar un solo cabo suelto, ni una huella, ni una sola pista de lo que había ocurrido. Para las autoridades y las familias rivales, sus ejecuciones parecían muertes naturales o accidentes inexplicables, porque Ghost nunca dejaba evidencia.

Sin embargo, lo que de verdad aterraba al bajo mundo era su arma insignia. Cuando la situación exigía erradicar por completo una amenaza o cuando un objetivo merecía una ejecución pública y ejemplar, Liam desenvainaba un par de dagas negras con líneas rojas que brillaban como veneno en la penumbra. Se decía que nadie que hubiera visto esas hojas salir de sus fundas había vivido para contarlo. Era una sentencia de muerte sin apelación.

Esa misma noche, lejos de los lujos de su mansión y de los pasillos iluminados del instituto, Liam se encontraba en la azotea de un edificio abandonado en el distrito industrial. La lluvia caía con fuerza, empapando su ropa oscura. Frente a él, arrodillado y temblando de terror, estaba un informante que había intentado traicionar a su clan filtrando rutas de contrabando a una facción rival.

Liam ni siquiera se molestó en levantar la voz. Su expresión era fría, distante, totalmente opuesta a la sonrisa cínica que mostraba por las mañanas frente a Victoria.

—Me decepcionas, Marcus —dijo Liam con un tono suave, casi aburrido, mientras sus dedos se deslizaban con familiaridad hacia el arnés oculto bajo su chaqueta.

El hombre suplicó piedad, pero las palabras se le ahogaron en la garganta cuando la oscuridad de la azotea pareció tragarse el brillo del metal. Con un movimiento tan rápido que desafiaba la vista, Liam desenvainó las dagas negras con líneas rojas. La luz de la ciudad se reflejó por una milésima de segundo en el filo antes de que el silencio absoluto volviera a reinar en el lugar.

Minutos después, Liam caminaba hacia su auto deportivo sin una sola gota de sangre en su ropa, con las manos perfectamente limpias y el rostro relajado.

Pero incluso mientras limpiaba su mente de la misión cumplida, una imagen impertinente se cruzó por sus pensamientos: los ojos oscuros y cargados de odio de Victoria Vance desafiándolo en el pasillo del colegio.

Ghost podía someter a todo el inframundo con un simple par de dagas, pero la verdadera prueba de fuego estaba a punto de comenzar, y su peor enemiga llevaba falda de tablones y un promedio de diez.




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