Alianza de Cristal

Capítulo 4: La cumbre del 25 de septiembre

La noche del 25 de septiembre no había sido elegida al azar. En el calendario del inframundo, esa fecha marcaba el aniversario de una tregua rota hacía exactamente dos décadas, un recordatorio sangriento de que la paz entre los Vance y los Campbell siempre pendía de un hilo.

Lejos de los reflectores de la ciudad y de los muros de mármol del St. Jude Academy, la reunión se llevó a cabo en una antigua mansión señorial abandonada en las afueras, un territorio neutral rodeado de bosques espesos y custodiado por decenas de hombres armados hasta los dientes.

En el interior, el comedor principal había sido transformado en una sala de guerra. Alrededor de una larga mesa de caoba pulida se encontraban los capos de ambas facciones, hombres de mirada implacable que habían construido sus imperios sobre la pólvora y el silencio. En un extremo, flanqueado por sus mejores estrategas, estaba el padre de Victoria; en el otro, el líder de los Campbell, flanqueado por su hijo menor.

Victoria y Liam ya no vestían los uniformes de la academia de élite. Ella lucía un impecable traje sastre negro, con el cabello recogido en una coleta alta que acentuaba sus facciones afiladas y su expresión de hielo absoluto. Él llevaba una camisa oscura con las mangas remangadas, mostrando la firmeza de sus brazos, y una postura relajada que contrastaba violentamente con la tensión palpable del ambiente.

Nadie habló durante los primeros minutos. El peso de quince generaciones de odio acumulado flotaba en el aire, denso e irrespirable. Los líderes sabían que la guerra abierta entre sus facciones estaba destruyendo sus negocios y atrayendo demasiada atención policial. Algo tenía que cambiar.

—La situación en los muelles es insostenible —rompió el hielo el padre de Victoria, con voz ronca y calculadora, clavando sus ojos oscuros en la mesa—. Si seguimos desangrándonos por el control de las rutas del norte, no quedará nada para ninguna de las dos familias cuando termine el año.

El líder de los Campbell soltó una sonrisa cínica, una expresión que Liam heredó idéntica, antes de responder con la misma frialdad:

—Tus hombres cruzaron la línea la semana pasada, Vance. No puedes esperar que nos sentemos a negociar mientras disparan a nuestros cargamentos. La tregua verbal ya no sirve de nada.

—Por eso no habrá una tregua verbal —intervino el padre de Victoria, deslizando un documento con bordes dorados hacia el centro de la mesa. El sonido del papel al deslizarse sobre la caoba resonó como un disparo en la habitación—. Habrá un vínculo legal y sanguíneo que no se pueda romper.

Los ojos de Victoria se ensancharon por una fracción de segundo, traicionando su férrea disciplina. Miró el documento y luego a su padre, con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, aunque su rostro se mantuvo impasible.

—Para asegurar la estabilidad definitiva y unificar los territorios del inframundo de una vez por todas —continuó el líder de los Campbell, cruzando las manos sobre la mesa y mirando a su hijo—, hemos decidido sellar la paz mediante un contrato matrimonial.

El silencio que siguió a esas palabras fue absoluto.

Victoria sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. ¿Casarse? ¿Unirse legalmente, de por vida, al idiota arrogante con el que competía todas las mañanas en el colegio? Era una pesadilla de pesadillas.

Al otro lado de la mesa, Liam dejó caer la sonrisa socarrona. Sus oscuros ojos se endurecieron de inmediato, y su mandíbula se tensó hasta marcarse con fuerza. Odiaba que decidieran su vida como si fuera una ficha de póker, pero lo que más le sacaba de quicio era tener que compartir su destino con la chica más fría y calculadora del planeta.

—¿Un matrimonio? —preguntó Liam con voz baja, cortante, rompiendo el silencio con un peligroso desafío en la mirada—. Deben estar perdiendo la cabeza. Prefiero dispararme en el pie antes de firmar eso.

—No es una sugerencia, Liam. Es una orden directa del consejo —respondió su padre con una autoridad que no admitía réplica.

Victoria apretó las manos debajo de la mesa con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus propias palmas. Su mente calculadora comenzó a correr a mil por hora, analizando las consecuencias, los riesgos y la trampa mortal en la que acababan de meterlos.

De día, tendrían que seguir fingiendo que se odiaban en los pasillos del colegio de millonarios. De noche, tendrían que aceptar que su destino estaba atado por un contrato del inframundo.




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