El sonido del contrato al golpear contra la superficie de caoba resonó en la habitación como una bofetada.
Victoria se puso de pie con una brusquedad que hizo que su silla de respaldo alto raspara estrepitosamente contra el suelo de madera. Su fachada de perfección y frialdad se rompió por completo, dejando al descubierto una furia contenida que ardía en sus ojos oscuros.
—¿Están dementes? —espetó Victoria, perdiendo por primera vez en su vida la compostura frente a los líderes de su propia familia—. ¿Pretenden que entregue mi vida, mi futuro y el control financiero que tanto me ha costado estructurar a cambio de una tregua de pacotilla con ellos? ¡Es una estupidez táctica! Un contrato de matrimonio no va a borrar quince generaciones de traiciones y sangre. Es un error absoluto.
Al otro lado de la mesa, Liam no se levantó, pero la tensión en sus hombros era tan densa que parecía a punto de estallar. Sus oscuros ojos centelleaban con un odio tan puro que habría podido matar a cualquiera con solo mirarlo. Se pasó una mano por el cabello revuelto, soltando una risa seca, desprovista de cualquier atisbo de humor.
—Mi padre tiene razón en algo: esto es una locura —replicó Liam, con la voz grave, cortante y cargada de un veneno apenas disimulado—. Prefiero usar mis propias dagas para cortarme el cuello antes de firmar un papel que me ate de por vida a la muñeca de porcelana de los Vance. ¿Qué sigue? ¿Vamos a jugar a las tacitas con los enemigos mientras nos cortan la garganta por la espalda? No cuenten conmigo.
La reacción de ambos jóvenes, lejos de generar debate, se encontró con una muralla de fría indiferencia por parte de los capos. Los patriarcas de ambas familias ni siquiera parpadearon ante el estallido de sus herederos. Para ellos, los berrinches de dieciséis años no tenían ningún peso frente a los intereses geopolíticos del inframundo.
El padre de Victoria levantó lentamente una mano, un gesto milimétrico pero cargado de una autoridad tan pesada que hizo que la habitación entera contuviera la respiración.
—Suficiente, Victoria —ordenó su padre, con una voz baja, gélida y absolutamente implacable que no admitía la menor réplica—. Siéntate.
Victoria abrió la boca para protestar de nuevo, pero el brillo en la mirada de su padre —una advertencia silenciosa sobre lo que pasaba con quienes desobedecían las reglas de la casa— la obligó a cerrar los labios con tanta fuerza que su mandíbula tembló. El orgullo de ser una Vance se estrelló contra la cruda realidad de que, en ese mundo, los peones no discuten las órdenes del rey. Con los nudillos blancos y el pecho subiendo y bajando con rapidez, apretó los dientes y volvió a sentarse, tragándose su rabia con un sabor amargo en la garganta.
Del otro lado, el líder de los Campbell hizo exactamente lo mismo con su hijo, clavándole una mirada de pedernal que cortaba como el acero.
—Basta, Liam. El consejo ya votó y la decisión es irrevocable —sentenció el patriarca Campbell con voz ronca—. No estamos aquí pidiendo tu opinión ni tu consentimiento romántico. Estamos dictando tu obligación como heredero de este clan. Si crees que puedes rechazar un pacto que garantiza la supervivencia de nuestra sangre, estás muy equivocado. El contrato se firmará, te guste o no.
Liam apretó los dientes con tanta fuerza que un músculo se le marcó en la mandíbula. Quería responder, quería soltar toda la frustración contenida y demostrarles que Ghost no le temía a ninguna orden familiar, pero conocía demasiado bien las consecuencias de desafiar abiertamente al consejo en un momento de tregua tan delicada. Sus manos, acostumbradas a empuñar las dagas con absoluta libertad, se cerraron en puños cerrados bajo la mesa, temblando de pura impotencia.
Los padres los miraron a ambos con una fría satisfacción, sentenciando el destino de sus hijos como si se tratara de una simple transacción comercial.
—Mañana por la mañana asistirán a clases con normalidad —añadió el padre de Victoria, retomando el control de la reunión sin inmutarse por la tormenta que acababa de desatar—. Seguirán compitiendo, seguirán fingiendo que se odian ante los ojos de todo el colegio y mantendrán la farsa intacta. Nadie en el St. Jude Academy puede sospechar absolutamente nada hasta que el acuerdo sea ratificado formalmente a fin de mes.
El silencio volvió a instalarse en el comedor. Un silencio pesado, asfixiante y definitivo.
Victoria desvió la mirada hacia el documento dorado sobre la mesa, sintiendo que las cadenas invisibles de ese matrimonio pactado ya comenzaban a apretarle el cuello. Al otro lado, Liam levantó lentamente la vista, encontrándose de nuevo con los ojos oscuros y furiosos de la chica que, a partir de esa noche, ya no era solo su peor enemiga académica, sino su futura esposa.
La orden estaba dada. Los padres los habían callado. Y el secreto que debían guardar ante todo el mundo se convirtió en la carga más pesada que ambos tendrían que soportar en los pasillos de la élite.