Alianza de Cristal

Capítulo 6: El peso del anillo y el circo del St. Jude

La mañana del 26 de septiembre amaneció con un cielo plomizo que parecía reflejar la tormenta interna que ambos herederos cargaban en el pecho. Los pasillos del St. Jude Academy olían a café caro, cera para pisos y a la habitual vanidad de los hijos de la élite global. Sin embargo, en cuanto Victoria Vance y Liam Campbell cruzaron las enormes puertas de roble del instituto, el aire pareció volverse denso, casi irrespirable.

El motivo no era solo la tensión acumulada de quince generaciones de odio ni la fatídica revelación de la noche anterior en la mansión abandonada. El verdadero escándalo, el detalle mudo pero ensordecedor que alteró el orden del universo escolar en cuestión de segundos, brillaba con una insolencia insoportable en las manos derechas de ambos.

Un anillo.

No cualquier anillo, sino una sortija de diseño idéntico, pesado, forjado en platino oscuro con grabados geométricos discretos que simbolizaban la unión de las dos facciones más poderosas del inframundo. Sus padres habían sido claros: el compromiso debía hacerse visible de forma sutil pero innegable para la alta sociedad antes de ratificar el contrato legal. Y qué mejor manera de poner a prueba la paciencia de sus hijos que obligarlos a usarlos desde la primera hora de clases.

Victoria caminaba con la espalda tan recta que parecía hecha de acero. Su uniforme impecable, con la falda de tablones perfectamente planchada y la corbata ajustada al milímetro, contrastaba violentamente con la sortiza fría que pesaba en su dedo anular como un grillete de plomo. Cada paso que daba sobre el mármol blanco era un esfuerzo sobrehumano por no salir corriendo a arrancarse el dedo. Odiaba el anillo. Odiaba a sus padres. Y, por sobre todas las cosas, odiaba al idiota que venía a veinte metros de distancia con la misma maldita joya brillando bajo la luz de los ventanales.

Liam avanzaba con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, aunque llevaba la mano derecha extrañamente rígida, intentando ocultar el metal. Tenía la corbata floja, la camisa arrugada del lado izquierdo y una expresión de fastidio tan grande que asustaba incluso a los deportistas del equipo de básquet. Sentía el anillo como una marca de ganado, una burla directa a su libertad como el asesino más temido del bajo mundo. ¿Llevar un anillo de compromiso forzado? Era una humillación que solo tragaba porque romper las reglas del consejo en este punto desataría una masacre innecesaria.

Cuando ambos convergieron frente a los casilleros principales, justo al lado del tablón de anuncios de honor, el choque visual fue inevitable.

Se detuvieron de golpe, a apenas un metro de distancia. Sus miradas se cruzaron, y el nivel de odio acumulado en ese único intercambio de expresiones habría sido capaz de derretir el platino de las sortijas. No hacía falta que hablaran; el desprecio mutuo era un idioma que dominaban a la perfección.

—Qué coincidencia tan patética, Vance —siseó Liam con una voz baja, cortante como el filo de sus dagas, inclinándose ligeramente hacia ella para que nadie más oyera—. Supongo que te pusiste a llorar para que te regalaran una sortija a juego. No sabía que tenías alma de damisela en apuros.

Victoria apretó la mandíbula con tanta fuerza que un tic nervioso le recorrió la mejilla. Sus ojos oscuros brillaban con furia pura.

—Guárdate tus comentarios imbéciles, Campbell —respondió ella con la voz gélida, controlando cada sílaba para no gritar en medio del pasillo—. Si por mí fuera, te arrancaría este maldito anillo y te lo haría tragar pedazo por pedazo. Esto es una imposición absurda, y lo sabes tan bien como yo.

—Ah, ¿entonces admites que estamos en el mismo infierno? —replicó Liam con una sonrisa torcida, cínica, aunque sus ojos estaban oscuros de irritación—. Qué tierno. Deberíamos mandar a hacer invitaciones conmemorativas para la boda.

Antes de que Victoria pudiera replicar con un insulto digno de destruirlo en tres segundos, el sonido de decenas de pasos apresurados y murmullos estridentes interrumpió el enfrentamiento.

El pasillo, que normalmente les abría paso con respeto y temor, se había transformado en un hervidero de adolescentes aburridos en busca de entretenimiento. En cuestión de minutos, un círculo de curiosos los rodeó. Estudiantes de último año, capitanas de porristas y herederos de imperios tecnológicos se amontonaban alrededor de los casilleros, con los ojos fijos en las manos de ambos.

El chisme había corrido más rápido que un incendio forestal.

En un colegio de élite donde las vidas de todos eran públicas pero aburridas, la idea de que los dos mayores rivales académicos —los diamantes inalcanzables del St. Jude— aparecieran de la nada portando el mismo anillo de compromiso era el equivalente a una bomba atómica social. Nadie quería especulaciones baratas; querían la verdad, y estaban dispuestos a arrancárselas a la fuerza.

—Oigan, un momento... —exclamó Sofía, una de las chicas más populares del campus, abriéndose paso entre la multitud con una expresión de absoluta incredulidad, señalando directamente las manos de ambos con un dedo manicurado—. ¿Es una broma colectiva o estoy viendo visiones?

Victoria se quedó congelada por una fracción de segundo. Su mente, normalmente una máquina de calcular estrategias financieras en milisegundos, experimentó un cortocircuito. Tenía que activar el protocolo de emergencia de inmediato: fingir, desviar la atención, negar cualquier vínculo. La regla de oro dictaba que nadie en el colegio podía saber la verdad sobre el inframundo ni sobre el contrato.

—De qué hablas, Sofía? —respondió Victoria, obligándose a adoptar una expresión de fría superioridad, alzando la barbilla con elegancia y escondiendo hábilmente la mano detrás de su carpeta—. Tienes demasiada imaginación matutina. Deberías concentrarte en aprobar la materia de literatura en lugar de inventar delirios colectivos.




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