El comedor principal del St. Jude Academy era un escaparate obsceno de riqueza y privilegios. Bajo una cúpula de cristal veneciano que filtraba la luz de la mañana, las mesas de mármol blanco se llenaban de risas estridentes, bandejas con comida orgánica importada y conversaciones frívolas sobre yates, marcas de alta costura y planes para el fin de semana.
Para Victoria Vance, ese comedor solía ser su territorio seguro: un espacio donde su autoridad era indiscutible y donde podía almorzar en paz mientras repasaba mentalmente los mercados asiáticos o los informes de auditoría de su familia. Pero hoy, el ambiente le parecía tan asfixiante como una celda de castigo.
Sentada en el rincón más exclusivo de la sala, Victoria sostenía un tenedor de plata con una elegancia impecable, aunque llevaba al menos cinco minutos moviendo la misma hoja de lechuga en su plato sin llevarse un solo bocado a la boca. Tenía la mirada fija en el fondo de su taza de té verde, intentando apagar el zumbido mental que le había provocado el numerito de los anillos en el pasillo.
El problema no había terminado con la campana de la primera clase. Peor aún: el verdadero interrogatorio estaba a punto de comenzar.
A su derecha y a su izquierda, sentadas con la misma postura recta y perfecta que caracterizaba a las herederas de la alta alcurnia, estaban Emilia y Martina. No eran simples compañeras de clase ni las típicas amigas superficiales del colegio; desde que tenían uso de razón, habían sido sus compañeras de juegos, sus confidentes en el bajo mundo y las hijas de las dos familias aliadas más cercanas a la facción de los Vance. Ellas sabían leer entre líneas mejor que nadie.
—Muy bien, Victoria —comenzó Emilia, cruzando los brazos sobre la mesa con una lentitud deliberada. Su mirada afilada y analítica se clavó en la mano derecha de su amiga, específicamente en el dedo anular, donde el maldito anillo de platino oscuro seguía brillando con descaro—. Has estado media hora mirando la ensalada como si estuvieras decidiendo qué país invadir, y ni una sola vez has mencionado por qué llevas una sortija que idénticamente tiene la misma forma y diseño que la de Liam Campbell.
Victoria detuvo el movimiento del tenedor. Su corazón dio un vuelco imperceptible, pero su rostro se mantuvo tan frío y calmado como un bloque de hielo. No parpadeó. Había sido entrenada desde los ocho años para resistir interrogatorios de los capos más temidos del inframundo; unas cuantas preguntas de sus amigas de la infancia no iban a derrumbar su fachada.
—Es una tontería, Emilia —respondió Victoria con voz suave, bebiendo un sorbo pausado de té antes de continuar con absoluta naturalidad—. Una apuesta absurda del equipo de básquet. Liam y yo tuvimos un pequeño cruce de palabras sobre la rentabilidad de los proyectos de inversión escolar, los chicos del consejo se metieron en medio, y terminamos en esta estupidez de los anillos para ver quién aguantaba más la presión mediática del campus. Ya sabes cómo son los idiotas testosterónicos.
Martina, que había permanecido en silencio observando cada microgestión en el rostro de Victoria, soltó una risa corta, incrédula y cargada de sospecha. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de mármol.
—¿Una apuesta, Victoria? ¿De verdad esperas que traguemos esa versión? —preguntó Martina con una ceja alzada, entornando los ojos—. Nosotras conocemos cada movimiento tuyo desde el jardín de infantes. Jamás te involucrarías en una "apuesta estúpida" con un Campbell a menos que hubiera una razón de peso estratégico detrás. Además, tu pulso acaba de temblar un milímetro cuando dijiste su apellido. ¿Qué está pasando realmente? ¿Acaso el consejo familiar ya tomó una decisión sobre el inframundo?
La mención directa al "consejo familiar" hizo que la temperatura en la columna vertebral de Victoria descendiera varios grados. Emilia y Martina sabían perfectamente que las reuniones de los altos mandos estaban en marcha; si ataban cabos entre la repentina alianza de los anillos y las tensiones en los muelles, descubrirían el matrimonio por contrato antes de que los propios patriarcas lo hicieran oficial.
Victoria dejó la taza de té sobre el plato con un golpe seco y medido. Levantó la barbilla, adoptando esa máscara de superioridad absoluta que siempre utilizaba cuando quería aplastar una discusión antes de que se saliera de control.
—Estás viendo fantasmas donde solo hay idiotas intentando llamar la atención, Martina —replicó Victoria con un tono de voz gélido, cortante, que bordeaba la ofensa calculada—. Si supusiera un riesgo para nuestros intereses o para la facción, ¿crees que estaría aquí almorzando una ensalada en lugar de quemar los barcos de los Campbell? Por favor, ten un poco más de respeto por mi capacidad estratégica. No soy ninguna aficionada.
El silencio se prolongó durante unos segundos eternos. Emilia y Martina se miraron de reojo, evaluando la rigidez en la postura de su amiga y el brillo oscuro de advertencia que parpadeaba en sus ojos. Sabían que cuando Victoria se ponía a la defensiva de esa manera, era mejor no seguir excavando, al menos no en público.
—Más te vale que sea así, Victoria —concedió Emilia finalmente, relajando los hombros y volviendo a tomar sus cubiertos con elegancia—. Porque si esos infelices están intentando jugar sucio detrás de nuestra espalda, las primeras en proponer una masacre en los muelles seremos nosotras dos.
—Exacto —añadió Martina, suspirando con resignación y volviendo a su comida—. Pero más te vale que te quites ese anillo pronto. Te queda horrible. Destruye por completo tu paleta de colores.
Victoria soltó un suspiro mental de alivio, aunque por fuera ni un solo músculo de su rostro se relajó. Había sobrevivido al interrogatorio de sus aliadas más cercanas, utilizando el veneno del sarcasmo y su fría disciplina como escudo.
Pero mientras volvía a mover la lechuga en su plato, supo que mantener esa mentira en el colegio iba a ser una tarea titánica. Y lo peor de todo era que, al otro lado del comedor, sintió una mirada pesada y burlona clavada en su nuca. Al levantar la vista discretamente por el reflejo del ventanal, vio a Liam sentado con los chicos del equipo de básquet, girando la sortija idéntica en su dedo con una sonrisa cínica pintada en los labios, como si estuviera disfrutando de cada segundo de su sufrimiento.