En el extremo opuesto del imponente comedor del St. Jude Academy, la atmósfera era radicalmente distinta a la tensión fría y calculadora que se respiraba en la mesa de Victoria Vance. Allí, el aire olía a perfume costoso, risas ensayadas y a una adulación tan empalagosa que habría hecho vomitar a cualquiera con un ápice de decencia. Pero para Liam Campbell, ese era simplemente su hábitat natural: el escenario perfecto donde se ponía la máscara del chico malo, irresistible y despreocupado.
Rodeado por media docena de chicas del equipo de porristas y de los cursos superiores, Liam ocupaba el asiento central del sillón de terciopelo rojo. Tenía la americana del uniforme escolar abierta con desidia, las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos dejando al descubierto los antebrazos firmes, y una sonrisa torcida y magnética pintada en los labios.
Para el resto del instituto, Liam era el epítome del Casanova moderno: el chico al que todas querían conquistar y al que ninguna parecía importarle lo suficiente como para retenerlo más de una noche. Ellas reían con exageración ante cada comentario cínico que soltabá, rozaban sus hombros fingiendo descuidos y competían silenciosamente por captar su atención exclusiva.
Pero detrás de esa mirada de aparente desinterés y de las bromas coquetas que repartía con tanta facilidad, la mente de Liam funcionaba a una velocidad completamente distinta. Sus ojos oscuros, afilados como el acero templado, recorrían el grupo de chicas con una frialdad calculadora que ninguna de ellas lograba percibir. No estaba disfrutando de la adulación; las estaba evaluando.
Bajo la superficie del seductor infalible, el asesino conocido en el inframundo como Ghost seguía latente. Y en ese preciso instante, su instinto depredador había fijado una presa muy específica entre el grupo.
Se llamaba Jessica, una de las capitanas de porristas del último año. Rubia, de una belleza llamativa pero predecible, y con la irritante costumbre de reírse de absolutamente todo lo que él decía, por más idiota que fuera el chiste. Era exactamente el tipo de distracción conveniente que Liam necesitaba para mantener su fachada intacta ante el colegio y, de paso, sacudirse el mal sabor de boca que le había dejado el maldito anillo de compromiso que pesaba en su dedo anular.
—Ay, Liam, en serio eres imposible —canturreó Jessica, inclinándose hacia él con una familiaridad exagerada, apoyando una mano perfectamente manicurada sobre su pecho y rozando la tela de su camisa—. Todo el mundo sigue comentando lo del anillo de esta mañana. ¿De verdad es una apuesta de básquet o nos estás ocultando que tienes el corazón ocupado por alguien misterioso?
Liam soltó una carcajada baja, ronca y cargada de una falsa diversión que rozaba la provocación pura. Deslizó lentamente su mano hasta tomar la muñeca de Jessica, apartando su mano de su pecho con una suavidad calculada, pero con la firmeza suficiente para dejar claro quién llevaba el control de la situación.
—¿Mi corazón ocupado, Jess? Sabes perfectamente que yo no sirvo para ataduras —respondió Liam con un tono de voz ronco y seductor, inclinándose lo suficiente para que su rostro quedara a pocos centímetros del de ella, sintiendo el temblor de anticipación en el cuerpo de la chica—. Las ataduras son aburridas. Prefiero las cosas... mucho más directas y sin complicaciones.
Jessica soltó un suspiro ahogado, completamente enganchada por el anzuelo, con los ojos brillando de pura vanidad. No tenía la menor idea de que, detrás de esa sonrisa encantadora, Liam la estaba midiendo con la misma fría precisión con la que evaluaba a un objetivo antes de una misión en los callejones oscuros de la ciudad.
Para Liam, Jessica no era más que un peón temporal. Una vía de escape para demostrarse a sí mismo que seguía mandando en su propia vida, a pesar de las cadenas invisibles que su familia y el contrato con los Vance le acababan de imponer. Quería pasar el rato con ella, llevarla a su terreno más tarde y dejar que la noche borrara la rabia de sentirse atrapado.
Sin embargo, en medio del juego de seducción y de las risas complacientes de las demás, la mirada de Liam se desvió por una fracción de segundo hacia el otro lado del comedor.
A través del espacio entre las cabezas de las chicas, sus ojos oscuros chocaron de inmediato con la figura de Victoria Vance. Ella seguía sentada con sus aliadas, erguida como una reina de hielo, devolviéndole una mirada cargada de un desprecio tan espeso que casi se podía palpar en el ambiente.
Por un instante, la sonrisa ensayada de Liam vaciló. Una chispa de pura competitividad y desafío cruzó por sus pupilas. Sabía perfectamente lo que Victoria pensaba de él en ese momento: lo creía un idiota superficial rodeado de distracciones baratas.
Disfruta tu pequeño show por ahora, reina de hielo, pensó Liam con una mueca burlona, volviendo a centrar toda su atención en la chica que tenía al lado y rozando con los dedos el anillo de compromiso oculto bajo la mesa. Pronto descubrirás que estar atado a Ghost es un juego mucho más peligroso de lo que imaginas.