Alianza de Cristal

Capítulo 9: La ruptura del hielo y la furia de la reina

El comedor principal del St. Jude Academy seguía siendo un hervidor de murmullos y ostentación, pero para Victoria Vance, el oxígeno en la sala se había vuelto escaso, denso y abrasador.

Desde su asiento en la mesa exclusiva, con la columna rígida como una barra de titanio, había mantenido la vista fija en su plato durante los últimos cinco minutos. Sin embargo, su campo de periferia visual —agudizado por años de entrenamiento militar y estratégico— no se había perdido ni un solo segundo del patético espectáculo que se montaba al otro lado del salón.

Liam Campbell en su máxima expresión: el rey indiscutible de la superficialidad, rodeado por un séquito de porristas risueñas, coqueteando descaradamente con Jessica y exhibiendo una actitud de absoluta displicencia hacia el mundo.

Lo que a cualquier otra chica le habría parecido un simple coqueteo adolescente de pasillo, para Victoria representaba una bofetada directa a su orgullo y, sobre todo, una prueba innegable de que a Liam le importaba una absoluta mierda el peso del contrato y del compromiso formal que acababa de unirlos. Estaban atados legalmente por un pacto inquebrantable que amenazaba con destruir su estabilidad, y el muy cínico se la pasaba jugando al Casanova de pacotilla como si llevar el anillo de platino oscuro en el dedo fuera un adorno decorativo.

La tensión comenzó a acumularse en el cuerpo de Victoria de una manera física y alarmante. Sus manos, que normalmente sostenían los cubiertos con una precisión quirúrgica, se cerraron con tanta fuerza alrededor del borde de la mesa de mármol que las yemas de sus dedos se tornaron de un blanco hueso. Una rabia ciega, fría y punzante empezó a recorrerle las venas, partiendo desde el pecho y trepando con ferocidad hasta la base de su garganta.

A su lado, Emilia y Martina detuvieron de golpe sus conversaciones. Las dos aliadas de toda la vida, expertas en descifrar cada microcambio en el comportamiento de su líder, sintieron de inmediato el cambio abrupto en la atmósfera del entorno. Era una energía pesada, cortante y oscura, como la calma tensa que precede a una tormenta eléctrica en alta mar.

Emilia dejó caer lentamente su tenedor sobre el plato, frunciendo el ceño con profunda extrañeza mientras observaba cómo la mandíbula de Victoria se contraía en un tic nervioso y constante.

—Victoria... —murmuró Emilia con voz baja, precavida, tanteando el terreno—. ¿Te encuentras bien? Estás... literalmente temblando de rabia. Y tu pulso acaba de congelar la mitad de la mesa. ¿Qué pasa? ¿Es por la forma en que ese idiota de Campbell está actuando con las porristas?

Martina, por su parte, siguió la dirección de la mirada oscura y emponzoñada de Victoria hasta posarla directamente en el grupo de Liam. Una revelación repentina cruzó por los ojos de Martina, y su expresión se tornó seria, casi amenazante.

—Oye, espera un segundo... —susurró Martina, inclinándose hacia Victoria con urgencia, sintiendo la radiación de ira que desprendía su amiga—. No me digas que te molesta verlo con ellas. Es un imbécil superficial que solo busca llamar la atención. Si quieres, Emilia y yo nos levantamos ahora mismo y le damos una lección en medio de todo el comedor para que baje la cresta. Una masacre social rápida y limpia.

Pero Victoria no respondió. No podía hacerlo. Si abría la boca en ese instante, lo único que saldría de sus labios sería un grito de pura furia homicida.

La ira que sentía no respondía a los celos adolescentes de una chica enamorada —una idea tan absurda que le provocaría náuseas si tuviera tiempo de considerarla—; era una furia territorial, visceral y profundamente arraigada en su orgullo de heredera. Él era su prometido oficial ante los ojos de sus familias, una extensión obligatoria de su propio poder estratégico. Verlo pavonearse riéndose de las reglas, ignorando el peso del acuerdo y comportándose como un bufón disponible para cualquiera era una falta de respeto insoportable que ponía en entredicho su autoridad.

El contrato era sagrado y exigía discreción absoluta. Y si Liam Campbell se negaba a respetarlo en público, ella se encargaría de recordárselo de la manera más violenta y humillante posible, sin romper las reglas del disfraz escolar.

Sin decir una sola palabra, con una lentitud aterradora y deliberada, Victoria se puso de pie.

El movimiento fue tan drástico que la silla de caoba retrocedió unos centímetros con un eco sordo contra el suelo. Emilia y Martina abrieron los ojos de par en par, sorprendidas por la reacción impredecible de su amiga, pero no se atrevieron a detenerla. El aura que despedía Victoria en ese momento era la de una reina dispuesta a decapitar a quien se cruzara en su camino.

Con la espalda recta como una hoja de afeitar, la barbilla alzada con una altivez desmedida y una mirada oscura y gélida clavada exclusivamente en su objetivo, Victoria comenzó a caminar entre las mesas del comedor.

A su paso, los murmullos de los estudiantes se fueron apagando de golpe. Nadie entendía nada. La reina intocable del St. Jude, la chica que jamás se dignaba a mirar a los plebeyos del instituto y que aborrecía el contacto físico innecesario, caminaba con paso firme, directo y amenazante hacia el territorio del equipo de básquet, cruzando el salón como si el suelo mismo le perteneciera por derecho divino.

En el otro extremo del comedor, Liam seguía riéndose de un comentario absurdo que Jessica acababa de soltar, con una mano apoyada relajadamente en el respaldo del sillón. Sin embargo, un extraño sexto sentido hizo que la sonrisa se le congelara en los labios por una fracción de segundo.

Sintió la presión en el aire antes de verla. Al levantar la vista, sus oscuros ojos chocaron de inmediato con la mirada asesina de Victoria Vance que se acercaba a paso veloz.

Antes de que Liam pudiera siquiera procesar el movimiento o articular una sola palabra de burla, Victoria llegó a su altura.




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