Alianza de Cristal

Capítulo 11: El final del recreo y el inicio de la jaula

Las horas que siguieron al escándalo en el comedor principal del St. Jude Academy transcurrieron como un borrón espeso y eléctrico. Ninguno de los dos volvió a hablarse en lo que restaba de la jornada escolar, pero la tensión en los pasillos era tan tangible que los profesores prefirieron ignorar las ausencias y los susurros apagados que volaban de casillero en casillero. El nombre de Victoria y Liam estaba en boca de todos, convertido en la leyenda urbana más comentada del año en el instituto de élite.

Sin embargo, el peso real de lo que significaba ese compromiso no tardó en golpearles la puerta en la cara de la forma más brutal e inesperada posible.

Cuando el timbre final de las tres de la tarde resonó por todo el edificio, anunciando el fin de las clases, los estudiantes comenzaron a vaciar las aulas en desbandada hacia los estacionamientos privados, donde los choferes en automóviles de alta gama esperaban para llevarlos de regreso a sus lujosas mansiones.

Victoria caminaba hacia la salida principal con la mochila colgada de un solo hombro, respirando hondo para calmar los latidos irregulares que de vez en cuando amenazaban con traicionarla desde aquel cruce de miradas en el comedor. A su lado, Emilia y Martina intentaban procesar la magnitud de lo ocurrido, lanzándole preguntas al aire que ella simplemente decidía ignorar con elegancia.

—Te lo juro, Victoria, sigo sin entender qué bicho te picó hoy para ir a arrastrarlo de esa forma frente a todo el campus —susurraba Martina, con los ojos abiertos como platos—. ¡Casi rompes el récord mundial de la humillación pública!

—Solo fui a poner orden en mi territorio —respondió Victoria con voz cortante, deteniéndose justo en la escalinata de mármol de la entrada principal.

Iba a avanzar hacia el auto blindado de su familia que siempre la esperaba en la zona VIP, cuando sus pasos se detuvieron en seco. El mundo a su alrededor pareció congelarse.

A pocos metros de la escalinata, aparcado en una zona donde jamás se permitía la entrada de vehículos comunes, había un sedán negro de vidrios polarizados y blindaje militar. No era el auto de los choferes particulares de los Vance, ni tampoco el de los Campbell.

La puerta trasera se abrió con un clic metálico, y de su interior descendieron dos hombres que helarían la sangre de cualquiera en el inframundo: los patriarcas de ambos clanes en persona.

Victoria sintió que el estómago se le encogía de golpe. Sus padres nunca, bajo ninguna circunstancia, se presentaban juntos en el colegio a recogerlos. Eso estaba reservado para emergencias de máxima seguridad o decisiones irrevocables.

Y en ese preciso instante, saliendo del ala oeste del edificio con las manos en los bolsillos y la mochila al hombro, apareció Liam. Al ver el auto y a los dos capos esperando en la escalinata, la sonrisa cínica que solía llevar en los labios se desvaneció al instante. Su expresión se tornó sombría, endureciéndose con un presentimiento letal.

Los dos chicos se quedaron de pie frente a frente en la escalinata principal, a pocos pasos de distancia, mientras el resto de los estudiantes comenzaba a murmurar al ver a los intimidantes hombres de negocios apostados en la entrada.

El padre de Victoria dio un paso al frente, con su rostro impasible y una mirada que ordenaba silencio absoluto.

—Suban al auto —ordenó el patriarca Vance, con una voz baja, grave y gélida que no admitía réplica alguna—. El espectáculo en el colegio ha terminado. Es hora de cumplir con el contrato.

Liam apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos se le marcaron en la línea de la barbilla. Miró a su padre, luego al auto negro, y finalmente desvió los ojos oscuros hacia Victoria. En las peores pesadillas que ambos habían tenido sobre el futuro de sus familias, jamás imaginaron que el paso definitivo se daría de una manera tan repentina, sin previo aviso, arrancándolos de su mundo escolar de un solo golpe.

Sin decir una sola palabra, tragándose la furia y la frustración que amenazaban con desbordarlos, ambos bajaron la escalinata en absoluto silencio y se deslizaron hacia el interior del vehículo blindado. Las puertas se cerraron con un golpe seco y sordo, aislándolos por completo del bullicio del St. Jude Academy.

El motor rugió con potencia, y el auto se puso en marcha, abandonando el campus escoltado por otros dos vehículos de seguridad.

Ninguno de los dos se atrevió a mirar al otro durante los primeros veinte minutos de trayecto. El ambiente en la parte trasera del sedán era denso, sofocante, cargado de una electricidad invisible. A través de los cristales polarizados, Victoria vio cómo los edificios familiares, las calles comerciales y las luces de la ciudad comenzaban a desvanecerse, reemplazadas poco a poco por una carretera solitaria que serpenteaba hacia las colinas más boscosas y apartadas del territorio neutral, muy lejos de todo lo que conocían.

Finalmente, el auto redujo la velocidad y comenzó a adentrarse por un camino privado rodeado de altos muros de piedra y verjas de hierro forjado, hasta detenerse frente a una imponente y lúgubre mansión de estilo victoriano que parecía sacada de una pesadilla antigua. Estaba aislada de todo, oculta entre los árboles y la neblina que empezaba a descender con la tarde.

El chofer apagó el motor. Los seguros de las puertas se abrieron con un chasquido mecánico.

El padre de Victoria, desde el asiento delantero, se giró lentamente para mirarlos a ambos a través del retrovisor con una frialdad absoluta.

—Esta es la casa neutral de los fundadores —sentenció el patriarca con voz implacable—. A partir de hoy, este será su hogar permanente. Vivirán bajo el mismo techo, bajo las mismas reglas y bajo el mismo contrato, hasta que el consejo decida lo contrario. Bienvenidos a su nueva vida.

Victoria sintió que las paredes del auto se cerraban sobre ella. Al lado suyo, Liam giró lentamente el rostro, encontrándose con los ojos oscuros y atónitos de la chica que, a partir de ese momento, ya no era solo su compañera de colegio ni su rival académica.




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