Alianza de Cristal

Capítulo 12: La celda compartida

Las puertas del sedán negro se abrieron con un chasquido sordo, rompiendo el silencio sepulcral que había acompañado el último tramo del trayecto. Victoria y Liam descendieron del vehículo sintiendo el aire húmedo y denso de las colinas boscosas que rodeaban la mansión de los fundadores.

Frente a ellos, la imponente estructura victoriana se alzaba como un recordatorio constante de su nuevo cautiverio. Los altos muros de piedra y la verja de hierro forjado sellaban el perímetro, aislándolos por completo del mundo exterior. Sin embargo, lo verdaderamente impactante no era el tamaño ni la lúgubre elegancia de la casa, sino lo que les esperaba al cruzar el umbral.

El patriarca Vance les hizo una seña seca para que entraran. En el recibidor, el suelo de madera crujió bajo sus pasos mientras avanzaban hacia el interior. No había rastro de personal de servicio ni de guardias visibles en el vestíbulo; el silencio en el interior era absoluto, roto únicamente por el tictac distante de un viejo reloj de péndulo.

—Sus pertenencias ya fueron trasladadas —indicó el padre de Victoria con voz gélida, sin detenerse mientras señalaba hacia el pasillo principal—. Las reglas del contrato son claras: la convivencia debe ser absoluta. No hay habitaciones separadas.

Victoria sintió que el aire se le atragantaba en la garganta. ¿Habitaciones separadas? Ni siquiera lo habían considerado, pero escuchar la sentencia confirmada en voz alta hizo que la realidad del matrimonio forzado la golpeara con la fuerza de un martillo.

Guiados por una fría inevitabilidad, ambos subieron las escaleras de caoba hasta la segunda planta y abrieron la puerta de la habitación principal.

El dormitorio era amplio, decorado con muebles antiguos de tonos oscuros y una enorme cama con dosel que ocupaba el centro de la estancia. Pero lo que hizo que Victoria y Liam se detuvieran en seco, con los ojos fijos en puntos opuestos del cuarto, fue la disposición milimétrica de sus respectivos universos.

A un costado de la habitación, perfectamente ordenados e integrados en un enorme armario de roble que funcionaba como un búnker privado, estaban todos los secretos letales de Liam. Sus chaquetas oscuras, el equipo táctico y, custodiadas en el compartimento más seguro del mueble, sus temidas dagas negras con líneas rojas. El armario se había convertido en un arsenal en toda regla, listo para ser utilizado en cualquier momento.

Por otro lado, al otro extremo de la estancia, junto a los ventanales que daban al bosque, se encontraba el sector de Victoria. Su librero personal, repleto de tratados de contabilidad forense, manuales de estrategias corporativas, carpetas de finanzas internacionales y sus diarios de análisis estratégico, había sido colocado con pulcritud obsesiva, flanqueando su propio espacio de estudio.

Dos mundos completamente opuestos, colisionando bajo el mismo techo y confinados en las mismas cuatro paredes.

Liam se acercó lentamente al armario de roble, abrió la puerta corrediza y deslizó los dedos sobre la empuñadura de sus dagas, comprobando que todo su equipo intocable estuviera en orden. Una sonrisa torcida, oscura y divertida se dibujó en sus labios. Giró la cabeza para mirar a Victoria, que ya se había instalado frente a su librero, revisando con los ojos entornados que ninguno de sus documentos financieros hubiera sido alterado durante el traslado.

—Vaya, al menos tuvieron la decencia de no mezclar mis armas con tus aburridos libros de finanzas —comentó Liam con su tono habitual de burla, apoyando un hombro contra el marco del armario—. Aunque debo admitir que compartir vestidor con el temido Ghost es un privilegio que pocas personas pueden presumir, reina de hielo.

Victoria cerró una de sus carpetas de cuero con un golpe seco, girándose hacia él con una mirada capaz de congelar el acero.

—Guardate tus comentarios sarcásticos, Campbell —respondió Victoria con voz cortante, cruzándose de brazos—. Esto no es un juego ni unas vacaciones escolares. Si crees que por estar encerrados aquí bajo el mismo techo vas a invadir mi espacio personal, te sugiero que repases las reglas del contrato. Cada quien en su zona.

Liam se separó del armario y dio un par de pasos hacia el centro de la habitación, acortando la distancia entre ambos con esa despreocupación calculada que tanto la irritaba, aunque sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa y fascinante.

—¿Cada quien en su zona? —repitió Liam en un susurro grave, deteniéndose a pocos centímetros de ella—. Victoria, dormimos en la misma cama, vivimos en una mansión aislada y nuestros padres nos acaban de condenar a jugar a los esposos. Creo que el concepto de "espacio personal" dejó de existir en el momento en que firmaron ese maldito contrato.

Victoria abrió la boca para replicar con un insulto lapidario, pero las palabras se le quedaron atragantadas. Sabía que él tenía razón. La jaula dorada estaba cerrada con llave, y el verdadero infierno de su convivencia obligada apenas comenzaba a escribir su primer capítulo.




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