El sábado amaneció con un cielo plomizo y una neblina densa que se aferraba a los ventanales góticos de la mansión de los fundadores, como si la naturaleza misma quisiera aislar aquel refugio blindado del resto del mundo.
Para Victoria Vance, los sábados solían ser días de alta eficiencia: auditorías minuciosas, revisión de mercados bursátiles internacionales y una planificación milimétrica de las inversiones de su clan. Sin embargo, en esa lúgubre mansión aislada en medio de las colinas, el concepto de fin de semana había perdido todo su significado tradicional.
Eran las ocho de la mañana cuando Victoria se encontraba sentada frente al escritorio de caoba improvisado en su sección del dormitorio. Sostenía una pluma estilográfica con los dedos perfectamente firmes, repasando un documento legal sobre las rutas comerciales del norte. Su cabello estaba recogido en una coleta impecable y llevaba un suéter de cachemira gris que reflejaba la fría compostura con la que intentaba mantener el control de su mente.
Pero había algo diferente en el aire ese día. Un peso invisible, un recordatorio matemático que latía en el fondo de sus pensamientos con la precisión de un reloj suizo.
Victoria levantó la vista lentamente y desvió los ojos hacia la esquina superior del escritorio, donde había colocado un pequeño calendario de cuero negro. Con la punta metálica de la pluma, marcó con una línea diagonal firme la fecha de hoy: sábado, 26 de septiembre.
Treinta días.
Exactamente un mes. Ese era el plazo exacto que el consejo de los patriarcas les había impuesto antes de la boda oficial que unificaría legal y definitivamente a las dos familias de la mafia. Treinta días para dejar de ser simples estudiantes de preparatoria y convertirse en esposos ante el inframundo.
A pocos metros de distancia, al otro lado de la habitación, Liam estaba recostado contra el respaldo de un sillón de cuero oscuro. Tenía una de sus dagas negras con líneas rojas entre los dedos, haciéndola girar con una destreza hipnótica y letal, mientras una laptop sobre sus rodillas mostraba los planos de seguridad del perímetro de la mansión. Aparentaba estar completamente relajado, pero sus ojos oscuros no se perdían ni uno solo de los movimientos de Victoria.
Había notado cómo la punta de la pluma se había detenido sobre el calendario. Había visto la rigidez en los hombros de ella al calcular mentalmente los días restantes.
—Te vas a romper el cuello si sigues apretando la pluma de esa manera, reina de hielo —dijo Liam rompiendo el silencio de la habitación, con una voz ronca y divertida que cortó la tensión matutina como el filo de un cuchillo—. A este paso, vas a perforar el papel y la mesa antes de que lleguemos a la mitad de la cuenta regresiva.
Victoria detuvo el movimiento de inmediato. Dejó la pluma sobre el escritorio con un golpecito seco, medido y elegante, y giró lentamente el rostro para enfrentarlo, con la mirada tan afilada como el acero.
—Preocúpate por tus propias armas y por mantener tu lado de la habitación ordenado, Campbell —respondió Victoria con voz gélida, cortante—. Treinta días son más que suficientes para revisar cada cláusula del contrato y asegurarme de que esta farsa jurídica funcione sin que ninguno de los dos termine envenenado antes de la ceremonia.
Liam soltó una carcajada corta, áspera y desprovista de gracia, mientras guardaba la daga en su funda con un chasquido metálico y cerraba la laptop de golpe. Se puso de pie con una agilidad felina y comenzó a caminar lentamente hacia el centro de la habitación, acortando la distancia entre ambos.
—¿Treinta días? —repitió Liam con una sonrisa torcida, deteniéndose justo frente al escritorio y apoyando las palmas de las manos sobre la madera, inclinándose hacia ella para invadir su espacio vital—. Para ti serán treinta días de cálculo financiero y estrategia corporativa. Pero para mí, un mes entero encerrado en una jaula dorada contigo... suena a una sentencia de muerte muy lenta. O a un juego demasiado peligroso para ambos.
Victoria no se apartó ni un solo milímetro. Al contrario, levantó la barbilla con absoluta altivez, sosteniéndole la mirada con la misma intensidad desafiante, negándose a mostrar la más mínima debilidad ante su provocación.
—Si es una sentencia de muerte, te aseguro que yo seré la encargada de ejecutarla antes de que termine el mes —susurró Victoria con un tono mortalmente calmado, cada sílaba cargada de veneno puro—. Así que te sugiero que disfrutes tus últimos treinta días de libertad fingida, porque el día que firmemos ese acta de matrimonio, tu vida tal como la conoces habrá terminado oficialmente.
Liam la miró fijamente a los ojos, observando el fuego indomable que ardía en su interior. La cercanía entre ambos era tan densa, tan cargada de una electricidad volátil, que el aire de la habitación parecía chisporrotear. Una chispa de oscuro y genuino interés brilló en las pupilas de Liam; ya no quedaba nada del chico despreocupado del St. Jude Academy. Allí solo quedaban el asesino y la estratega, midiendo sus fuerzas en el umbral de una guerra sin retorno.
—Que comience la cuenta regresiva, entonces, esposa mía —murmuró Liam con una lentitud deliberada, antes de enderezarse y darle la espalda con una sonrisa cínica—. Veamos quién de los dos sobrevive al mes.