Alianza de Cristal

Capítulo 14: El polvo, las armas y la realidad

La tensión matutina en el dormitorio se disipó no por una tregua voluntaria, sino por una necesidad biológica ineludible: el hambre y la abrumadora quietud de la mansión.

Tras el intercambio de advertencias sobre la cuenta regresiva de los treinta días, ambos adolescentes comprendieron que el aislamiento en la casa de los fundadores no era una metáfora. No había escoltas en los pasillos vigilando cada uno de sus movimientos, no había chefs preparando el desayuno en la planta baja y, lo más alarmante para el orgullo de ambos, no había personal de servicio limpiando los rincones.

Eran ellos dos, solos, confinados en una enorme estructura victoriana donde cada secreto del inframundo y cada privilegio de la alta sociedad quedaban suspendidos ante una verdad tan simple como aplastante: tendrían que arreglárselas por sí mismos.

Victoria fue la primera en levantarse del escritorio, alisándose la falda con una mueca de profundo desagrado ante la perspectiva de lo que les aguardaba fuera de la habitación. Al abrir la puerta y salir al pasillo, la realidad los golpeó de inmediato. El aire olía a madera antigua, a encierro y a una capa fina de polvo que cubría los zócalos y las repisas de caoba.

Al bajar las enormes escaleras hacia la planta baja, explorando el terreno, descubrieron la inmensa cocina de estilo rústico y antiguo. Y con ella, el verdadero alcance de su condena doméstica.

—Bien, parece que el servicio de mucamas renunció antes de que llegáramos —comentó Liam, apoyando el hombro contra el marco de la puerta de la cocina con una media sonrisa divertida, cruzándose de brazos—. Lo cual significa que el gran imperio de los Vance y la dinastía de los Campbell se reducen hoy a una escoba y un trapo de piso.

Victoria se quedó inmóvil en medio de la cocina, mirando con auténtico horror el espacio de trabajo. Sus ojos oscuros recorrían las encimeras de piedra opaca, las sartenes de hierro colado acumuladas en el fregadero y las motas de polvo que flotaban perezosas bajo los rayos de sol que filtraban los sucios ventanales.

Para Victoria Vance, la idea de ensuciar sus delicadas manos con polvo, grasa o productos de limpieza era sencillamente un sacrilegio. Había sido educada para firmar contratos multimillonarios, auditar cuentas offshore y mover los hilos financieros del bajo mundo desde un escritorio impecable; la limpieza doméstica pertenecía a una dimensión completamente ajena a su existencia. Sin embargo, lo que nadie sabía —un secreto muy bien guardado que celosamente ocultaba bajo su fachada de fría estratega— era que, a escondidas, sentía una profunda fascinación por el arte culinario. Le encantaba cocinar, experimentar con recetas complejas y crear platillos con precisión matemática, pero la sola idea de tener que fregar los platos y barrer el suelo después de hacerlo le provocaba escalofríos.

—Esto es inaceptable —siseó Victoria, apretando los labios con repulsión y levantando las manos con las palmas hacia arriba, como si el simple aire de la cocina pudiera contaminar su manicura—. Mis padres no me educaron para hacer el trabajo de una empleada doméstica. Debe haber un botón de emergencia, un teléfono satelital o algo para exigir que manden personal de inmediato.

—Despierta, reina de hielo, estamos en confinamiento total —respondió Liam con una carcajada ronca, caminando hacia la alacena para revisar los suministros básicos que habían dejado los patriarcas—. No hay servicio. Lo que significa que nos toca dividirnos las tareas, te guste o no.

Victoria lo miró con fuego en los ojos.

—¿Dividirnos las tareas? Ni lo sueñes, Campbell. Yo no voy a tocar una escoba en mi vida. Si tanto te gusta dar órdenes, encárgate tú de toda la suciedad de esta mansión abandonada.

Liam soltó otra risa ligera, mientras extraía un paquete de café y una cafetera italiana antigua de los gabinetes. A diferencia de ella, la idea de limpiar no le causaba ningún trauma existencial. De hecho, su vida como el asesino Ghost le había exigido una disciplina quirúrgica y perfeccionista; para no dejar rastros en las escenas del crimen más sangrientas de la ciudad, había tenido que aprender técnicas de limpieza forense avanzadas, desinfección total y eliminación de huellas con la precisión de un científico. Barrer una casa señorial era, comparado con sus misiones, un paseo dominical.

—¿Estás segura de que quieres dejaras en mis manos? —preguntó Liam con tono burlón, girándose para mirarla mientras llenaba la cafetera con agua—. Porque tengo métodos muy particulares para limpiar superficies. Suelo dejar todo tan impecable que no queda ni un solo rastro de evidencia en kilómetros a la redonda.

Victoria le dedicó una mirada gélida, cruzándose de brazos para mantener su distancia.

—Prefiero morir antes de pasar un trapo por estos pisos de madera. Así que encárgate de la limpieza, porque yo no pienso mover un dedo.

—Trato hecho —concedió Liam con una sonrisa cínica, apoyándose contra la encimera mientras el aroma del café comenzaba a invadir la cocina—. Yo me encargo de desinfectar y limpiar hasta el último rincón de esta maldita jaula. Pero a cambio, la comida corre por tu cuenta, chef. Vi que en la despensa hay ingredientes frescos. Si vas a negarte a limpiar, al menos demuéstrame si tus manos delicadas sirven para algo más que para firmar sentencias financieras.

Victoria abrió la boca para replicarle un insulto, pero se detuvo de golpe al recordar la despensa. Sus ojos brillaron por una fracción de segundo con un atisbo de interés genuino que intentó ocultar de inmediato tras su máscara de frialdad. Odiaba admitirlo, pero la perspectiva de cocinar en una cocina rústica y privada, sin la presión de las reglas del colegio, encendía una chispa secreta en su interior.

—Que te quede claro que lo hago por supervivencia alimentaria, no por ti —murmuró Victoria con desdén, girándose hacia la alacena para examinar los viveres—. Pero si encuentro una sola mota de polvo en mi zona de cocina, te aseguro que las escobas serán lo último que uses para defenderte.




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