Alianza de Cristal

Capítulo 15: El refugio de la cocina y el punto de quiebre

El reloj de pared en el vestíbulo principal marcó las dos de la tarde con un tañido sordo y resonante que pareció extenderse por cada rincón de la lúgubre mansión de los fundadores. La luz del mediodía apenas lograba filtrarse a través de los pesados ventanales góticos, iluminando las motas de polvo que todavía bailaban en el aire de los pasillos.

A lo largo de toda la mañana, la gran casa había permanecido sumergida en una especie de tregua silenciosa, rota únicamente por el sonido rítmico de las escobas, los trapos húmedos y el esfuerzo físico.

En la planta baja, Liam Campbell respiraba con dificultad mientras se apoyaba contra el marco de una de las puertas del ala oeste, con una mano apoyada en los riñones y el rostro ligeramente sudoroso. Había cumplido con su parte del trato con una precisión implacable: el cincuenta por ciento de la mansión —los salones principales, los largos pasillos de la segunda planta y las escaleras de caoba— ya estaba impecable. Había aplicado sus técnicas de limpieza forense y orden absoluto, dejando los suelos y los zócalos relucientes, sin una sola mota de polvo.

Pero el desgaste físico comenzaba a pasarle factura. Para un asesino entrenado para la infiltración y el combate rápido, pasar cinco horas agachado tallando zócalos victorianos y cargando con cubos de agua era un castigo completamente diferente. Estaba exhausto, con los músculos de los brazos tensos y una punzada de fatiga recorriéndole la espalda.

Lo peor de todo era que, debido a la intensidad del trabajo, ni siquiera había tenido tiempo de parar a comer algo.

Mientras tanto, en la cocina rústica al fondo de la planta baja, Victoria Vance terminaba de saborear un almuerzo impecable que ella misma se había preparado. Había aprovechado los ingredientes frescos de la despensa con la precisión de una chef profesional, creando un platillo equilibrado y sofisticado que demostraba que su talento culinario secreto era tan letal como su mente financiera.

Victoria se secó las manos con un paño de lino limpio, se alisó la falda y se sirvió un vaso de agua fría. Se sentía satisfecha; su zona de la cocina estaba pulcra, ordenada y bajo su absoluto control.

Sin embargo, al dar media vuelta para salir del área de preparación, sus ojos se detuvieron en la puerta abierta que daba al pasillo. Un extraño silencio provenía del ala oeste. Un silencio demasiado pesado.

Frunciendo ligeramente el ceño por la curiosidad y una punzada de recelo, Victoria salió de la cocina y caminó silenciosamente por el pasillo hasta llegar al salón principal, donde Liam se encontraba de pie, intentando recuperar el aliento con los ojos cerrados y la mandíbula apretada por el cansancio.

Al verlo de cerca, Victoria se quedó inmóvil en el umbral.

Por primera vez desde que lo conocía, el infalible y arrogante Ghost mostraba una vulnerabilidad física real. Tenía la camisa ligeramente desabotonada en el cuello, las mangas de la camisa subidas hasta los codos revelando los antebrazos marcados por el esfuerzo, y el cabello revuelto cayéndole sobre la frente de una manera que rompía por completo su habitual fachada de chico intocable. No había rastro de la cínica sonrisa de burla; solo el agotamiento crudo de alguien que había trabajado sin descanso durante toda la mañana.

Victoria sintió que un extraño nudo se le formaba en la boca del estómago. Una sensación de compasión profunda, inesperada y completamente ajena a su férrea educación comenzó a extenderse por su pecho. Ella lo había condenado a limpiar toda la casa mientras ella se refugiaba en su cocina, asumiendo que su orgullo de asesino resistiría cualquier castigo. Pero verlo así, destrozado por el esfuerzo doméstico, removió algo en su interior.

Un lado tierno, devoto y protector que ni ella misma sabía que poseía —una lealtad instintiva hacia su compañero de celda— comenzó a manifestarse sin que pudiera evitarlo.

Sin decir una sola palabra, Victoria dio un paso al frente y entró en el salón. Sus tacones resonaron suavemente sobre el suelo de madera recién pulido por él.

Liam abrió los ojos de golpe al escucharla acercarse. Intentó enderezar la postura de inmediato, frunciendo el ceño y tratando de recuperar su máscara de indiferencia, aunque el cansancio evidente en su mirada lo delató al instante.

—Vaya, reina de hielo... —empezó Liam con voz ronca, intentando esbozar una media sonrisa burlona que le salió cansada—. ¿Vienes a inspeccionar mi trabajo o trajiste una lista de multas por tardanza?

Victoria no respondió a la provocación. Se detuvo a escasos centímetros de él, levantando la vista para sostenerle la mirada. Su expresión fría se había ablandado imperceptiblemente, dejando al descubierto una suavidad silenciosa que dejó a Liam completamente desconcertado.

Sin vacilar, Victoria estiró la mano y, con una delicadeza insólita en ella, rozó ligeramente el antebrazo de Liam para tantear la tensión de sus músculos, antes de deslizar los dedos con firmeza hacia su muñeca, apartándolo con suavidad del marco de la puerta.

—Basta por hoy, Campbell —dijo Victoria al fin, con un tono de voz inusualmente suave, desprovisto de todo veneno—. Ya has limpiado suficiente. El resto puede esperar.

Liam se quedó perplejo, observando la mano de ella en su muñeca y luego sus ojos oscuros, donde ya no había ira, sino una genuina preocupación.

—No sabía que la implacable heredera de los Vance tenía un lado tan considerado —murmuró Liam, con la voz más baja y cercana que nunca, sintiendo que la fatiga se desvanecía ante la intensidad de ese gesto inesperado—. ¿Te preocupa que me desmaye antes de firmar el acta de matrimonio?

—No me importa tu salud, idiota —replicó Victoria, aunque el tono cariñoso y firme en sus palabras delataba lo contrario, mientras comenzaba a guiarlo con suavidad hacia la cocina—. Me importa que la casa huela a sudor y que no tengas la decencia de haber almorzado nada porque estabas demasiado ocupado restregando los pisos que te asigné. Ven. Preparé de más en la cocina.




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