Alianza de Cristal

Capítulo 18: Tregua en las sombras

El resto de aquel domingo transcurrió bajo una extraña y frágil tregua tácita. Tras el incidente matutino con la inoportuna reacción física de Liam y el subsiguiente pánico de Victoria, ambos parecieron comprender de forma implícita que el umbral de tensión en el dormitorio había llegado a su límite. Necesitaban distancia táctica para evitar que la situación se saliera de control antes de que terminara el mes.

Durante las horas posteriores al almuerzo —que Victoria preparó con una eficiencia casi robótica para evitar cualquier conversación incómoda—, la mansión se dividió en dos frentes de aislamiento absoluto.

Liam decidió canalizar toda su energía contenida en terminar de limpiar el cincuenta por ciento restante de la casona victoriana. Armado con escobas, cubos y su implacable método de inspección forense, recorrió los salones del ala este y los sótanos olvidados. Cada rincón que dejaba reluciente era una forma de mantener la mente ocupada y ahogar los pensamientos sobre la cercanía de la chica que se había convertido en su punto ciego.

En paralelo, Victoria se retrinchó en su sector del dormitorio. Con la laptop abierta y los dedos volando sobre el teclado, se obligó a sumergirse en auditorías corporativas y balances financieros de la mafia. Necesitaba números, gráficos fríos y lógica matemática que la anclaran a la realidad. Sin embargo, cada vez que escuchaba los pasos de Liam al otro lado de la casa o el sonido sordo de las herramientas al ser guardadas en el armario, sus dedos se detenían por una fracción de segundo, delatando que su concentración ya no era infalible.

Cuando el sol terminó de ocultarse tras las colinas boscosas, la oscuridad envolvió por completo la propiedad, reduciendo el mundo a las cuatro paredes de la habitación principal.

La hora de dormir llegó con una pesadez asfixiante. Ninguno de los dos mencionó lo ocurrido en la mañana, pero la tensión eléctrica flotaba en el aire con la fuerza de una tormenta estática.

Victoria se metió a la cama vistiendo su pijama de franela más gruesa y abrigada, una armadura de algodón diseñada exclusivamente para evitar cualquier "error subconsciente" de temperatura. Se instaló milimétricamente en el borde derecho del colchón, convirtiendo la sábana que los separaba en una línea de demarcación fronteriza.

Liam, por su parte, se acostó a su lado en silencio. Apagó la lámpara de noche, dejando que la penumbra azulada de la luna llenara la estancia. Se quedó boca arriba, con los brazos cruzados bajo la cabeza, mirando fijamente el dosel de madera oscura.

Durante largos minutos, ninguno de los dos se movió. El único sonido en la habitación era el compás pausado de sus respiraciones, intentando mantener el control. No hubo burlas, no hubo provocaciones ni comentarios cínicos. Solo la conciencia palpable de que estaban atrapados en una cuenta regresiva de treinta días que los transformaba un poco más con cada amanecer.

Cuando finalmente el sueño los venció, los cuerpos —por pura inercia y por ese calor invisible que ya se negaban a rechazar del todo— volvieron a acortar la distancia en la oscuridad, encontrando en la presencia del otro una tregua silenciosa frente a la guerra que les esperaba




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