El sol de la mañana se filtraba a través de los vitrales góticos del vestíbulo principal del St. Jude Academy, proyectando sombras alargadas sobre el impecable suelo de mármol. Sin embargo, la luz no lograba disipar la densa y helada tensión que se había instalado entre las columnas corintias.
Al ver la mano de Julian Vance rozando con una familiaridad hiriente el mentón de Victoria, y al escuchar las palabras de un amor de infancia que desafiaba los acuerdos familiares, el último resquicio de calidez y vulnerabilidad que Liam había albergado en la mansión se evaporó por completo, devorado por una ráfaga de celos viscerales.
La transformación en Liam fue absoluta. El chico que la había alimentado en la cocina con una extraña y silenciosa devoción desapareció bajo capas de un hielo impenetrable. Su postura se volvió letal, rígida, la encarnación perfecta de un depredador acorralado que se niega a ceder su territorio.
—Vaya, vaya... parece que el comité de bienvenida del pasado vino a tocar la puerta —dijo Liam, con una voz baja, siseante y gélida que hizo que los estudiantes a su alrededor retrocedieran de inmediato.
Julian retiró la mano con total lentitud, girando el rostro para encarar al heredero de los Campbell. A diferencia de la agresividad desbordante de Liam, Julian mantuvo una compostura impecable, una elegancia refinada y cortante que exasperaba al máximo a su rival. Eran el fuego salvaje contra el hielo implacable.
—Campbell —saludó Julian con un tono formal, cargado de un desprecio sutil que destilaba veneno puro—. No sabía que tenías la costumbre de escoltar propiedades ajenas por los pasillos de la academia. ¿O es que el gran heredero de las sombras ahora necesita vigilar de cerca lo que no puede retener por mérito propio?
—Propiedad ajena dice el niño bonito —espetó Liam, soltando una risa corta, seca y completamente desprovista de gracia, mientras se colocaba flanqueando a Victoria con una posesividad asfixiante—. Te sugiero que actualices tus archivos, Vance. Victoria lleva mi apellido en el contrato, comparte mi techo y, por si no lo recuerdas, el reloj de los treinta días ya está corriendo para oficializarlo ante las familias. Así que el único que está sobrando, suplicando atención de sobra en esta conversación, eres tú.
El ambiente en el vestíbulo se congeló por completo. Julian apretó la mandíbula, perdiendo por una milésima de segundo su fachada de perfecta compostura ante la estocada directa de Liam.
—Un contrato firmado por la pistola de un consejo de ancianos no convierte la esclavitud en lealtad, Campbell —espetó Julian con los ojos oscurecidos por la furia, dando un paso al frente para acortar la distancia con su rival, sin mostrar un ápice de miedo ante la reputación letal de Liam—. Puedes encerrarla bajo llave en esa mansión decrépita todo el tiempo que quieras, puedes inventarte reglas y jugar al dueño absoluto, pero los cimientos de su vida están conmigo. Ella conoce cada cicatriz de mi pasado, mientras que a ti solo te mira con la repulsión de quien tiene que cargar con un castigo impuesto.
Las palabras de Julian golpearon a Liam como un puñetazo directo al estómago. El músculo de su mandíbula saltó con violencia, y sus nudillos dentro de los bolsillos se volvieron blancos por la fuerza con la que apretaba los puños.
—¿Cicatrices de tu pasado? —respondió Liam con un susurro letal, bajando el tono de su voz hasta convertirlo en una amenaza filosa que solo Julian podía escuchar a esa distancia—. Qué conmovedor, Vance. Pero los recuerdos de infancia no salvan a nadie cuando las verdaderas guerras estallan. Si tan seguro estás de lo que compartes con ella, ¿por qué te ves tan desesperado rondando como un perro faldero el territorio que ya te arrebataron? Acepta de una maldita vez tu derrota: Victoria duerme en mi cama, respira mi aire y cada segundo que pasa conmigo, tus promesas de niño rico se vuelven más irrelevantes. No voy a ceder ni un solo centímetro de lo que me pertenece.
Julian soltó una carcajada amarga, helada y cortante como el cristal roto.
—¿Creer que te pertenece es tu gran error, Liam? —respondió Julian, clavando sus ojos con una malicia calculada en los de su contrincante—. Puedes retener su cuerpo bajo un techo prestado por treinta días, pero su lealtad jamás va a ser tuya. Estás construyendo un imperio sobre mentiras y miedo, y cuando ella descubra la clase de monstruo que eres en las sombras, va a huir despavorida de tus brazos. Ella no quiere a un carcelero; me quiere a mí. Y por más que te esfuerces, jamás vas a poder borrar lo que fuimos ni lo que vamos a ser cuando este circo termine.
La tensión alcanzó un punto crítico. La hostilidad entre ambos era tan densa y palpable que los pocos estudiantes que quedaban en el vestíbulo optaron por dispersarse a toda prisa, temiendo quedar en medio del fuego cruzado. Liam dio un paso al frente, con los hombros tensos y la mirada centelleando con el impulso asesino de golpear el rostro perfecto de Julian hasta borrarle esa sonrisa cínica. Julian, por su parte, mantuvo la postura, preparado para responder con la misma violencia contenida. Ninguno de los dos iba a dar su brazo a torcer; ninguno iba a ceder ni un milímetro de terreno en esa guerra abierta por Victoria.
—¡Suficiente! ¡Basta los dos! —gritó Victoria con una voz cortante, imponente y cargada de una furia gélida que retumbó por todo el vestíbulo de mármol.
Victoria se interpuso físicamente entre ambos, separándolos con un empujón seco en el pecho de Liam y una mirada fulminante dirigida a Julian. Su rostro estaba encendido de ira pura, con los ojos oscuros brillando como brasas ante el espectáculo patético que estaban montando.
—¿Se han vuelto completamente infames o es que el aire de esta academia les derritió el cerebro por completo? —espetó Victoria, señalando a uno y a otro con un dedo tembloroso de indignación—. ¡No soy un trofeo de caza ni una propiedad en disputa para que vengan a medirse el ego en medio del pasillo como dos idiotas salvajes! ¡Cierren la boca de una maldita vez, los dos!