Alianza de Cristal

Capítulo 21: El silencio de la armadura

El sonido de la puerta del despacho privado al final del pasillo se cerró con un golpe seco, resonando como un eco sordo dentro de las cuatro paredes. Victoria fue la primera en cruzar el umbral, con los pasos rígidos y la mandíbula tensa, dispuesta a saldar cuentas de una vez por todas.

Giró sobre sus talones justo a tiempo para ver a Liam entrar tras ella. El chico se recostó contra la puerta cerrada, cruzando los brazos sobre el pecho con una lentitud deliberada. Su postura era la de un muro de piedra: los hombros tensos, la respiración controlada y una expresión completamente inescrutable que no dejaba asomar ni una sola rendija del infierno que había ardido en el vestíbulo minutos antes.

—Se puede saber qué demonios fue lo que te pasó hace un momento —espetó Victoria, rompiendo el silencio con una voz cortante y afilada como un bisturí—. Perdiste el control por completo. ¿A qué jugabas comportándote como un matón de callejón enfrente de todo el instituto?

Liam no se inmutó. Desvió la mirada hacia un punto abstracto en la pared contraria, manteniendo los labios sellados en una línea fina y dura.

—No te hagas el sordo, Liam —insistió Victoria, dando un paso al frente mientras la frustración comenzaba a quemarle las entrañas—. Examino cada uno de tus movimientos desde que cruzamos las puertas de esta academia y lo único que haces es actuar por puro impulso. Te pusiste como un salvaje solo porque Julian se acercó a hablar conmigo. ¿Es que acaso no puedes soportar que mi vida no gire en torno a tus reglas de tiranía?

Un destello oscuro cruzó por las pupilas de Liam, pero desapareció tan rápido como llegó. El silencio de Liam era denso, pesado y absolutamente hermético. No iba a darle el gusto. No iba a pronunciar las palabras que ella exigía escuchar, porque admitir la verdad significaba desnudarse por completo, quebrar la última línea de defensa que le quedaba a su fachada más fría.

Admitir que estaba celoso —consumido, rabioso y aterrado de perderla frente a los fantasmas del pasado de Julian— era firmar su propia sentencia de debilidad. Y un hombre blindado no se quiebra. Un hombre blindado calla.

—¿No vas a decir nada? —lo retó Victoria, con la voz temblando ligeramente a causa de una mezcla de ira y una extraña y profunda decepción al ver que él se negaba a mirarla a los ojos—. ¿Te vas a refugiar en tu maldita máscara de hielo otra vez? Te hice una pregunta, Campbell. Quiero una explicación.

Liam despegó lentamente la espalda de la puerta. Su rostro era una escultura de mármol frío; ni una sola emoción asomaba en sus facciones. Dio un paso hacia ella, con una calma calculada que exasperaba los nervios de Victoria hasta el límite.

—No tengo nada que explicarte, Victoria —respondió Liam con una voz ronca, baja y perfectamente nivelada, desprovista de cualquier rastro de alteración—. Las reglas del contrato son claras. Mi deber es mantenerte a salvo y asegurar que las familias vean un matrimonio sólido en treinta días. Todo lo demás es irrelevante.

Las palabras cayeron en la habitación como bloques de hielo. Victoria sintió que una punzada afilada le apretaba el pecho, un dolor sordo y punzante que superaba con creces el enojo inicial.

—¿Irrelevante? —repitió ella con una sonrisa amarga, incrédula ante su capacidad de blindarse de esa manera—. ¿Te parece irrelevante comportarte como un energúmeno incontrolable y luego fingir que no pasa absolutamente nada? No soy una pieza más de tu inventario, Liam. Si te molesta tanto mi pasado, si te molesta que Julian esté aquí, dímelo a la cara en lugar de jugar al intocable.

Liam se detuvo a escasos centímetros de ella. Podía sentir el calor del cuerpo de Victoria, el temblor apenas perceptible en sus manos apretadas en puños, la furia contenida en sus ojos oscuros. Él mismo estaba luchando contra una marea interna tan violenta que le costaba respirar, pero mantuvo la mandíbula sellada, aferrándose a su silencio como a un clavo ardiendo.

—No me molesta nada, Victoria —mintió Liam con una frialdad glacial, mirándola fijamente a los ojos sin parpadear, enterrando cada gramo de verdad bajo capas de orgullo—. Estás sobreanalizando las cosas, como siempre. Limítate a cumplir tu parte del trato y yo cumpliré la mía. Lo demás es perder el tiempo.

Dicho eso, Liam dio media vuelta, ignorando por completo la expresión de absoluta rabia y humillación que se dibujó en el rostro de Victoria, y caminó hacia la salida del aula, cerrando el caso con un silencio mucho más hiriente que cualquier grito.

Victoria se quedó sola en el centro de la habitación, con los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos. Quería romper algo, quería gritarle su cobardía en la cara. Pero, sobre todo, comprendió una verdad desoladora: mientras Liam se negara a admitir lo que sentía, la armadura de hielo entre ellos se volvería impenetrable, convirtiendo su convivencia en una fría y silenciosa cuenta regresiva hacia el abismo.




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