Alianza de Cristal

Capítulo 23: Confesiones entre el vapor y el té

El aire fresco del mediodía en el St. Jude Academy ofrecía un respiro muy necesario tras las horas de tensión contenida en las aulas. Alejadas del bullicio principal del comedor y de las miradas indiscretas de los pasillos, Victoria se encontraba sentada en una de las bancas de piedra ocultas tras los rosales del patio trasero, un rincón que solía ser su santuario de paz.

Frente a ella, compartiendo un termo de té caliente, estaban sus dos más incondicionales aliadas en este tablero de ajedrez escolar y familiar: Martina y Emilia. Ambas conocían los detalles más oscuros del acuerdo matrimonial de Victoria, los riesgos de la mafia y la pesadilla logística que significaba estar atada a los Campbell.

—Todavía no puedo creer que pasaras todo el fin de semana encerrada en esa mansión lúgubre con el temible Ghost y que sigas viva para contarlo, Vic —comentó Martina, acomodándose los anteojos de sol mientras daba un sorbo cauteloso a su taza—. Esperábamos noticias tuyas de que habías incendiado el lugar o de que él te había desterrado al calabozo más oscuro.

Victoria soltó un suspiro pesado, removiendo el té con la cucharilla sin llegar a probarlo. Su mente seguía dando vueltas al episodio de la mañana con Liam.

—Ese es el problema... que no fue una pesadilla como imaginábamos —admitió Victoria en voz baja, con un atisbo de desconcierto cruzando por sus oscuros ojos—. Para ser sincera, el fin de semana fue... sorprendentemente agradable. Más de lo que me atrevería a admitir en alta voz.

Emilia casi se atraganta con el té, abriendo los ojos desmesuradamente mientras dejaba la taza sobre su regazo.

—¿Agradable? ¿Te refieres a que el asesino serial con el que estás casada te hizo la cena o te leyó poesía gótica frente a la chimenea? —preguntó Emilia, entre incrédula y divertida—. Victoria Vance, cuéntanos cada maldito detalle ahora mismo. ¿Qué clase de brujería te hizo el heredero de los Campbell?

Victoria desvió la mirada hacia los rosales, sintiendo que un rubor involuntario le calentaba las mejillas al recordar los fragmentos de los últimos dos días. No podía contarles todo —especialmente los detalles más íntimos sobre el despertar de la mañana o el calor del cuerpo de Liam contra el suyo en la oscuridad—, pero sí lo suficiente para reflejar el cambio de dinámica.

—Hablamos... o al menos dejamos de gritarnos todo el tiempo —explicó Victoria con voz pausada, eligiendo las palabras con cuidado—. Cocinamos juntos. Limpiamos la mitad de la mansión dividiendo las tareas con una eficiencia militar. Incluso hubo momentos de... no sé, de tranquilidad. Dejar de ver a un enemigo y empezar a ver a alguien que, al igual que yo, está atrapado en este contrato absurdo. Me dio una tregua mental que no sabía que necesitaba.

Martina y Emilia se miraron con complicidad, una sonrisa pícara dibujándose simultáneamente en sus rostros.

—Ay, por Dios... te estás enamorando del monstruo —canturreo Martina con tono burlón, cruzándose de brazos—. Empezó con miradas asesinas, siguió con tareas domésticas y ahora resulta que el chico malo de los bajos fondos tiene su corazoncito sensible. ¡Es la trama perfecta de una tragedia anunciada!

—No me estoy enamorando de nadie, Martina —se defendió Victoria de inmediato, frunciendo el ceño con severidad y levantando la voz un tono más de lo necesario—. Es una alianza estratégica basada en la supervivencia mutua. Nada más. El problema no es el fin de semana... el problema es lo que pasó hoy en la mañana.

Las risas de sus aliadas se desvanecieron al notar el tono repentinamente sombrío y frustrado con el que Victoria había cambiado el rumbo de la conversación.

—¿Qué pasó hoy? ¿Volvió a comportarse como un salvaje incontrolable? —preguntó Emilia, adoptando una postura más seria.

—Exactamente eso —respondió Victoria, dejando caer los hombros con un gesto de profunda confusión—. En la entrada del instituto, Julian se acercó a saludarme. Fue un intercambio de palabras normal, pero Liam perdió la cabeza por completo. Se puso histérico, territorial, actuando como un celoso empedernido frente a todo el vestíbulo. Y cuando intenté pedirle explicaciones después, cuando fuimos a confrontarlo a solas... se cerró por completo.

Victoria apretó los puños sobre su regazo, recordando la frialdad con la que Liam la había repelido minutos antes.

—Se puso su maldita armadura de hielo, me dijo que todo era irrelevante y fingió que no le importaba en absoluto. Me miró a los ojos y me soltó un discurso corporativo sobre cumplir las reglas del contrato, como si lo que pasó en el vestíbulo hubiera sido una alucinación mía. Si tanto le importa controlar cada centímetro de mi espacio, si se pone así de furioso con la presencia de Julian... ¿por qué niega tener celos? ¿Por qué se esconde detrás de esa frialdad de piedra en lugar de dar la cara?

Martina se inclinó hacia adelante, tomando la mano de Victoria con una mezcla de afecto y perspicacia analítica.

—Vic, abre los ojos. Estás intentando aplicar lógica financiera a un hombre que se mueve por instintos primitivos y secretos mortales —dijo Martina con suavidad—. Si Liam reaccionó así de violentamente en el vestíbulo, significa que le importas mucho más de lo que su orgullo le permite admitir. Pero también está aterrado. Un tipo como él, educado en el peligro y la desconfianza, no va a confesar que está celoso de un día para otro. Para él, admitir debilidad es abrir la puerta para que sus enemigos lo destruyan.

—Exacto —añadió Emilia—. Lo que hiciste al pedirle explicaciones fue acorralarlo. Y cuando a un depredador lo acorralas con la verdad, se refugia en su instinto de supervivencia. Se puso esa máscara de hielo porque es lo único que lo protege de quedar vulnerable frente a ti.

Victoria se quedó en silencio, procesando las palabras de sus amigas. El viento sopló suavemente entre las hojas de los rosales, moviendo los mechones oscuros de su cabello. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar de nuevo, pero la revelación no le aportaba ninguna paz.




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