El resto de la mañana transcurrió para Victoria como un borrón gris y desarticulado. Sentada en su asiento al fondo del aula de literatura avanzada, con la libreta abierta y un bolígrafo en la mano, no había logrado escribir ni una sola palabra coherente en todo el bloque. Las letras impresas en el libro de texto parecían desdibujarse frente a sus ojos, reemplazadas una y otra vez por la imagen de Liam en el vestíbulo y su gélida negativa de hacía unas horas.
Victoria se pasó las horas lectivas dándole vueltas al arrebato del chico, analizando cada palabra, cada gesto y cada silencio como si se tratara de una compleja ecuación financiera que se negaba a dar el resultado correcto.
¿Por qué se había puesto así?
La pregunta zumbaba en su cabeza con la insistencia de un eco molesto. Ella conocía la reputación de Liam; sabía que era un joven letal, criado en un entorno donde la debilidad se pagaba con sangre y donde el control absoluto era la única ley válida. Sin embargo, lo que había ocurrido frente a Julian no respondía a una simple estrategia de protección o a una fría simulación para el consejo mafioso. Había sido un estallido visceral. Había sido pura y dura posesividad.
—Celos —la palabra cruzó por su mente con una nitidez desconcertante, haciéndola detener el movimiento del bolígrafo de golpe.
Victoria frunció el ceño, sacudiendo la cabeza con escepticismo mientras intentaba descartar la idea. ¿Liam Campbell, el intocable asesino, el chico que se refugiaba tras una armadura de hielo impenetrable, sintiendo celos de su pasado con Julian? Parecía una teoría absurda, digna de una mala novela rosa, completamente alejada de la cruda realidad de su matrimonio por contrato.
Y, sin embargo, cuanto más lo pensaba, más piezas encajaban.
Recordó la forma en que los nudillos de Liam se habían blanqueado dentro de sus bolsillos, la tensión asesina en su mandíbula al ver la mano de Julian rozar su mentón, y la manera en que se había negado rotundamente a darle explicaciones después, refugiándose en una frialdad exagerada y forzada. Si a Liam realmente le importara tan poco —como él tanto insistía en recalcar con sus discursos sobre el contrato y las obligaciones corporativas—, no habría montado aquella escena ni se habría molestado en blindarse con tanto hermetismo.
Su negativa a hablar no era indiferencia; era miedo. Miedo a admitir que su fachada se estaba agrietando, miedo a ceder terreno en una guerra emocional que ninguno de los dos sabía cómo ganar.
—Tan predecible y a la vez tan exasperante —murmuró Victoria para sí misma en un susurro apenas audible, cerrando la libreta con un golpe seco que hizo que el estudiante sentado a su lado la mirara de reojo con extrañeza.
El timbre que anunciaba el receso de mediodía sonó por los altavoces de la academia, sacándola de sus cavilaciones. Mientras el resto de sus compañeros comenzaba a recoger sus pertenencias y a abandonar el aula charlando animadamente, Victoria se quedó sentada un momento más, mirando fijamente la puerta cerrada.
Comprendía perfectamente el juego. Si Liam quería refugiarse en su silencio glacial y fingir que sus arrebatos no significaban nada, ella jugaría el mismo juego, pero con sus propias reglas. La cuenta regresiva de los treinta días seguía corriendo, y Victoria estaba decidida a descubrir qué había exactamente detrás del muro de hielo del chico antes de que el fuego terminara por consumirlos a ambos.