Alianza de Cristal

Capítulo 24: La sombra en la cancha

El comedor principal del St. Jude Academy era un hervidor de murmullos, risas ahogadas y el constante repiquetear de cubiertos de plata sobre porcelana fina. Las grandes lámparas de cristal iluminaban las mesas donde los estudiantes de la élite de la alta sociedad compartían sus almuerzos, divididos en estrictas jerarquías de apellidos prestigiosos, fortunas heredadas y popularidad inalcanzable.

Victoria ocupaba una mesa discreta cerca de una de las altas ventanas laterales, flanqueada por Martina y Emilia. Con una taza de té humeante frente a ella y una libreta de cuero negro de aspecto pulcro y formal —el diario táctico que Martina le había sugerido empezar esa misma mañana—, Victoria mantenía la vista fija en las páginas, aunque sus ojos apenas procesaban las líneas de tinta.

—No vas a escribir nada si te la pasas mirando hacia el centro del salón como si estuvieras esperando que estalle una bomba, Vic —murmuró Emilia con una ligera sonrisa burlona, siguiendo la dirección de su mirada.

Victoria cerró la libreta con un movimiento seco, sintiendo que las mejillas se le calentaban levemente. No lo hacía por capricho; lo hacía por estricta supervivencia y control analítico. Necesitaba entender los patrones de conducta de Liam, prever sus reacciones y desentrañar por qué el repentino arrebato matutino la había dejado tan descolocada en medio de los pasillos de la academia.

Siguiendo el curso natural de sus ojos, el campo de visión de Victoria se detuvo en la mesa central, la más codiciada y ruidosa de todo el comedor. Allí, rodeado por su habitual séquito de admiradores, amigos de los círculos más exclusivos y miembros del equipo de baloncesto, se encontraba Liam.

Como el capitán estrella del equipo y heredero indiscutible de una de las familias más ricas y respetadas del país, Liam siempre acaparaba todas las miradas. Para el resto del instituto, él era simplemente el chico dorado: apuesto, intocable, carismático cuando se lo proponía y dueño de una de las cuentas bancarias más envidiadas de la alta sociedad.

Su mesa era un imán constante de estudiantes que buscaban su aprobación, risas forzadas y miradas descaradas. Y, por encima de todas ellas, destacaba Jessica, una de las animadoras principales del instituto y habitual acompañante de Liam en las galas sociales, quien solía reclamar su atención con una confianza desbordante y derecho de propiedad autoproclamado.

Pero algo en la dinámica habitual de la mesa estaba completamente roto.

Victoria observó con atención quirúrgica cada movimiento del chico. Liam estaba sentado en el extremo de la mesa, con los hombros rígidos, una sudadera oscura con el escudo del equipo y la mandíbula apretada con una dureza visible incluso a la distancia. Su expresión era un retrato de irritación pura, una tormenta oscura contenida tras sus ojos opacos que impedía que cualquiera se le acercara más de la cuenta.

Alrededor de él, el grupo intentaba mantener la conversación habitual sobre fiestas y eventos benéficos, pero el ambiente era tan denso que parecía cortar el aire.

En ese preciso instante, Jessica se inclinó sobre el respaldo de la silla de Liam con una familiaridad ensayada, riendo por algo que acababa de decir otro compañero del equipo. Con un gesto de coqueteo que solía repetir sin que él opusiera resistencia en público, la chica estiró la mano para deslizar los dedos con suavidad sobre el hombro de Liam, buscando captar su atención de forma íntima frente a la mirada de todos.

Lo que ocurrió a continuación hizo que el murmullo de alrededor pareciera apagarse por completo.

Liam se sacudió el contacto de inmediato, con un movimiento tan brusco, visceral y seco que hizo que Jessica diera un paso atrás, sobresaltada y con los ojos abiertos de par en par por la humillación pública. No hubo palabras amables ni una negativa educada para mantener las apariencias sociales; hubo un rechazo absoluto y físico. Liam le devolvió una mirada tan gélida y afilada que la chica, con el rostro encendido de vergüenza y ofensa, prefirió apartarse de inmediato y guardar silencio, sentándose al otro extremo de la mesa.

Ninguno de los presentes se atrevió a decir nada más. El capitán del equipo de baloncesto estaba intocable, irritado hasta el límite y rechazando el contacto físico incluso de la chica que presumía ser su diversión oficial.

Desde su mesa, Victoria detuvo la respiración. Conocía esa rigidez en los hombros. Conocía esa forma de mirar cuando el mundo de apariencias de la academia comenzaba a pesarle demasiado. Para el resto del colegio, era solo un desplante de chico rico de alta alcurnia de mal humor; pero Victoria sabía la verdad oculta tras esa reacción.

«Inusual», pensó Victoria mientras abría de nuevo la libreta negra sobre la mesa de madera.

Recordó cómo esa misma mañana, en el vestíbulo, los celos de Liam hacia Julian lo habían desbordado hasta perder el control. Y ahora, horas después, su mente seguía atrapada en ese bucle, siendo incapaz de tolerar que nadie —ni siquiera su entorno social habitual o su supuesta diversión escolar— invadiera su espacio físico. Su irritación no era un berrichón alejado de la realidad; era una continuación directa del cortocircuito emocional que arrastraba desde el fin de semana en la mansión y el reencuentro con el pasado de Victoria.

Con movimientos precisos, Victoria destapó su estilográfica y comenzó a escribir en la primera página de su diario táctico:

Lunes, 24 de agosto. 1:15 p.m. Observación directa: Comportamiento errático y hostil en el comedor ante la élite escolar. Rechazo físico absoluto hacia su entorno social habitual (Jessica). Niveles de irritación elevados. Patrón evidente: la fachada de niño rico intocable se está fracturando no por debilidad pública, sino por una sobrecarga de celos y estímulos que no sabe cómo canalizar. Conclusión: ya no está jugando el mismo juego de apariencias que al principio.




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