Alianza de Cristal

Capítulo 26: El filo de la noche

El sedán negro se deslizó con elegancia por el camino empedrado que conducía a la imponente mansión a las afueras de la ciudad. Las luces automáticas de la entrada se encendieron con un parpadeo suave al detectar el vehículo, iluminando la fachada gótica y los ventanales oscuros que aguardaban como testigos silenciosos de su pacto.

El motor se apagó con un suspiro mecánico, dejando el habitáculo sumido en un silencio absoluto. Antes de que Liam siquiera parpadeara, Victoria ya había desabrochado su cinturón de seguridad. Abrió la puerta con una calma deliberada, descendió al suelo frío y caminó hacia la entrada principal con la libreta negra firmemente asegurada bajo el brazo. No hizo falta mediar palabra; el trayecto había cumplido su objetivo de dejar claro que ella estaba descifrando cada uno de sus movimientos.

Liam permaneció unos segundos más dentro del auto, con las manos apoyadas en el volante y la respiración pesada. La tensión que había arrastrado desde el instituto no había hecho más que intensificarse durante el viaje. Al ver la silueta de Victoria desaparecer tras la puerta principal, el último filtro de su autocontrol civil se desmoronó.

No iba a pasar otra noche intentando reprimir el fuego que lo consumía por dentro. Necesitaba sangre, peligro real y un objetivo al que clavarle toda la rabia acumulada.

Liam entró a la mansión a zancadas, cruzando el vestíbulo sin prestarle atención a la luz tenue que provenía de la cocina. Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a su habitación privada, un espacio austero y fuertemente blindado que pocos conocían.

Cerró la puerta con pestillo y se arrancó la sudadera deportiva de un solo tirón, arrojándola al suelo sin importarle el orden. Entró al baño privado y abrió la llave de la ducha al máximo, dejando que el agua helada cayera sobre sus hombros tensos. El frío choca contra su piel caliente, pero no lograba adormecer el pulso acelerado de su sangre. Necesitaba lavar el olor de la academia, el polvo de la cancha de baloncesto y la mirada inquisitiva de Victoria que se le había metido debajo de la piel.

Salió de la ducha apenas unos minutos después, secándose con tosquedad con una toalla oscura. Frente al espejo del vestidor, la metamorfosis fue total.

El chico rico, capitán del equipo de baloncesto y heredero de la alta sociedad, se desvaneció por completo. En su reflejo solo quedaba Ghost.

Liam abrió un compartimento oculto tras uno de los paneles de madera del armario. Allí, bajo estrictas medidas de seguridad, yacía su verdadero mundo.

Con movimientos mecánicos, precisos y letales, comenzó a equiparse. Primero se ajustó un arnés de cuero negro sobre el pecho desnudo, diseñado para sostener peso sin restar movilidad. Luego, deslizó un par de dagas de combate de doble filo en las fundas de sus antebrazos, comprobando el equilibrio perfecto de las hojas al tacto.

De la bandeja inferior extrajo dos pistolas semiautomáticas con silenciadores integrados, revisando los cargadores con un chasquido metálico antes de asegurar las armas a ambos lados de su cadera. Por último, se puso una chaqueta táctica oscura con múltiples bolsillos y un cuello alto que ocultaba la mitad de su rostro.

Ya no era el hombre que discutía por celos en el vestíbulo de una escuela preparatoria. Era un depredador nocturno con una cuenta pendiente.

Antes de anochecer, mientras el cielo comenzaba a teñirse de un tono grisáceo y plomizo, Liam tomó su teléfono encriptado de la mesa de noche. Deslizó la pantalla hasta abrir una aplicación de rastreo privado que había estado alimentando con datos de inteligencia durante semanas.

En la pantalla brillaba un punto rojo, parpadeando de manera intermitente en una zona industrial abandonada al este de la ciudad.

Shadow.

Así era como conocía en el bajo mundo a su más enconado rival y sombra persistente: Julian Vance. Aunque en los pasillos del St. Jude Academy jugaba al niño rico refinado, intocable y educado que coqueteaba descaradamente con Victoria, en las sombras del hampa era un asesino tan peligroso como él, un operador que competía por el mismo territorio y las mismas influencias que los Campbell querían dominar.

Y hoy, la paciencia de Liam se había agotado. Los celos de la mañana, la provocación en el vestíbulo y el constante recordatorio de que Julian formaba parte del pasado de Victoria se convirtieron en el detonante perfecto.

—Se acabó el juego de las miradas, Vance —murmuró Liam para sí mismo con una voz gélida, ajustándose los guantes tácticos de cuero negro.

Apagó el teléfono, se lo guardó en el bolsillo y salió de la habitación por el acceso secundario de la mansión, directo hacia la noche y hacia una cacería donde solo uno de los dos iba a salir con vida.

Al otro lado de la mansión, en su propia habitación, Victoria se había quitado el abrigo y dejado el bolso sobre la cama. Sin embargo, en lugar de descansar, abrió la libreta negra y se quedó mirando fijamente la última anotación que había escrito sobre el comportamiento de Liam en el coche.

Lejos de asustarla, la reacción defensiva de su esposo —su tono cortante, la forma en que el músculo de su mandíbula se había tensado y cómo había evitado mirarla a los ojos— la llenaba de una sutil y silenciosa satisfacción.

Victoria esbozó una sonrisa calculadora, una curva divertida y peligrosa en los labios. Le gustaba ese lado suyo. Le fascinaba ver cómo el implacable Ghost, el chico frío e intocable que se refugiaba en su armadura de hielo, perdía los estribos y se desmoronaba por dentro cada vez que ella rozaba las teclas correctas. La idea de que sus celos y su frustración fueran la prueba viviente de que él ya no era indiferente a su presencia alimentaba su instinto estratega.

—Así que quieres jugar al intocable, Liam... —murmuró Victoria para sí misma, cerrando la libreta con un movimiento suave—. Vamos a ver cuánto tiempo resistes tu propia máscara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.