Alianza de Cristal

Capítulo 29: El filo de las palabras

El brillo metálico de la daga cortó el aire húmedo del almacén, reflejando el haz de luz pálida que se filtraba por la claraboya rota. Lejos de retroceder ante el arma o la amenaza de muerte que pendía sobre su cabeza, Julian Vance soltó una carcajada corta, seca y cargada de una suficiencia exasperante.

Sacó lentamente las manos de los bolsillos de su abrigo, adoptando una postura relajada pero perfectamente equilibrada. Sus ojos claros brillaban en la penumbra con una chispa de diversión calculadora.

—¿Amenazas de muerte nada más llegar, Ghost? —respondió Julian, ladeando la cabeza con burla—. Debes estar perdiendo el toque. O tal vez la tensión en tu preciosa mansión te tiene el cerebro nublado. ¿Acaso temes que todos descubran que tu matrimonio es una farsa y que no puedes ni controlar a tu propia esposa?

Liam dio dos pasos al frente, cerrando el espacio entre ambos con una velocidad felina. La hoja de su daga quedó a escasos centímetros de la garganta de Julian, vibrando por la tensión de su pulso.

—Guarda silencio, Julian —siseó Liam, con una voz tan baja y gélida que congelaba el aire a su alrededor—. Si vuelves a pronunciar su nombre con esa maldita boca, te juro que no esperaré a terminar este muelle para arrancarte la lengua.

Julian no se inmutó. Su mirada se deslizó con descaro hacia la hoja que amenazaba su yugular, y una sonrisa torcida curvó sus labios. No tenía idea de lo que había ocurrido en la habitación de la mansión hacía apenas una hora; para él, las cadenas y el encierro eran solo un recurso retórico para herir el orgullo de Liam, un ataque a su estatus y a su supuesta autoridad conológica.

—¿Por qué me pides que calle? ¿Te duele que diga la verdad? —replicó Julian, alzando ligeramente la voz para que hiciera eco en las paredes metálicas de la estructura—. Todos en la organización hablan de ti, Ghost. Dicen que el gran depredador de la mafia camina con correa corta en su propia casa. Eres patético. Te crees el dueño de la ciudad, pero te pasas el día entero intentando doblegar a una mujer que te mira con desprecio. ¿Acaso te cerró la puerta en la cara antes de que vinieras a llorar aquí?

—Ella no es un tema de conversación para escoria como tú —escupió Liam, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes con un ritmo insoportable. La presión en su pecho amenazaba con desbordarse, alimentada no solo por la burla, sino por el eco punzante de la culpa real que había dejado atrás, en casa.

—¡Claro que es tuya! —le espetó Julian de vuelta, perdiendo por un segundo la fachada de falsa calma y devolviéndole la mirada con la misma intensidad venenosa—. Es el trofeo de una alianza de mierda que firmaste para asegurar tu corona. Pero se te olvidó un detalle, Liam: los prisioneros de alta alcurnia siempre encuentran la forma de rebelarse. Victoria no va a aguantar tus jueguitos de matón por mucho más tiempo.

El golpe seco del acero contra el metal resonó en todo el almacén cuando Liam, incapaz de contener un segundo más el veneno que Julian le inyectaba en la conciencia, desvió la trayectoria de la daga y la clavó con violencia en la caja de madera, justo al lado del hombro de Julian. El impacto hizo volar astillas que rasparon la mejilla de su rival.

Julian dio un paso atrás, con los ojos ensanchados por la sorpresa, pero recuperando la compostura de inmediato mientras su respiración se aceleraba.

—¿Eso es todo lo que tienes, Ghost? —escupió Julian, apretando los dientes y plantándose frente a él sin miedo, ignorando por completo el abismo oscuro que acababa de abrir bajo sus pies—. ¿Vas a matarme por decir lo que es obvio? Tu imperio se cae a pedazos, tu matrimonio se tambalea por culpa de su carácter, y estás aquí, solo y consumido por la rabia, bailando exactamente al ritmo que yo marqué.

Liam se inmovilizó. Su pecho subía y bajaba con violencia. Julian creía que jugaba con su orgullo de esposo frustrado, sin sospechar ni por un segundo que la realidad en la mansión era infinitamente más oscura y extrema de lo que sus palabras cínicas podían imaginar.

—No estoy bailando tu ritmo, Julian —murmuró Liam, con una calma aterradora que brotaba justo en el epicentro de su furia, recuperando el arma de un tirón seco—. Estoy aquí para asegurarme de que esta sea la última vez que respires en este mundo.

El espacio entre ambos se redujo a nada. Con un movimiento seco, Liam recuperó la daga de la caja de madera y, sin darle un segundo de tregua, lanzó un tajo horizontal directo al cuello de Julian.

El metal de la hoja chilló al chocar contra el cuchillo táctico que Julian había sacado de su cinturón con reflejos felinos. La chispa saltó en la penumbra, iluminando momentáneamente las facciones endurecidas de ambos hombres.

—¿Tanto te arde que señale lo evidente, Liam? —escupió Julian con los dientes apretados, haciendo fuerza con todo su cuerpo para desviar la presión de la hoja de Liam—. ¿Te duele admitir que la mujer que compraste te desprecia tanto que preferirías encerrarla antes de verla huir con alguien mejor?

—Cierra la maldita boca —rugió Liam, girando sobre su propio eje para propinarle una patada seca en el costado que hizo tambalear a Julian.

Julian escupió un hilo de saliva al suelo de cemento, pero no dejó de hablar. Su voz era un bisturí afilado, buscando la herida abierta en la psique de su rival.

—Puedes llamarla tuya todas las veces que quieras, Ghost, pero los dos sabemos la verdad —burló Julian, lanzándose a su vez con una estocada rápida que Liam esquivó por milímetros, sintiendo el filo rasgar la tela de su chaqueta oscura—. Victoria no es una sumisa. Es una bomba de tiempo, y el hecho de que estés aquí, sudando frío y desesperado por terminar esto rápido, demuestra que tienes pánico de regresar a casa y encontrar la jaula vacía.

El veneno de las palabras de Julian encontró un blanco directo en el remordimiento que Liam intentaba aplastar bajo capas de furia. Pero Liam no era un blanco fácil; sabía devolver el golpe con la precisión quirúrgica de un depredador curtido en la traición.




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