El metal de las dagas volvió a colisionar con un chasquido seco que hizo saltar esquirlas de luz en la penumbra del almacén. Liam esquivó por centímetros un tajo lateral que Julian lanzó con desesperación, sintiendo el aire caliente de la respiración de su rival. La pelea entre ambos se había convertido en un torbellino cerrado de acero y odio puro, un duelo privado que creían mantener oculto en las entrañas del muelle abandonado.
Pero en los bajos fondos de la ciudad, la sangre tiene voz propia.
Un sonido extraño comenzó a filtrarse desde el exterior, ahogando poco a poco el rumor constante de las olas contra el muelle. Primero fue un zumbido lejano y múltiple; luego, el crujir sordo de neumáticos pisando la grava suelta y el gravilla de la entrada.
Julian retrocedió de un salto, con el pecho agitado y una pequeña cortada sangrando en el pómulo. Una sonrisa torcida y peligrosa cruzó sus labios a pesar del caos.
—Parece que no estamos tan solos, Ghost —burló Julian, sin bajar la guardia—. Al parecer, tu pequeña invitación hizo más ruido del que pensabas.
El portón metálico del almacén terminó de ceder con un estruendo metálico cuando las cadenas y los cerrojos exteriores fueron forzados a patadas. De la neblina exterior comenzaron a emerger siluetas armadas con fusiles de asalto, machetes y pistolas modificadas. Eran mercenarios, cazarrecompensas y sicarios de los suburbios más oscuros, atraídos por un rumor que corrió como la pólvora en los canales cifrados de la mafia: Ghost y Shadow se están masacrando en el muelle este.
La noticia de que los dos grandes ejecutores del inframundo habían salido a la luz para saldar cuentas personales desató la locura colectiva entre la escoria del bajo mundo. Nadie quería perderse el espectáculo, pero sobre todo, nadie quería perderse la oportunidad histórica de ganar un asiento al lado del vencedor.
—¡Miren nada más a los dos reyes jugando con cuchillos! —gritó una voz áspera y burlona desde la entrada, resonando en la estructura metálica.
Un grupo numeroso de mercenarios independientes irrumpió en la nave, bloqueando las salidas. No venían a detenerlos; venían a elegir bando. La tensión en el almacén cambió de forma instantánea: ya no era un duelo uno a uno, sino el detonante de una guerra abierta en miniatura.
El grupo de recién llegados comenzó a dividirse de forma natural, guiados por la lealtad, el miedo o la ambición de cobrar favores pendientes.
Un veterano de las facciones del este, con una cicatriz cruzándole el ojo izquierdo, alzó su subfusil y señaló con la barbilla hacia Julian.
—¡Shadow lleva meses prometiendo limpiar la ciudad de los viejos fantasmas! ¡Yo voy con los suyos! —rugió, alineándose junto a las cajas de carga donde reposaba Julian.
Detrás de él, al menos una docena de pistoleros mercenarios secundaron el movimiento, apuntando sus armas hacia la posición de Liam. Sabían que si Julian vencía, las puertas del poder se abrirían para ellos.
Pero la respuesta del otro bando no tardó ni un segundo en estallar. Desde la parte oscura de los pasillos laterales, un escuadrón de ejecutores leales a la vieja escuela de Liam salió de las sombras, con las armas listas y los rostros cubiertos por pasamontañas oscuros.
—Nadie toca a Ghost en su propio territorio —escupió con frialdad el líder de los leales, un asesino silencioso conocido como Cain—. Si quieren un pedazo de esta noche, tendrán que pasar sobre nuestros cadáveres.
Julian observó la marea de hombres que acababa de posicionarse a su espalda, sintiendo cómo el ego se le inflaba de nuevo. Tenía una pequeña armada improvisada dispuesta a respaldarlo, dispuesta a asegurar su victoria frente al legendario asesino.
—Parece que las matemáticas cambiaron, Liam —dijo Julian con voz fría, alzando su cuchillo en alto mientras los recién llegados preparaban los seguros de sus armas—. Ya no estás cazando a un solo hombre. Estás enfrentando a todo el sistema que ya se cansó de tus cadenas.
Liam ni siquiera parpadeó. Su mirada recorrió con absoluta indiferencia a los mercenarios que osaban apuntarle, sintiendo que la culpa y la furia que arrastraba desde la mansión encontraban por fin una válvula de escape gigantesca. No importaba cuántos buitres hubieran acudido al olor de la sangre; al final, los perros siempre obedecen al verdadero depredador.
—Que se acerquen todos —respondió Liam con un susurro gutural y letal, apretando con fuerza las empuñaduras de sus armas mientras su escuadrón tomaba posiciones de combate a su alrededor—. Hoy vamos a limpiar este muelle de una vez por todas.
El aire en el interior del almacén quedó suspendido, tan denso y cargado de plomo que un simple suspiro parecía capaz de desencadenar una carnicería monumental. Los dedos de los mercenarios temblaban ligeramente sobre los gatillos, listos para vaciar cargadores enteros a la mínima señal, mientras Liam y Julian se medían con los ojos envueltos en llamas.
Pero antes de que cualquiera pudiera cruzar el umbral del gatillo, un sonido peculiar cortó el bullicio de la tensión colectiva.
Clack. Clack. Clack.
El eco rítmico y pausado de un bastón golpeando contra el suelo de cemento agrietado resonó desde la entrada principal, atravesando la marea de hombres armados como una cuchilla invisible. No era el ruido de una amenaza común; era una cadencia que infundía un respeto absoluto, casi instintivo, en el corazón de los asesinos más despiadados del bajo mundo.
De inmediato, las armas comenzaron a bajar de forma automática. Los mercenarios que se habían alineado junto a Julian abrieron paso con torpeza, tragando saliva y apartando la mirada con una mezcla de pánico reverente y sumisión. Lo mismo ocurrió en el flanco de Liam; los hombres de la vieja guardia tensaron la mandíbula pero retrocedieron al instante, cediendo el paso.
De entre las sombras de la entrada emergió una figura encorvada pero imponente. Iba enfundada en un abrigo largo de lana oscura, con el rostro parcialmente oculto bajo el ala de un sombrero clásico. Sostenía un bastón con empuñadura de plata pura que brillaba tenuemente bajo la luz de la claraboya.