Alianza de Cristal

Capítulo 32: El fuego del regreso 

El segundero del reloj de pulsera marcó implacablemente las nueve en punto de la noche cuando el motor del sedán negro se deslizó en absoluto silencio por la entrada privada de la mansión. Las luces exteriores de la fachada arrojaban una claridad tenue y enfermiza sobre el pavimento de piedra, recortando la imponente silueta del edificio contra el cielo plomizo de la madrugada.

Liam apagó el motor. El habitáculo quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el leve tictac del metal enfriándose y el eco sordo de sus propios pensamientos. En su mente, las palabras del Sabio resonaban como una sentencia inevitable: los relojes de ambos ya empezaron a correr. Pero por primera vez en su vida, el destino del sindicato, las rutas del este y la sombra de Julian pasaron a un segundo plano, eclipsados por una urgencia infinitamente más corrosiva.

Un peso mil veces más pesado y punzante se le instaló de golpe en la boca del estómago. La culpa áspera que había intentado anestesiar con la furia del muelle y la sangre derramada en el nido regresó con el doble de intensidad, atenazándole las costillas.

Tenía que volver a entrar ahí. Tenía que verla.

Liam descendió del coche con pasos lentos, deliberados, cargando en los hombros la pesada estructura de su arnés táctico. El aire de la noche era gélido, impregnado de la humedad del jardín y del persistente olor a pólvora rancia que parecía haberse pegado a su piel. Cruzó el sendero de losas con el ceño fruncido, sintiendo que cada metro que lo acercaba a la puerta principal de roble macizo era como caminar directo hacia una ejecución.

Se detuvo en el pórtico. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo las llaves, buscando la cerradura con la rigidez calculada de un hombre que sabe perfectamente que está a punto de detonar un explosivo. Introdujo el pasador, lo giró con un chasquido seco que resonó en el porche y empujó la pesada hoja de madera.

El recibidor de la mansión estaba sumido en una penumbra elegante y sofocante, iluminado apenas por los apliques dorados de la pared. Liam cruzó el umbral, conteniendo la respiración, preparándose mentalmente para el silencio gélido de la habitación del fondo, para las correas intactas y la inevitable tormenta de reproches mudos.

Pero no hubo silencio.

Antes de que pudiera avanzar un solo paso hacia el pasillo principal, el sonido de unos pasos firmes, calculados y marcados con una precisión milimétrica rompió la quietud del parqué del vestíbulo.

La puerta de la habitación interior se había abierto con absoluta firmeza. Y allí, de pie en medio del recibidor, perfectamente erguida, con los ojos oscuros completamente encendidos de una rabia gélida y el cuerpo dominado por una furia tan disciplinada como letal, estaba Victoria.

Liam se congeló en el acto. La llave resbaló casi imperceptiblemente de entre sus dedos, aunque el impacto contra el suelo quedó ahogado por la tensión del momento.

¿Cómo demonios...?

Había dejado el mecanismo de seguridad y las ataduras firmemente aseguradas antes de marchar al muelle. Pero había subestimado por completo la determinación implacable, la inteligencia afilada y la altivez inquebrantable de la mujer que tenía enfrente. Victoria se había liberado por sus propios medios. Y el veneno que llevaba acumulado en las venas durante las últimas horas no iba a desatarse en gritos histéricos, sino a través de una elegancia tan formal como devastadora.

—Vaya... —la voz de Victoria sonó perfectamente nivelada, gélida, cortante como una hoja de afeitar y cargada de un veneno tan refinado que hizo que el mismísimo Ghost, el ejecutor más temido del inframundo, sintiera un escalofrío helado en la columna—. Resulta fascinante comprobar que el gran estratega de la mafia necesita secuestrar y maniatar a su propia esposa en su propia casa para asegurarse de que no le denuncie la absoluta mediocridad de su liderazgo

Liam no retrocedió. No intentó levantar una defensa, ni formular una excusa barata sobre protocolos de seguridad, alianzas rotas o la inestabilidad del sector. Sabía perfectamente que cualquier palabra en ese momento encendería aún más la mecha. Se limitó a permanecer allí, plantado en medio del recibidor, con la mandíbula firmemente tensada bajo la sombra de su arnés táctico y los ojos oscuros fijos en la figura imponente de su esposa.

Aceptó su lugar en silencio. Si el destino exigía que pagara por la humillación de haberla atado, soportaría la tormenta palabra por palabra, sin parpadear.

—Supongo que tu silencio es una admisión tácita de tu absoluta cobardía, Liam —prosiguió Victoria, dando un paso al frente con una elegancia intimidante, su voz sonando tan formal y filosa como un estilete clavándose gota a gota en la conciencia del ejecutor—. ¿Tenías miedo de que una simple conversación destruyera tu frágil autoridad? ¿O necesitabas recordarte a ti mismo que eres incapaz de retener a nadie por voluntad propia, por lo que recurres a las cadenas como un vulgar matón de callejones?

Cada frase era un golpe milimétricamente calculado. Victoria no alzó la voz; su tono se mantuvo frío, implacable, destilando el veneno puro de una mujer cuyo orgullo había sido pisoteado por el hombre que juró protegerla.

—Te crees el dueño indiscutible de este maldito sindicato, el depredador supremo intocable que decide quién vive y quién muere en las sombras —escupió Victoria, deteniéndose a escasos centímetros de él, mirándolo con un desprecio tan denso que quemaba—. Pero la realidad, Liam, es que eres un patético prisionero de tus propias paranoias. Me ataste como a una criminal en nuestra propia casa... y ahora esperas que finja comprensión mientras tú sales a correr a los muelles a jugar a la guerra.

Liam exhaló despacio por la nariz, sintiendo cómo el peso de las verdades de Victoria le taladraba el pecho con mucha más fuerza que las dagas de Julian o los golpes del muelle. No había defensa posible. Solo quedaba soportar el temporal hasta la última palabra.




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